Una pareja inseparable

La escritora Piedad Bonnett establece un vínculo entre la literatura y el amor. Ella cita obras literarias, cuyos protagonistas se la juegan para estar con su ser amado.

Foto: Cortesía.

Amor y literatura son dos palabras unidas indisolublemente. En primer lugar, porque el amor es uno de los grandes temas literarios, desde Homero hasta nuestros días. Y, en segundo término, porque la literatura no existiría si no fuera por la pasión que por ella suelen sentir escritores y lectores. Empezaré por esta última forma de amor, sin la cual, como en los más afiebrados enamoramientos, algunas personas no podemos vivir. O,  al menos, vivir enteramente felices. El escritor ama las palabras, combinarlas para hacerlas decir de una manera nueva, y crear historias, situaciones, personajes que tienen un rostro, un nombre, una psiquis compleja. A ello dedica días, meses, años, sin que nadie se lo exija, comprometiendo toda su fe y todas sus energías y arriesgándose, por supuesto, al trago amargo del fracaso. Este esfuerzo no tendría mucho sentido, sin embargo, si no existiera el lector, esa persona ávida de historias, de belleza, y sobre todo, de emociones. Escritor y lector son una pareja inestable, arbitraria, caprichosa, que en ciertas ocasiones alcanza unos niveles de felicidad y entendimiento significativos. Ahora bien: cuando un escritor ama a su lector es siempre de manera abstracta;  mientras que los  amores del lector suelen ser concretos, constantes, fieles y a veces obsesivos. 

Hay obras que hablan del amor,  muchas veces conflictivo, del hijo por el padre -Patrimonio, de Philip Roth, El lugar de Annie Ernaux-o por la madre -El libro de mi madre, de Albert Cohen, Apegos feroces, de Vivian Gornik, Me llamo Lucy Barton, de Elizabeth Strout-, o del amor por el hijo, casi siempre cuando se lo ha perdido -El hijo, de Michael Rostain o Mortal y Rosa, de Paco Umbral- . Y sólo estoy hablando de libros contemporáneos dentro de una tradición infinita. Puede haber libros que hablen de otros amores: a Dios, a la patria, a una casa, a un deporte. Pero la que en verdad solemos llamar literatura de amor, esa que ha inspirado poemas que todos sabemos de memoria o clásicos  inolvidables, consagrados por los siglos de los siglos, es la que se ocupa del amor-pasión, como lo llama Denis de Rougemont, uno de sus más serios estudiosos. El amor-pasión o enamoramiento, ese sentimiento mágico, desbocado, dispuesto a todo, es casi siempre fulminante, y por eso en algunas obras, como en Tristán e Isolda o Sueño de una noche de verano, es el resultado de tomar un bebedizo o sucumbir a un encantamiento. El enamoramiento es siempre  intenso y efímero, y en general debe desafiar un obstáculo,  una prohibición en razón de credo, raza, edad, clase social, sexo. El amor literario, pues, casi siempre es trágico, y no es raro que termine en muerte, como en Romeo y Julieta, Madame Bovary o Ana Karenina. 

En estas dos últimas novelas, sin embargo,  el amor es iluminado en otro contexto: el romanticismo de las protagonistas, insatisfechas y ávidas de emociones, se estrella con las convenciones del mundo burgués y con las estrecheces del matrimonio, que les quita libertad y las reduce a una cotidianidad plana y desprovista del placer que anhelan. En estas obras el tema es el adulterio, con todo lo que éste tiene de desfogue de la insatisfacción, de deseo de aventura, de libertad y erotismo. Aunque en La novela del matrimonio Tolstoi sostiene que casarse es la mejor manera de destruir el amor, Flaubert va a mostrar cómo después de un tiempo Emma encuentra que el adulterio puede ser tan aburrido como un matrimonio. Por otra parte, Ana, que en los inicios de su aventura pareciera sucumbir a la culpa,  no tarda en romper las convenciones llevada por el amor por Vronski, su amante, del que queda  embarazada, y con él que se marcha después de que su marido le niega el divorcio. Tanto Emma como Ana terminan mal: la primera, víctima de las deudas y el desencanto, opta por el envenenamiento, y Ana, enloquecida de celos, entregada a la morfina para vencer el desasosiego, se lanza a la vía del tren para acabar con su sufrimiento. A pesar de que en ambas obras pareciera haber una censura moral por parte de los autores, lo que hacen los autores es mostrar el deseo de libertad de estas mujeres, que a pesar de la confusión y el conflicto de sus conciencias, son capaces ya de ir rompiendo las ataduras sociales. 

Hoy en día los escritores siguen intentando hablar del amor, de mostrar cómo es en estos tiempos. Tal vez tenga razón Zygmunt Bauman cuando lo llama “amor líquido”, una forma de enfrentarlo que parece partir de esta premisa: “no se deje atrapar. Evite los brazos demasiado firmes. Recuerde: cuanto más profundos sean sus lazos, vínculos y compromisos, mayor es el riesgo”. 

 

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