Luis Carlos Sarmiento

El banquero más poderoso del país forjó un imperio con el trabajo de 50 años, que hoy extiende su influencia al Gobierno.

El sueño de muchas personas es el de ser multimillonarias en un abrir y cerrar de ojos. ¿Para qué?, se les podría preguntar. “Para visitar los lugares más exóticos”, dirá uno. “Para comprar los objetos más refinados”, contestará otro. “Para residir una temporada en París, otra en Londres y, cuando me aburra, trasladarme a Nueva York”, asegurará un tercero. O “para renunciar al puesto y dedicarme a gozar”, indicará el menos original. Lo raro es que alguien como Luis Carlos Sarmiento Angulo, quien pasó de la condición de empleado soñador de una pequeña empresa a ser uno de los hombres más ricos del mundo, sólo se regale algunos de esos lujos pudiendo comprar y hacer lo que le antoje.

Ver tantos billetes le ha enseñado a ser parco. Cuando mucho, se va de vacaciones una o dos veces cada 12 meses, como el resto de los mortales. Eso sí, se distingue de éstos en que viaja en jet ejecutivo propio, posee una isla paradisiaca, va a fiestas de élite —no muchas— que ojalá no incluyan baile ni vallenatos, y asiste a compromisos sociales con los gobernantes de turno, de los que siempre ha sido su aliado. Le dedica escaso tiempo a descansar porque sufre del mal que padecemos muchos del montón: adicción al trabajo. Con la diferencia de que nosotros estamos subordinados, de una u otra manera, a la organización que lleva su nombre y apellidos, y él no depende de nadie, excepto de la influencia que logre ejercer sobre los proyectos económicos del Ejecutivo y de la sagacidad que despliegue para incrementar más la fortuna que ha acumulado.

Quienes conocen al millonario clasificado en el número 140 o 150 del orbe por sus US$5.500 millones, más sus otros $2,5 billones en utilidades de 2009, saben que él sigue siendo un contador nato, cuya mente jamás abandona las cuentas, las sumas, las restas ni el punto de interés que ganó o que perdió. Esa obsesión por las matemáticas es la que lo mantiene atado a su tradicional oficina de un céntrico sector de Bogotá, la ciudad donde le gusta habitar. Durante el día no deja de trabajar. Empieza muy temprano y, a sus 76 años, la energía de la mañana le alcanza para presidir juntas; reunirse en privado con su sucesor, Luis Carlos Sarmiento júnior; enterarse de las extraordinarias ganancias que produjeron sus bancos, sus fondos de pensiones, sus bancas de inversión y sus compañías de seguros; revisar el balance de sus demás empresas; hablar por teléfono con el Jefe de Estado, amigos empresarios, ex presidentes, ministros y costosos abogados a su servicio.

Al mediodía atiende citas y va a almuerzos, o bien, comparte viandas con uno o dos invitados que conduce a su comedor privado, un espacio sobrio que está comunicado con su despacho y que es tan reservado que sólo hay una llave de la puerta, siempre cerrada o abierta por él mismo. No se ofrecen platos exquisitos allí ni hay excesos de bebida. Una buena carne, verduras y agua es el menú tradicional. La hora y media de comida no se pierde entre la alimentación y la charla. Lápiz en mano, calcula las cifras que surgen de la conversación. Al despedirse de sus huéspedes ya tiene otro negocio en cierne. En la tarde, la actividad continúa tan intensa como en las horas matutinas. Pero hay una variante: su mirada se fija en la actividad política externa, que también le interesa. No ignora que el ‘clima’ de estabilidad y seguridad es importante para los mercados financieros, sobre todo después de medio siglo de haber fundado su potente conglomerado, motivo por el cual se le otorgó el premio Portafolio a la Vida y Obra, y mereció portada de dos medios, uno de los cuales lo llamó “El Rey Midas”. Dicen sus colaboradores que la propaganda mediática lo golpea, como a cualquier humano, pero que no cae en errores de vanidad por culpa de ella.

En cambio, la tentación nacida del orgullo del vencedor lo ha hecho opinar sobre temas de políticas públicas, como si albergara en su corazón a un pequeño congresista o a un precandidato. En octubre de 2008 sorprendió cuando rompió su discreción en la asamblea de la ANIF. “Se salió de la órbita de los temas económicos para decirle al presidente Uribe que lo mejor que podía pasarles a la institucionalidad y a la democracia era declarar el Estado de Conmoción Interior, a raíz del paro judicial…”, recordó hace poco La silla vacía, en un artículo que tituló significativamente como “El oráculo más rico del Presidente”. Dos días después, el Mandatario le dio vida a la solicitud de Sarmiento Angulo. En alocución televisada dijo que: “el Gobierno Nacional ha declarado… el Estado de Conmoción Interior… (y) quiere hacer todos los esfuerzos (para tomar) medidas que garanticen que se supere totalmente la congestión de la justicia”.

El 30 de abril de este año, el socio propietario del Grupo Aval irrumpió, por segunda vez, con comentarios sobre política gubernamental. En un foro sobre defensa y seguridad afirmó que “así como todos contribuimos con el impuesto de educación y salud, el servicio de seguridad y defensa es igualmente importante (para que aporten a él)”. Propuso que el impuesto para financiar la seguridad democrática fuera permanente y que no lo pagaran sólo los más pudientes, como estaba establecido, sino “todos los colombianos”. Ocho días más tarde el Presidente acogió su idea: “Habrá que pensar, una vez terminen de ejecutarse estos recursos extraordinarios (el año entrante), cómo vamos a tener una renta permanente para seguir financiando la seguridad (…)”. El proyecto se adelantará en 2010.

Consistente apoyo ha recibido Uribe del banquero en estos siete años. En entrevistas recientes, LCSA ha declarado ser fervoroso partidario del tercer mandato del Mandatario. Hace unos días, el Grupo Aval fue relacionado como beneficiario de $6.500 millones provenientes de los subsidios de Agro Ingreso Seguro, creados, en teoría, para favorecer a los agricultores más pobres. Pero no se ha precisado esa información. Habrá que esperar para saber si el exitoso creador de unidades residenciales, carreteras, empresas de servicios y bancos florecientes se ha desviado de su propio campo, asentado en tierra firme, y ha preferido entrar, con todo lo que ello implica, en la cenagosa materia de la política activa.

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Cecilia Orozco Tascón

Economía

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