Salí del clóset dos veces

Lo hice cuando me identificaba como un hombre gay y después cuando me empecé a identificar como una mujer trans.

Foto: Walter Gómez

Tenía más o menos 19 años. Para esa época yo vivía en Bogotá, donde estudiaba derecho, y mis papás en Manizales. Esa primera salida del clóset fue en una Navidad. En mi familia, las novenas se hacían todos los días en casas diferentes. En esas ocasiones, tomábamos, rezábamos, comíamos, cantábamos y, cuando estábamos muy animados, hasta bailábamos. Desde chiquita jugaba a imitar a mis familiares en ese tipo de reuniones: la esposa de un tío, mi abuela y mi figura paterna eran mis interpretaciones preferidas. 

Sin embargo, ese año, me la pasé callada. Tenía una depresión horrible y a duras penas saludaba. Al finalizar una de las novenas, les pedí el favor a mis papás que me llevaran a la casa de un amigo que estaba cumpliendo años. Cuando íbamos en el carro, me preguntaron qué me pasaba. Les dije que era gay. La primera reacción de mi mamá fue llorar y decirme que era una decisión muy personal que ella respetaba. Mi papá me dijo que nunca le agachara la cabeza a nadie, que eso no tenía nada de malo.

No  obstante, meses después, mi hermana me contó que mi papá estaba en negación. Se preguntaba si cuando era más pequeña habían abusado sexualmente de mí y por eso me había vuelto gay. Mi hermana lo llevó donde un psicólogo que les dijo que lo importante no era yo por qué era así, sino aceptar esa “nueva” realidad. 

Más tarde, cuando estaba terminando la universidad, empecé a trabajar con organizaciones y activistas trans. Un día, para la Marcha LGBT, que se realiza a finales de junio todos los años, decidí “treparme” y vestirme de mujer. Otro día, para una marcha que organizamos para que el Congreso regulara las relaciones de parejas del mismo sexo, mediante un contrato de matrimonio, me vestí de novia y salí en varios medios de comunicación. Mi mamá me preguntó por qué hacía eso y, durante mucho tiempo, mi respuesta fue que se trataba de un acto político. 

Ese acto político se empezó a repetir casi todos los fines de semana: llegaba a las fiestas, en cualquier oportunidad posible, vestida de mujer, con tacones, maquillaje y atuendos comprados en Forever 21, que era el único lugar con tallas grandes y precios relativamente accesibles. Como mis papás vivían en Manizales, no eran conscientes de esa regularidad. 

Mis recuerdos me decían que debía incomodarme vestirme así. Cuando tenía 8 o 9 años, en una de esas fechas especiales, empecé a imitar cada vez más seguido, a la esposa de un tío, me dijeron que ya lo estaba haciendo demasiado, que por qué no mejor imitaba a otro. 

Me encantaba ir a la casa de mi mejor amigo porque su hermana tenía muchas barbies y me dejaba jugar con ellas. Muchas veces era al escondido para que no nos regañaran. La misma complicidad la compartía con mi hermana, con quien veía Sailor Moon, con un ojo y una oreja, mientras la otra mitad del cuidado estaba en el sonido de las escaleras: no nos podíamos dejar pillar de mis papás.

Al terminar mi pregrado de abogada, apliqué a una beca para hacer una maestría en derechos humanos en Washington. Me la gané y, cuando llegué a la ciudad, varios titulares de medios informaron que la salud relacionada con ser trans debía ser incluida en todos los programas y seguros de salud, incluidos los estudiantiles. Por pura curiosidad, solicité una cita en The Whitman Walker Clinic, un centro especializado en salud para personas LGBT. 

A la segunda cita, y en menos de un mes, ya estaba tomando hormonas. Nunca le conté a alguien de mi familia. Una vez, mi mamá me fue a visitar y se me olvidó esconderlas. Cuando me preguntó, me hice la boba. Fue una pésima estrategia porque ella tiene un título de regente de farmacia y se dio cuenta al instante. 

En una visita a Colombia, me metí a un baño turco en pantaloneta, con mi hermana. Como iba como por el tercer mes de hormonas, ya estaban empezando a crecer mis senos. Juré que no se iban a notar. Pero no, mi hermana me preguntó si era verdad que las estaba tomando. 

En otra visita a Colombia, mi papá me recibió con muchos rones y me empezó a preguntar que si me iba a cambiar el nombre y que si me iba a operar. Preguntas para las que no tenía respuestas claras y a las que respondí fingiendo mucha seguridad: no quería dejar la sensación de que no sabía del todo lo que estaba haciendo. 

Así ha sido ser una hija trans. Entre las diferentes etapas de mi salida del clóset -tristeza, aceptación y celebración- y las mismas etapas que mi familia ha atravesado, he aprendido la diferencia entre torpeza y violencia. He sentido rabia y dolor porque ser incomprendida me ha hecho sentir sola y aislada y,  al mismo tiempo, alegre y agradecida de estar rodeada de personas que me apoyan y me aman. 

Han intentado actuar siempre desde la empatía, pero, como en todos los procesos pedagógicos, se han equivocado. Tanto a mi papá como a mi mamá todavía les cuesta nombrarme en femenino. Pero cada vez más seguido se autocorrigen. Siguen siendo torpes, pero cariñosos y bien intencionados. Y eso es lo que más importa.

 

últimas noticias

Una ofrenda para navidad

Derretidos de coliflor

Los papás vamos de copilotos