¿Cuánto vale una carta de amor?

Hay una ocupación muy noble que está en vía de extinción: la de los escritores de cartas de amor por encargo. Tras una extensa búsqueda, encontramos que en el país solo dos personas se dedican a hacerlo sin cobrar por su trabajo.

Archivo Cromos

Bogotá estaba muy helada y H y yo muy cansados. Llevábamos días con ganas de vernos sin poder hacerlo, porque el periodismo es eso: un animal furioso y dócil que se engulle el tiempo sin que nos demos cuenta. Nosotros, ya acostumbrados, nos acoplamos a las circunstancias y esperamos para hablar, y hablamos, hilamos conversaciones de temas en los que no tenemos encuentros comunes,  a los que aprendimos a interpretar haciéndole fisuras. Y sin embargo, esa noche no hubo necesidad de quitarle la anilla a la lata de cerveza para usarla como objeto cortopunzante, porque el tema que salió a flote nos arrastró a la misma orilla:

—¿Sobre qué es tu nuevo artículo? —me preguntó H.

—Sobre las personas que escriben cartas de amor por encargo.

—¿Cómo Theodore Twombly?

—¿Quién?

—¿Viste Her?

—Sí…

— Theodore Twombly es el protagonista.

—¿Sí?

—¿Recuerdas la película? —preguntó mientras se reía, convencido de mi distracción all time.

—Más o menos —y me reí también—, me acuerdo de Scarlett Johansson. Es la historia del tipo que se enamoró de un sistema operativo, ¿cierto?

—Sí, que se dedicaba a escribir cartas que por alguna razón la gente no podía escribir.

—No recuerdo esa parte.

Y es verdad, no lo recordaba. Ni lo recuerdo. La imagen que tengo de la película es la de Joaquin Phoenix de bigote, vestido con una camisa roja y con gafas redondas: solo, estático, enamorado de una ilusión auditiva que aprendió incluso a respirar. Un póster. Y nada más.

Tampoco recordaba el drama de Florentino Ariza mientras fue calígrafo de la compañía Fluvial del Caribe. No recordaba que jamás aprendió a escribir sin pensar en Fermina Daza y que, cuando le dieron otros cargos, le sobraba tanto amor que se lo regalaba a los enamorados haciéndoles cartas en el Portal de los Escribanos, un sitio que frecuentaba después del trabajo.

Hoy lo recuerdo.

***

—Se debe parecer a Florentino Ariza. —Le mencioné a H.

—¿Por qué?

—No sé. Los casos que me contó son tan garciamarquianos que me lo  recuerdan a él.

—Cuéntamelos.

—Son un poco complicados.

—No importa.

—No.

—Al menos uno.

Hace 10 años llegó a El Ocio un chico inquieto buscando ayuda de Jorge Humberto. Necesitaba pedirle perdón a su novia, no quería perderla. El señor se sentó y escuchó todo lo que necesitaba saber, le escribió una carta, la corrigió y, cuando el chico la aprobó, se fue a buscar quién se la transcribiera en un documento de Word. Ya en la casa de la persona (Camila) que lo iba a hacer, surgió una conversación intempestiva:

Camila: ¿Quién le mandó a escribir esta carta?

Humberto: Usted sabe Camilia que yo no puedo traicionar la intimidad de las personas. ¿Por qué la inquietud?

Camila: Esta carta es para mí.

—¡Nooo!, ¡tremendo! ¿Y sí era para ella?

—Sí. Cuando me lo contó me quedé pasmada.

***

Jorge Humberto Restrepo, de 66 años, se dedica a escribir cartas por encargo desde hace 12. Su hogar está en Envigado y, aunque quisiera vivir (y haber vivido) de la cultura, vive (y ha vivido) de hacer todo lo que se le ha presentado en el camino: ha manejado un club, un negocio donde se hacen llaves, ha pintado casas. Y, como afición, desde hace mucho, conduce una revista musical que él mismo fundó: La Vitrola. En su municipio, o pequeño pueblito, la gente lo llama Loco, Poeta, Cupido.

Humberto, ¿cómo empezó escribiendo cartas por encargo? Un día un tipo me buscó: “Venga es que tengo un problema, ¿será que usted me puede ayudar escribiéndome una carta?” Lo ayudé y ése le fue regando el cuento al otro, y el otro al otro, y así. Luego, al frente del negocio de llaves donde yo trabajaba, había un sitio, El Ocio, donde llegaba toda la gente interesada en la literatura porque vendían libros y se encontraban obras muy valiosas —obvio no se parece nada al Portal de los Escribanos—, con los dueños hice amistad y allá pusimos un avisito: “Se escriben cartas de amor”. ¿Cómo es el proceso desde que la “persona lo busca hasta que usted entrega la carta? Mi proceso es que usted llega y me cuenta su historia, yo le preguntó qué quiere, me cercioro de que el propósito de la carta sea bueno porque para el odio no trabajo, y me cercioro de que realmente sienta lo que quiere que yo le plasme. Si es así, indago más sobre el receptor al que va dirigido lo que voy a escribir, sobre la relación. Y basado en lo que escucho, me siento. ¿Graba las entrevistas? No. Tomo nota y no me confundo, ni repito una carta pese a que he escrito unas 700.

***

—¿Y cuánto cobra por cada carta de amor? —me dijo H, mientras se llevaba un sorbo de café a la boca.

—Nada.

Humberto, ¿cuánto vale una carta de amor? A esa pregunta siempre respondo: ¡Nooo, una millonada, no tiene cuándo pagarme! Y me río… No cobro porque para mí no es un negocio. ¿Qué es? Es un darme a los demás, es una manera de darle otra dimensión al amor.

—Increíble.

—Pero bonito.

—Y la otra muchacha que encontraste, ¿cuánto cobra?

—Lo mismo: nada. Para ella es un intercambio, dice que cuando abre un proceso con alguien pone el corazón en el asunto e invierte mucho tiempo y esfuerzo como para regalarlo, pero que tampoco quiere ponerle precio, por lo que propone un intercambio mutuo: “Seguramente la persona sabe hacer algo que a mí o a Cartas a la carta nos pueden servir”.

—En serio pensé que lo hacían por negocio.

—Si yo lo hiciera,  tampoco cobraría.

—¿Qué es Carta a la carta?

— Un blog donde publica sus trabajos. ¿Te leo un poquito?

Blog Cartas a la carta.

Carta de un hombre que todavía no quiere casarse:

“Sabes que por mucho tiempo me negué la posibilidad de sentir. Antes de ti hubo mujeres, licor, descontrol. De esa manera le era infiel a la idea que tenía del amor, así me demostraba a mí mismo que era incapaz de volver a amar. Tu presencia me reconcilió con la vida misma: volví a reír, a llorar, a suspirar, a acariciar, a abrazar, a nombrar, a esperar, a recibir, a dar, a errar, a corregir, a caminar, a vivir. Si me comparo con el que era antes, ya no soy tan tosco, tan mierda, tan vago. Soy otro”.

***

Carolina Calle Vallejo es periodista, profesora de la Universidad Pontificia Bolivariana y conductora del taller de escritura Cartas sobre la mesa. No sabría qué es más que lo otro, aunque para ella escribir cartas de amor es un ejercicio de reportería antes que cualquier otra cosa: “No sé si llamarle periodismo poético, comunicación afectiva, aún no sé cómo nominarlo, pero lo que hago es aplicar un proceso periodístico, para escribir cartas y solucionar problemas de amor, que en el fondo siempre son problemas de comunicación”.

La primera carta que escribió fue para ayudar a una amiga a resolver una situación difícil con su novio. Después llegaron otras amigas para pedir apoyo de la misma manera. Y, después, hizo una promesa: “Yo no sé si tú leíste en un artículo donde contaba que me estaba quedando sorda”, me dijo. "Ah, sí", le respondí.

Recorte de prensa. Periódico El Tiempo, 2015: “Desde los 17 años empecé a notar que me estaba quedando sorda, tenía hipoacusia en los dos oídos. Me aterraba la idea de alejarme de las personas, entonces le prometí a Dios que si me dejaba volver a escuchar bien, iba a poner mis oídos a disposición de los demás —cuenta Carolina en un tono muy paisa—. No creás que soy religiosa, pero llevaba siete años de exámenes, hasta que encontré un especialista que dio con la solución".

El proceso con ella empieza cuando alguien le envía un mensaje y juntos sincronizan el tiempo para verse. En la cita pregunta por los personajes, por los lugares, por las circunstancias. No se fija si han pasado muchas horas, toma nota, se fija en el vocabulario del otro, del que no sabe cómo explicar con palabras lo que siente. Y se va. Escribe sin presiones. Y después de varios días vuelve con él o con ella para leer juntos la carta en voz alta y para ver como el remitente la transcribe con su puño y letra, porque pese a que Carolina recibe un montón de solicitudes en su correo electrónico, las personas que se le acercan deben aceptar ciertos requisitos como ése, o como que la intención de la carta debe tener un propósito noble.

Carolina, ¿cuál ha sido la historia que más te ha conmovido? Hay una que puedes leer en el blog, se llama Carta de un hombre que todavía no quiere casarse. Es de un tipo que estaba confundido porque la novia le puso un ultimátum: o se casaban o se acaban. Y él la amaba, pero no quería casarse. Nos sentamos a hablar 8 horas seguidas, sin parar.

***

Última conversación con H:

—Leí que una carta de amor no es el amor sino un informe de la ausencia… H, ¿qué es una carta de amor?

—Es un texto recargado de deseo e idealismo hacia alguien… siendo realistas, es eso —se metió los dedos entre el cabello, se quedó suspendido en la nada y, después de un rato, volvió a hablar— ¿para vos qué es?

—Expresar lo que sentís sin inhibiciones de ningún tipo.

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Nátaly Londoño Laura

Cromos

¿Cuánto vale una carta de amor?

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