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Omar Hurtado nació en Monguí, Boyacá

Edén, la marca colombiana que quiere convertirse en el Cartier latinoamericano

El orfebre habla de su historia, su trabajo pintando a mano y cómo su empresa familiar llegó al Museo Metropolitano de Arte, de Nueva York.

Omar Hurtado, diseñador de joyas, participó en Bogotá Fashion Week 2019. Diego Cuevas / EL ESPECTADOR

Omar Hurtado Pérez tardó cinco años en lograr la réplica del Pez Alado. El orfebre entendió, luego de intentar, aprender y desaprender, que lo que necesitaba era reproducir el sentimiento que el artista le puso al diseño original. No copiarlo. “No se puede plasmar si no se siente. Dejo que mis conocimientos en joyería se pierdan y permito que el conocimiento que está dentro de la pieza aparezca y me enseñe cómo construirla”.

En la cabeza de Hurtado la pieza se rompió en pedazos. Después tomó cada parte, sin herramientas, solo con sus manos, y la ensambló. Así fue como cada parte encajó y consiguió la réplica avalada por el Museo de Oro de Bogotá.

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Hurtado nació en Monguí, un municipio de Boyacá reconocido por producir balones. En 1982, el colegio en el que estudiaba lo llevó a Bogotá para que conociera el Museo del Oro. Ese es el primer recuerdo que tiene con las joyas. Quería ser ingeniero cibernético, pero su familia no tenía recursos suficientes para pagarle la universidad, y en 1987 un cura del pueblo le aconsejó que estudiara orfebrería en la escuela de Artesanías de Colombia.

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Le siguió la corriente sin saber que ese sería su oficio, pues al respecto solo conservaba el recuerdo del museo. El boyacense cuenta que, en su primer día de clase en Bogotá, al entrar al taller se convenció de que todo lo que estaba ahí haría parte de su futuro. Cuando salió a almorzar se sentó en la calle 19 con carrera tercera, desde ahí podía ver la ciudad. Hurtado se propuso que al siguiente año sería instructor de la escuela, y cumplió su objetivo.

En 1990, Artesanías de Colombia le propuso al Museo del Oro hacer una colección de réplicas de diseños precolombinos avalados por el Banco de la República. El proyecto fue liderado por el joyero, encargado de la reproducción, producción y el montaje adecuado. Luego le dieron el acceso a los diseños precolombinos originales. En ese momento recordó cuando estaba pequeño y los vio a través de un vidrio, pero, esta vez, sus manos palpaban cada detalle de las piezas. Trabajó cuatro años para lanzar la primera colección avalada.

El boyacense sintió que cinco años fueron suficientes y emprendió una nueva meta. Quiso ser el encargado de la producción de esos diseños, pero desde su propia empresa. Entre 1995 y el 2000 se enfocó en la creación de su compañía, Precolombian. Ese mismo año volvió a trabajar con el Museo del Oro y en un lapso de 10 años desarrolló siete colecciones de joyas precolombinas avaladas.

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“El aval del Banco de la República consiste en que ellos ven la fidelidad de la pieza original junto con la réplica y tiene que estar en un 99,9 % iguales bajo tres conceptos: autenticidad, definición del original, y lo más importante, la fidelidad tomada del original”, cuenta Hurtado. En 2005 empezó a trabajar con el Museo del Oro de Costa Rica haciendo la reproducción de sus diseños.


Edén 

 
 

Hurtado tiene tres hijos: Andrés, David y Daniel. Cuando estaban pequeños, los llevó a México con la excusa de que sería un plan vacacional, pero el objetivo era que conocieran el negocio y su trabajo de réplicas precolombinas. “Nos convenció de que era un viaje de turismo y lo que terminamos haciendo fue vender en el Museo Nacional de Antropología, de México, los productos que hacía mi padre”, recuerda Andrés.

Aunque México no fue las vacaciones que esperaba, Andrés entendió que no solo eran joyas sino una cultura y continuó, junto a sus hermanos, acompañando a su papá a varias ferias. Sin embargo, en 2010 cerraron la tienda del Museo del Oro y Omar lo perdió todo. Durante tres años estuvo en un limbo. A pesar de la caída, Hurtado seguía con un sueño: crear una marca propia, con sello latino, que no fuera la copia de algo y que específicamente tuviera joyería. Así nació Edén, una empresa familiar en la que pintan diseños de flora y fauna en plata con pigmentos naturales. 

Andrés terminó estudios en Administración de Empresas, y aunque al graduarse tenía más oportunidades laborales, decidió apostarle al sueño de su papá. En 2016 empezó a andar Edén y, según Andrés, “en menos de tres años hemos crecido lo que esperábamos en 20 años”.

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Edén, además de estar conformado por Hurtado, sus tres hijos y su esposa, también ha empleado a ocho personas de su pueblo natal, Monguí. Todos desempeñan sus labores en una oficina ubicada en el centro de Bogotá y cada uno tiene una función. David estudia ingeniería industrial y se encarga de la producción y el mercadeo digital. Daniel, el menor de la familia, ahora es quien asiste a ferias como parte del proceso que todos han tenido de aprender del negocio familiar. Y Dora Martínez, su esposa, se encarga de los recursos humanos y de lo financiero. 

Diseños

Los diseños de Edén se caracterizan por ser colecciones de siete piezas coloridas y pequeñas. Durante un viaje al Amazonas, Hurtado conoció a un grupo de indígenas que usaban pigmentos extraídos de la corteza de los árboles para pintar máscaras y tras una investigación de cinco años descubrieron que estos les servían para pintar sus joyas en plata. Se requiere un procedimiento especial para extraerlo con unas ollas de barro y clorofila pura. “El pigmento natural nos permite translucidez y degradé de colores que no lográbamos con otras pinturas”, explica Andrés, quien es el administrador de la marca. 

En la pasada edición de Bogotá Fashion Week, que se realizó en abril en el Ágora, Edén participó como una marca emergente con la colección Trazos en el cielo, inspirada en las aves más importantes de Colombia: guacamayas, barranquero, torito rojo, tucán. Hurtado les imprime a sus joyas un simbolismo, y en estas decidió relacionar la belleza colombiana de las mujeres de diferentes regiones del país con las aves. Por ejemplo, a las mujeres indígenas del Amazonas las representó con las guacamayas, y a las de Antioquia con el barranquero, una ave de plumas largas típica en el paisaje de las haciendas cafeteras. 

Su participación en el evento les permitió concretar negocios con España y que la Cámara de Comercio de Bogotá considerara su empresa familiar como un caso de éxito del sector joyero en el país. Andrés explica que dicho reconocimiento lo obtuvieron “por el producto, la historia del diseñador y el nivel de exportación que manejamos. Contamos con ese aval que nos permite llevar a Colombia a diferentes partes del mundo”.

En 2016, abrieron nueve puntos de venta. En 2017 tenían veintitrés y este año ya superan los 60 locales en varias partes del mundo. En 2018 cerraron con 80.000 dólares en exportación y en 2019 quieren llegar a los 100.000 dólares en exportaciones. Omar y Andrés están convencidos de que el éxito que ha tenido la marca se debe al compromiso, la dedicación, la disciplina y el trabajo en equipo, pues mientras su padre se encarga de la parte artística, Andrés se ocupa de los negocios y de invertir en la empresa. Cada integrante de la familia es como una pieza que encaja perfecta.

“Estamos enfocados en seguir abriendo camino en los museos de México, Costa Rica y Colombia. Queremos que conozcan a las aves de Colombia en todos nuestros puntos de venta, además, en cada país se encuentran diseños exclusivos, aunque todos son hechos en Colombia. Por otro lado, nuestra plata está certificada como libre de mercurio”, cuenta Andrés. 

Hurtado siente que ha cumplido parte de su sueño. Llevan dos piezas de las siete que están preparando sobre Frida Kahlo disponibles en México, en la Casa Azul y en el Museo Dolores Olmedo. Quisieron convertir las obras de Frida en joyas con color, porque, para el orfebre, “ahora las mujeres tienen una conciencia de consumo. Ya no solo les interesa tener una joya, quieren que cuente una historia. Eso es lo que queremos. Que cada pieza, desde nuestras aves hasta nuestros corazones tenga una historia detrás y que las mujeres se sientan identificadas”.

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El proceso de cada pieza comienza con un pedazo de cera en el que Omar plasma lo que siente. “Me fijo en el movimiento de los ojos, en el pico o en las plumas. Depende de la figura, y luego se le hacen las correcciones. Una joya puede tardar entre tres y cinco días, según el tamaño. Mis piezas no son iguales”, afirma orgulloso.

Andrés se refiere a su padre con orgullo y dice que ha visto toda su historia y su carrera. “He estado en los momentos buenos y los malos, y creo que ahora estamos en un punto de seguir creciendo. Siento que el talento que tiene se debe mostrar en todo el mundo”. 

Omar Hurtado lleva más de treinta años en el negocio de la joyería. Siente que las bases que ha cimentado, con ayuda de Dios como él lo dice, serán para sus hijos. En 2018, llegó al Museo Metropolitano de Arte, de Nueva York, uno de los más importantes del mundo, con Reinos de oro: el arte suntuario y el legado de la América precolombina, una colección de joyería precolombina curada y respaldada por el Museo de Oro de Bogotá, en alianza con la compañía colombiana Across the Puddle.
Su objetivo es mostrar que en Colombia se pueden hacer cosas con trabajo y con ganas. “No importa de dónde vengas o cuál es tu origen, lo que importa, finalmente, es el resultado”. Su sueño es que Edén se convierta en un Cartier latinoamericano.

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Lucety Carreño Rojas - @LucetyC - [email protected]

Economía

Edén, la marca colombiana que quiere convertirse en el Cartier latinoamericano

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