El amor de la vida sí existe, pero no es como lo imagina

El amor de su vida era una imagen que incluso, con la higiene a la que el tiempo somete a los recuerdos, se había transformado en un objeto precioso y, por precioso, irrepetible.

Los actores ingleses Raymond Coulthard, Kate Beckinsale,y Mark Strong durante la adaptación a serie de televisión de la novela 'Emma'. Foto:Getty Images

Tras la ruina de sus ilusiones matrimoniales, Edmund, en busca del amparo que solo anhelan aquellos que han sufrido el desamor, encontró adecuado el amor de su prima Fanny Price. En Mansfield Park, Jane Austen sugiere el destino de su afecto: “Igualmente formados en el amor a la vida familiar, y amantes de los goces de la vida en el campo, hicieron de su casa el hogar del cariño y el bienestar”. Su unión era natural, puesto que eran pares y empataban, y cumplía, por fin, con entusiasmo, el deseo tan prorrogado de ligarse a un amor el resto de sus vidas.

La resolución de sus afectos resulta sorprendente: cada uno ha encontrado en el otro al amor de su vida, a la fuente de ese golpe que nubla la voluntad, y están decididos a vivir ese amor sin tachas, dócil, sólido y gozoso, del que solo se habla en los dominios del ensueño. “Mi persona y lo que me pertenece os son transferidos y se convierten en vuestros”, dice Porcia, al aceptar en matrimonio a Bassanio en El mercader de Venecia, y es posible ver en su fórmula la constancia a la que aspiran también Fanny y Edmund. Es indudable la naturaleza del amor de la vida: con él, con ella, gracias a una entrega absoluta, es posible caminar hasta el extremo opuesto del puente.

El amor, sin embargo, suele ceder ante la asimetría. El amor de la vida puede ser también —y sobre todo— una extensión de la nostalgia. En sus últimos años, Ernest Hemingway lamentó el rompimiento con su primera esposa: “Cuando vi a mi esposa de nuevo […], deseé haber muerto antes que haber amado a alguien que no fuera ella […]. La amé y no amé a nadie más”. Para Hemingway, el recuerdo de su esposa retumbaba como una explosión en una catacumba. Permanecía el eco, aunque el interior ya había sido del todo destrozado. El amor de su vida era una imagen que incluso, con la higiene a la que el tiempo somete a los recuerdos, se había transformado en un objeto precioso y, por precioso, irrepetible.

Un amor de esta suerte decepcionaría a Fanny y a Edmund: tronchado por el remordimiento, solo es capaz de echar la mirada al pasado y arrepentirse. El poeta ruso Joseph Brodsky escribe en Sobre el amor: “Había soñado que estabas embarazada, y a pesar de/ haber vivido tantos años separados/ aún me siento culpable, y mi palma animada/ acariciaba tu vientre mientras, al borde de la cama,/ tanteaba, en busca de mis pantalones, y el interruptor/ en la pared”. La mujer de quien habla era Marina Basmanova, su amor de juventud, la madre de su primer hijo. Tras su exilio de la Unión Soviética, a causa de su oficio como poeta, Brodsky no volvió a verla, de modo que su memoria adquirió el tufo fantasmal de cualquier ilusión incumplida. Era como verse al espejo y ver un vacío. En otro de sus poemas, dedicado a Basmanova, escribe: “Yo era prácticamente ciego./ Tú, apareciendo, escondiéndote,/ me enseñaste a ver”.

Lejos de la turbulencia de la memoria, existe un amor permanente que varía entre la amistad y el romance. Las escritoras Virginia Woolf y Vita Sackville-West se conocieron en 1922 y comenzaron un affaire que tomaría después la forma de una sosegada amistad, de un cariño que da sin exigir. “Es una pérdida que para mí nunca disminuirá”, se lamentó Sackville-West, tras el suicidio de Woolf, en 1941. En su honor, y dedicado a ella, Woolf había publicado Orlando, una biografía ficticia sobre un personaje cuyo sexo y cuyo carácter van mudando de capítulo en capítulo. Así se había criado su amor: constante entre las inconstancias.

Leonard Woolf, esposo de Virginia, sabía de su relación con Sackville-West y la aprobaba sin detrimento de su amor por ella. Para amar al amor de su vida era innecesaria la noción de propiedad, de pasión controlada por contrato, y sus cuidados —Virginia Woolf sufría de depresión severa— no dependían de su grado de fidelidad. Parecía que para Leonard, el amor implicaba una entrega absoluta, como para Edmund y Fanny, pero sin la espera ansiosa por el cumplimiento de condiciones restrictivas. Sin aceptar la libertad total del prójimo, parece decir, el amor no existe.

El amor de la vida puede entregarse también a la obsesión y al desatino, como el que alentaron los escritores Scott y Zelda Fitzgerald. Si se acepta, por otra parte, que el amor de la vida no necesita del romance sino apenas de una intimidad mutua, es posible convocar aquí a Vladimir y Estragón, personajes de Beckett, que esperan a alguien que nunca llega: las uniones eternas se conservan mejor en las ilusiones fracasadas.

 

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