Con ustedes, el doctor House

El actor, que se hizo célebre por su interpretación de un médico dispuesto a hacer lo que fuera para salirse con la suya, está de gira en España para apoyar su primer disco.

Antes de apoyarse en el bastón del doctor Gregory House para mover el mundo, sólo un puñado de teleadictos hubieran podido identificar a Hugh Laurie, ese actor convertido en celebridad mundial por la vía catódica que un buen día decidió lanzarse a los estudios y a los escenarios para hacer música. El exretorcido House, ya rescatado su otro yo, el de Hugh Laurie a secas, ofreció este jueves en Barcelona uno de los conciertos de la gira de presentación de su primer disco, Let Them Talk.

Laurie, un tipo educado en Cambridge, hijo de un medallista olímpico, deportista de primera clase que tuvo que abandonar el remo por problemas médicos, escogió el arte dramático en su versión más festiva y se unió al Cambridge Footlights Club. El Footlights, conocido por ser una cantera inagotable de cómicos del país, descubrió en la anatomía de aquel señor larguirucho y con voz de whisky de malta a un creador de gags de intelecto privilegiado.

Sin embargo, y paradójicamente, no fue su inmenso talento como comediante lo que le abrió las puertas de la gloria sino una serie donde reír, lo que se dice reír, le iba a tocar más bien poco. En 2004 arrancaba en la parrilla estadounidense House, un folletín con excusa médica sobre una especie de Sherlock Holmes con estetoscopio cuya amargura sólo es superada por su inteligencia.

Pero 176 capítulos después y ocho temporadas mediante, con más damnificados que la guerra de Vietnam, David Shore decidió que ya era hora de bajar la persiana. No sólo eso. El actor británico decidió que por un tiempo cambiaría de profesión y se dedicaría a explotar su otra gran pasión: la música. Dicho y hecho, la división musical de Warner Brothers firmó un contrato con Laurie y él pidió la luna, no en dinero sino en especies: tener al legendario productor Joe Henry (entre cuyos clientes se cuentan John Doe, Solomon Burke, Lisa Hannigan, Jacob Dylan o Madonna, y muchos otros), al rey del vudú (versión melómana) Dr. John, a la cantante de Nueva Orleans Irma Thomas y toda una ristra de músicos con una lista de servicios bajo el brazo más larga que Los hermanos Karamazov. Warner acabó diciendo sí a todo.

Poco después de las nueve de la noche aparecía en el Arteria del Paralelo barcelonés el hombre antes conocido como Gregory House. Un “buenas noches” acompañado de una parrafada para lamentar no saber decir nada más en español, un trago a su chupito de whisky en vaso decorado con el escudo del Barça y un par de reverencias al personal y el local se vino abajo. Es lo que tiene un tipo como Hugh Laurie, cuyo encanto y carisma es indiscutible. Después, con la concurrencia luciendo sonrisa de oreja a oreja (un milagro tal como están las cosas) una canción de Leadbelly, otra de Jimmy Rogers, un montón de versiones para que se lucieran sus músicos (seis, si incluimos a la solista que lo acompañaba) y un puñado de historias con acento inglés sobre la vigencia de los ritmos sureños. La música, digámoslo todo, era lo de menos: Laurie vino a triunfar y —por si alguien lo dudaba— lo hizo.

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