Nostalgia del infierno

Un día, el novelista Héctor Abad Faciolince decidió regresar a Colombia, acompañado de la familia que había formado en Italia. Lo que parecía una locura, salvó su carrera literaria y periodística.

Foto: iStock.

¿Se puede sentir nostalgia del infierno? Esto mismo me preguntaba yo en 1991, cuando llevaba nueve años viviendo en Italia y sentía unas ganas irreprimibles de volver a Colombia. Tenía un trabajo bien pagado en la Universidad de Verona, tenía una esposa italiana, dulce y sonriente, con quien había tenido dos hijos maravillosos. Vivíamos en un apartamento lleno de luz, bien ventilado, en el último piso de un viejo edificio restaurado, en la hermosa ciudad donde cantaban las alondras de Romeo y Julieta. 

Enseñaba español, los colegas de la facultad eran agradables, las vacaciones eran largas, no mataban a nadie. En cambio, en mi ciudad mataron mil policías y 6.500 personas más en ese solo año. Allá se había desatado la furia de Pablo Escobar y Medellín era la ciudad más violenta de la tierra. Mientras se desangraba, el demente que esto escribe trataba de convencer a su mujer de que nos fuéramos a vivir al infierno. ¿Por qué?, ¿Cómo´?, ¿A quién se le ocurre semejante locura? Es la cosa más descabellada que yo haya hecho nunca y, sin embargo, creo, el error más acertado de mi vida. 

Pero, ¿cuáles eran esas fuerzas oscuras, irresistibles, que me incitaban a volver, a renunciar al paraíso para irme a vivir al infierno? Básicamente eran dos: primero, se me estaba olvidando lo que más amaba, el español, que era mi herramienta de trabajo, del único trabajo que he querido hacer nunca, escribir. Y, segundo, en Italia, como había escrito alguien, “me sabía el futuro de memoria”. Iría escalando poco a poco en el escalafón de la universidad italiana para al fin jubilarme, más o menos, a la edad que ahora tengo, o un poco más tarde. Escribiría artículos académicos sobre Cervantes, Lope y Quevedo, quizás incluso un libro sobre el Lazarillo de Tormes, pero nunca tendría el material, ni la lengua ni el tiempo para escribir mis propias historias. Con todo el amor que sentía, y que siento, por el Siglo de Oro, quería escribir las historias de lo que más amaba: mi familia y el trópico en la alta montaña. Esa temperatura, ese paisaje, ese clima, esos sabores y la forma de hablar de mis hermanas. 

Por suerte, mi esposa, la madre de mis hijos, era mansa, y aceptó que hiciéramos la locura que salvaría o destruiría nuestras vidas. Llegamos a Medellín, sin trabajo, sin un techo, y a vivir arrimados en la casa de mi madre. A la semana de llegar, mi hermana Eva me prestó el carro y, cuando fui a llevar una amiga a su casa en el barrio Laureles, un ladrón me puso una pistola en la sien. Yo hice un movimiento extraño y casi me mata. Habría sido, tal vez, mi merecido: ser una cifra más entre los miles de muertos del infierno de Medellín. Pudo ser mi destino, arruinar la vida de mi mujer y la de mis hijos, de mi madre y mis hermanas, y nunca escribir un libro. 

Mi hermana nunca me cobró ese carro que me robaron. Mi hermana mayor, cuando tuvimos casa y trabajos mal pagados, nos compraba una parte del mercado cada semana. Mi mamá y mi hermana, la segunda, nos dieron trabajos ocasionales en su empresa de administración de edificios. Mi hermana, la médica, nos atendía y nos curaba gratis. Mi cuñada y mi suegra cuidaban con amor a sus nietos y sobrinos, cuando nosotros no teníamos tiempo. Y yo empecé a escribir sobre mujeres tristes en un país violento, sobre el amor furtivo y sobre una ciudad dividida por castas y por climas. Después sobre un hombre bueno y sobre los paisajes de la finca de mi infancia. 

Tuve mucha suerte. Pudimos haber ardido también nosotros en las llamas del infierno. Tenemos la suerte de que hoy ese infierno tenga alguna esperanza, y el infierno con esperanza es lo que Dante llamaba "el purgatorio". Por el amor a la lengua y a mi familia, volvimos a vivir aquí, y por amor a ellas todos trabajamos para arrebatarle territorios al horror y para construir, si se puede, un sitio digno que se pueda añorar sin sentir que estamos locos al sentir nostalgia. 
 

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2018-11-20T05:00:45-05:00

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2018-11-20T17:04:31-05:00

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