¿Qué pasa en el cerebro cuando besamos?

Un beso no se le niega a nadie, porque es medicinal. Disminuye la tristeza y potencia el optimismo.

Ilustración: Eder Leandro Rodríguez.

“Hay besos silenciosos, besos nobles; hay besos enigmáticos, sinceros; hay besos que se dan solo las almas; hay besos por prohibidos, verdaderos”, escribió la poeta chilena Gabriela Mistral. Como ella otros escritores han dedicado sus letras al hecho de conectarse químicamente con el otro. Julio Cortázar, en Rayuela, hace una referencia al ritual de acercamiento antes de unir los labios, una de las zonas más erógenas del cuerpo humano: “Mis manos buscan hundirse en tu pelo, acariciar lentamente la profundidad de tu pelo, mientras nos besamos como si tuviéramos la boca llena de flores o de peces, de movimientos vivos, de fragancia oscura”.

Si bien el romanticismo de los besos ha servido de inspiración en la literatura, la música, el cine y el arte; es el poder de sensaciones y emociones, científicamente comprobadas, que brotan en el cuerpo cuando nos besamos, lo que ha logrado mantener ese acto placentero, como motivación creativa histórica y como adicción de los enamorados. 

El contacto con la boca del otro involucra cinco de nuestros 12 nervios craneales, emitiendo impulsos eléctricos que, a la vez, aumentan las pulsaciones cardíacas de 60 a 130 por minuto. El cerebro comienza a liberar sustancias químicas neurotransmisoras, como la dopamina, la hormona que nos hace sentir placer; serotonina, la que disminuye los sentimientos de tristeza y genera optimismo cuando besamos; oxitocina, la hormona del amor que nos hace sentir apego por la persona besada; y testosterona, que, según Helen Fisher, académica de la Universidad de Rutgers, en Nueva Jersey, está presente en la saliva masculina y se transmite a la mujer, a través del beso, para alentar su apetito sexual. 

La liberación de epinefrina, también conocida como adrenalina, es la causante de que la temperatura aumente en nuestro cuerpo, sudemos y sintamos el corazón acelerado. Un beso apasionado dilata las pupilas, de ahí que se cierren los ojos en ese momento, pues esa costumbre hace que el cerebro preste mayor atención al tacto y al olfato, uno de los sentidos que más se ponen a prueba al momento de estar conectados. Las feromonas, segregadas a través de las glándulas sudoríparas, comunican la compatibilidad sexual. 

Se ha comprobado que besar reduce los niveles de colesterol en el cuerpo, disminuye los niveles de cortisol -la hormona del estrés-, quema calorías y fortalece los músculos de la cara.  Así que, ¡a besar!, porque, como escribió Jorge Luis Borges, “los besos no son contratos”.

 

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