Viajar tras el sonido de sus ídolos

Entrevistamos a dos colombianos que fueron a Austria y a Suecia, respectivamente, para estar cerca de sus ídolos: la cantante de ópera Anna Netrebko y las bandas de metal Epica y Nightwish. Ellos viven su fanatismo como una vocación irrenunciable y están dispuestos a más con tal de interartuar con los artístas.

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n tiempos de Instagram y de Youtube, el fanatismo por un músico parece estar ligado a la ansiedad de reconocimiento. A la urgencia de narrar la supuesta intimidad del encuentro con ese artista en un pie de foto. A la necesidad de exhibir públicamente que somos parte de algo. A un deseo fallido por desmarcarnos de la colectividad. Pero eso es sólo lo que sugieren las redes sociales. 

El tema adquiere otros matices cuando uno conoce gente que se toma el fanatismo como una profesión. Gente que, con el único propósito de establecer una relación con sus artistas favoritos, le dan la vuelta al mundo y pasan sus días diseñando planes logísticos para lograrlo. ¿Qué los mueve a perseguir a sus ídolos? ¿Cómo se construyen esos amores platónicos? ¿Por qué ven ellos la posibilidad de construir una identidad? Para responder estas preguntas, Cromos entrevistó a una abogada de 23 años y a un estudiante de la Universidad Nacional de 25 años para entender las claves de su pasión. 

Adriana Medellín, vivir un sueño a través de una voz 

"Conocí a Anna Netrebko en 2015. Viajé a Viena exclusivamente para verla cantar una de mis óperas favoritas: Eugenio Oneguin de Tchaikovsky. Llegué a la rusa por una tía, quien me regaló uno de sus discos cuando tenía 14. No recuerdo el nombre, pero recuerdo perfectamente la portada: Anna sale con un vestido elegante y largo color vinotinto. Siempre he sido muy musical. Toda mi familia es muy musical. Durante mucho tiempo tomé clases de canto lírico y, aunque la vida me llevó a ser abogada, Anna Netrebko siempre ha generado en mí una fascinación inexplicable. 

 

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La rusa Anna Netrebko es considerada la mayor soprano del siglo XXI.  Se formó en el Conservatorio de San Petersburgo. 

 

Logra captar por completo la atención. Su tono, su color de voz y su vibrato logran transmitirle el gusto por la ópera a cualquiera. Sucede que todas las sopranos cantan diferente, cada una tiene su sello, pero Anna tiene una particularidad y es que actúa muy bien. Puede cantar Verdi, Vivaldi, Mozart, siempre lo hará apasionada. Anna creció sin los recursos económicos para ser una cantante  y ahora es un referente, al punto de abrir la pasada Copa del Mundo.

Mi abuela por parte de mamá es fan de la ópera, y desde chiquita, me ha hecho ver lo especiales que son los conciertos de este género. Últimamente somos seguidoras de las óperas que proyecta Cine Colombia. De hecho, fue mi abuela quien me llevó a ver Eugenio Oneguin de Tchaikovsky, la ópera por la que yo viajaría después a Viena. Cuando vi que Anna era la protagonista, entendí que verla era un camino determinado para mí. En 2015, hice un intercambio a Barcelona. Al seguir las fechas de su tour, me di cuenta de que cantaría en Austria. Era la oportunidad, tenía que hacerlo. Una cosa era escucharla en sus discos de estudio y otra escuchar la voz, su voz sin amplificación y con las acústicas de los teatros del viejo continente. Un día de noviembre viajé con una amiga. 

Cuando empezó la obra, recordé a mi tía regalándome el disco y a mi abuela llevándome por primera vez a ver una ópera. Reconozco a Anna, su tono, la identifico ante cualquier soprano, pero jamás me imaginé un acto tan perfecto. También me transportó a mi sueño de adolescencia: convertirme en cantante. 

Al final, con mi amiga  nos plantamos a esperarla en una de las salidas. Llevábamos media hora esperando, congeladas del frío, y nada. Corrimos hacia otra salida y ahí estaba con su esposo: abrigo de piel, prendas de colores intensos, cartera extravagante, caminando hacia su casa. Seguimos sus pasos. De la angustia, no podía decir nada. Después de seis cuadras, la alcancé y decidí gritarle a lo colombiano. Ella asintió, levanté la mano para tomar la selfie. Temblaba y temblaba, mis movimientos eran torpes e incontrolables. Finalmente, mi amiga tuvo que tomarme la foto. 

 

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Épica es una agrupación holandesa de metal sinfónico. Sus canciones son interpretadas por Simone Simons.

 

El próximo 8 de diciembre volveré a verla en Nueva York. ¿Por qué volver a su encuentro? Porque su nivel vocal e interpretativo hace que valga la pena repetirlo millones de veces. Pero hay una razón suprema: un concierto de Anna significa hacer retrospectiva sobre los momentos más felices y los sueños que se quedaron en el camino. Verla es entender que vivo mi sueño a través de su voz. 

Miguel Arias, construir el yo

Mi primer concierto de metal fue en 2009, cuando estaba en grado décimo. Fui a ver a Épica, en su segundo concierto en Colombia. Estaba prevenido: no sabía cómo comportarme en un concierto. Pero todo fluyó. Me di cuenta de que no estaba solo. Cerca de 3.000 personas respondían a lo mismo que a mí me gustaba, también puede comprender que el virtuosismo musical y la puesta en escena era real. Es decir, para mí el metal sinfónico era algo tan sofisticado que parecía inalcanzable; algo que sólo podía disfrutarse plenamente con el sonido del estudio. Y no es así. 

El segundo impacto vendría en 2011, con el concierto de la banda japonesa Versailles. Me impresionó la estética de sus integrantes: parecían personajes del videojuego Final Fantasy. Cada uno lucía un color y un estilo particulares. El vocalista parecía un rey vampiro rumano. Llevaba un gabán rojo, hombreras militares, aditamentos renacentistas y botas pantaneras con plataformas enormes. Uno de los guitarristas, en cambio, vestía  como una princesa. Uno decía: qué guitarrista tan hermosa, pero era un chico.  Desde entonces adapté cierta rimbombancia a mi vestuario y uso prendas andróginas. 

Antes de interactuar con ropa de chica, con la ropa que dicen que es de chica, yo era un adolescente muy estándar. No hay que decirnos mentiras. Cuando somos jóvenes, la mayoría nos convertimos en el producto que nuestros papás desean. En esa época yo vestía camisetas polo y pantalones de colores, iba a los conciertos organizados por La Mega. Pero lo cierto es que iba a ese tipo de conciertos por pasar tiempo con mis amigos. Nunca sentí que encajé en esa corriente. Con el metal comencé a construir al individuo, a conectarme con mi esencia. 

Después de comprar decenas de CDs y DVDs, supe que había una relación estrecha con lo musical y lo visual. Faltaba entonces construir una relación personal. Para mí resultaba importante encontrarme con esas personas que escribieron obras maestras que cambiaron mi vida, agradecerles. Eso me reconforta más que tener una foto con ellos. Las fotos, que perseguía al principio, dejaron de ser trascendentes. Lo trascendente era y es compartir unos minutos con los integrantes. No me importa Instagram, me importa conocer a las personas que crean obras maestras. Las obras con las que convivo a diario. 

La primera vez que conocí a miembros de una banda fue el 25 de mayo de 2012, en el concierto de Therion. Celebraron sus 25 años de carrera con su mejor alineación. Los organizadores rifaron un meet and greet y me lo gané. Tocaron un set acústico de cuatro canciones y luego pude hablar con Lori, la vocalista de entonces, sobre sus horas de ensayo para poder cantar canciones en varios idiomas. Sueco, inglés y alemán antiguo. Descubrí que de esta manera podía conocer más sobre mis rupos favoritos,  desde entonces voy al aeropuerto, los espero en hoteles o fuera del teatro. He conocido a los miembros de Nightwish, Épica y Therion. 

 

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Therion es una banda escandinava que canta en inglés, alemán antiguo y sueco. 

 

Hay días en que me pregunto por qué lo sigo haciendo. Por ejemplo, este mes tocará Nightwish en Bogotá y planeo charlar de nuevo con ellos ¿Por qué? La respuesta es que me gusta entender cómo el tiempo los cambia. Un nuevo álbum o un nuevo video puede partir en dos su historia. Ir tras ellos es la oportunidad de saber qué impulsó ese cambio. Esto siempre ha partido de la satisfacción personal: no busco que me recuerden ni mantener una correspondencia frecuente. 

El 12 de agosto de 2017 arribé a Suecia, la cuna del metal sinfónico, por un intercambio de mi universidad. Durante un año aprendí muchas cosas, conocí gente, pero lo fundamental es que pude ir a conciertos de bandas que jamás han venido y que difícilmente lo harán. Fui a conciertos en Estocolmo y a otras ciudades de Europa: Colonia (Alemania), Lyon (Francia) y Budapest (Hungría). A diferencia de Colombia, donde los cantantes se esfuman tras bambalinas después de un recital, allá se acercan a conversar con sus seguidores. Los héroes se vuelven terrenales. Logré conocer más secretos. 

Sueño mucho con el futuro. ¿Quién voy a ser? ¿Cómo me voy a ver? ¿Con quiénes voy a estar? Y sucede que todos mis sueños se ven materializados con el metal. Actualmente, hago parte de dos bandas,  espero algún día poder recorrer el mundo compartiendo mi arte. Por lo pronto, seguiré yendo a conciertos, seguiré comprando música y seguiré conociendo a mis ídolos. Todo debe estar conectado para que la experiencia sea completa. Es la única forma de apreciar el arte en su máxima dimensión. Es la única manera que aprendí a disfrutarlo.  

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WILLIAM MARTÍNEZ

Cromos

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