Análisis

¿Es bueno para la economía tener un sector financiero fuerte?

La incertidumbre generada por el Brexit ha generado en Europa un apetito de otras capitales por atraer las actividades económicas que hoy operan en Londres. El presidente del Royal Bank de Escocia se pregunta en este texto si un sector financiero grande trae más beneficios que efectos negativos. Análisis

El centro financiero de Londres es uno de los atractivos que países de Europa quisieran atraer hacia sus capitales en medio de la incertidumbre sobre el Brexit. ¿Vale la pena el esfuerzo?Pixabay under Creative Commons CC0

LONDRES – Mientras siguen trabadas las negociaciones para la salida del Reino Unido (RU) de la Unión Europea, otros países europeos están usando el período de incertidumbre respecto de la futura regulación de los mercados financieros del continente para intentar atraer empresas y actividades que hoy operan en Londres hacia centros rivales.

Los franceses han sido particularmente activos en la promoción de París, pero Frankfurt no se quedó muy atrás (pese al tibio apoyo del gobierno en Berlín). Y otras ciudades, por ejemplo Luxemburgo, Dublín y Ámsterdam, también se mostraron dispuestas a dar la bienvenida a las finanzas. Hacía una década o más que los banqueros no eran tan queridos.

Pero ¿deberían otras ciudades tratar de convertirse en centros financieros internacionales a la manera de Londres? ¿Saben lo que es bueno para ellas y para las economías nacionales de las que forman parte?

La crisis financiera global de 2008 llevó a cierta reconsideración de los pros y los contras. No hay duda de que tener en la ciudad un centro financiero importante beneficia a los concesionarios de Porsche, a los restaurantes de lujo y a los bares con show erótico. Pero algunos sostienen que el efecto perjudicial para el resto de la economía es demasiado serio para ignorarlo.

Andy Haldane, economista principal del Banco de Inglaterra, describió a la industria bancaria como un “contaminante”, al menos en parte. Según Haldane: “El riesgo sistémico es un subproducto nocivo” que “puede poner en riesgo a espectadores inocentes en el resto de la economía”. Algunos países (el RU entre ellos) siguen cargando “los costos sociales que tienen las crisis bancarias para el público en general”.

Alguno dirá que el riesgo de incurrir en esos costos se ha reducido considerablemente con las reformas regulatorias, en particular el gran incremento de los requisitos de capital instituido por el Comité de Supervisión Bancaria de Basilea para los bancos con importancia sistémica. Está comprobado que cuando el ratio de “capital de nivel 1” supera el 13%, el riesgo de crisis bancaria se reduce marcadamente. Aunque nunca es posible eliminarlo por completo, las pruebas de resistencia que hacen las autoridades regulatorias muestran que hoy la mayoría de los bancos importantes podrían sobrevivir a perturbaciones económicas extremas. El Banco de Inglaterra tiene modelos con un 4,7% de contracción del PIB y 33% de caída de precios inmobiliarios, y hasta ahora los bancos han sobrevivido.

Pero otros estudios señalan que hospedar un sector financiero demasiado grande conlleva otros efectos perjudiciales. Por ejemplo, Stephen Cecchetti y Enisse Kharroubi (del Banco de Pagos Internacionales, BPI) sostienen que es malo para la productividad y el crecimiento.

Uno de los motivos es la distorsión en la asignación de talento. El sector financiero, que por lo general paga sueldos más altos, priva de mano de obra altamente capacitada y escasa a otras áreas de la economía en las que podría aportar más a la productividad.

Cuando yo era director de la London School of Economics, me desconcertaba el hecho de que en una institución con una amplia oferta formativa en ciencias sociales y humanidades, no sólo finanzas y economía, más del 30% de los graduados de algunos años terminaban trabajando en finanzas. Muchos ingenieros salidos del London’s Imperial College aceptaban ofertas de bancos de inversión que les pagaban sumas cuantiosas para que inventaran complicadas estructuras financieras en vez de puentes o máquinas.

Un segundo efecto negativo según Cecchetti y Kharroubi surge de la preferencia de los bancos por invertir en el sector inmobiliario (donde existen garantías) antes que en empresas tecnológicas, donde la inversión es más difícil de evaluar. Los cálculos de los autores sugieren que un alto grado de financierización de la economía (incluso muy inferior al nivel del RU en años recientes) puede ser un obstáculo al crecimiento.

Otros estudios sugieren que los efectos negativos comienzan a sentirse cuando el crédito al sector privado supera el 80‑100% del PIB. Durante la crisis financiera, en el RU ese ratio rondaba el 180%, y ya llevaba algún tiempo muy por encima del 100%. Y otros autores sostienen que un sector financiero voluminoso puede fortalecer el tipo de cambio y así restar competitividad a otras exportaciones.

La Universidad de Sheffield publicó hace poco una investigación más controvertida que va más lejos e intenta estimar el costo económico para el RU de haberse especializado en altas finanzas. Para el período que va de 1995 a 2015, los autores llegan a una cifra de 4,5 millardos de libras esterlinas (5,9 millardos de dólares), equivalente a dos años de PIB a valores de 2018.

Si el análisis es correcto, tendríamos que fletar trenes Eurostar para mandar banqueros a París (bien cerrados, no sea que intenten saltar del tren antes de llegar al túnel del Canal). Trasladar Lombard Street al Boulevard Haussmann podría resultar un modo más eficaz de perjudicar a nuestros vecinos que todo lo que probamos los ingleses a lo largo de los siglos.

Pero ¿son cálculos suficientemente sólidos? Hay cierto dejo de credibilidad en el argumento de que en finanzas (lo mismo que en bienes de lujo) hay cosas buenas de las que es mejor tener menos que más. Pero el cálculo del presunto impacto sobre el crecimiento depende del supuesto de que si el sector financiero se va a otra parte, algunos de los profesionales despedidos tomarán puestos en otros sectores de la economía, en vez de irse siguiendo a los empleos financieros donde vayan. Nada garantiza que sea así, o que la pérdida de empleo en el sector financiero se compensará con crecimiento en otra parte. La actividad financiera no es la única causa del mal desempeño del sector fabril británico; también influyen una gestión deficiente y un mal clima de relación laboral.

Pero todo indica que el RU está a punto de embarcarse en un experimento real que pondrá a prueba estas teorías. A menos que en las negociaciones para el Brexit surja un avance sorpresivo que produzca un futuro régimen de libre comercio para servicios además de bienes, veremos con el tiempo un importante traslado de actividades financieras al continente y a Irlanda. Cuando suceda, si sucede, esperemos que los economistas del BPI (de los que todos se burlaban en Londres cuando estaba en la cima) tengan algo de razón.

Traducción: Esteban Flamini

Howard Davies es presidente del Royal Bank de Escocia.

Project Syndicate 1995–2018

 

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