La cruzada de Catalina Escobar por las madres colombianas

Luego de salvar a 4.200 niños durante más de una década, los esfuerzos de esta empresaria se han volcado en romper el ciclo de pobreza que produce el embarazo adolescente en Colombia. La empresaria y filántropa colombiana habló con El Espectador sobre los retos de mantener una fundación a flote y ser líder en el sector social.

Catalina Escobar durante su intervención en el Wobi de Medellín. Cortesía WOBI

A Catalina Escobar la conocen como "la madrina de Cartagena". La empresaria bogotana lleva diecisiete años transformando la vida de cientos de mujeres y niños de los barrios vulnerables de la Heróica a través de la Fundación Juanfe, que lleva el nombre de su hijo fallecido en el año 2001. 

Inicialmente, la Juanfe procuraba reducir la mortalidad infantil en la ciudad a través de proveer servicios de salud adecuados para mujeres embarazadas y sus recién nacidos. Hoy en día, luego de salvar a 4.200 bebés durante más de una década, los esfuerzos de Escobar y su fundación se han volcado en diseñar un modelo que brinda mayores oportunidades a las madres jóvenes con el fin de romper el ciclo de pobreza que produce el embarazo adolescente. 

Ahora la Juanfe contribuye a educar a cientos de madres jóvenes, les brinda asesoría psicosocial y las vincula al mundo laboral a través de su programa de acompañamiento, que desde hace dos meses comenzó a operar simultáneamente en las comunas de Medellín. 

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Escobar fue una de las conferencistas invitadas al Wobi 2018, evento enfocado en liderazgo que se llevó a cabo los días 5 y 6 de diciembre en la ciudad de Medellín. Estas fueron algunas de sus reflexiones sobre los retos de mantener una fundación a flote y ser líder en el sector social. 

¿Cuándo la empezaron a apoyar los grandes empresarios?

Cuando mostramos resultados. Tuvimos unas victorias muy tempranas y las comenzamos a medir. Ahí fue cuando agendé citas con los empresarios. La primera que tuve con uno de ellos fue después de tener una conversación con mi papá. Le dije, “quiero saber cuáles son los empresarios que te deben favores. Es que les voy a pedir el favorcito de regreso”.

El primero fue un gran amigo de él. Y cómo no iban a atender a la hija de Ramiro Escobar a la que se le acababa de morir un hijo. Me atendían con mucho cariño, pero yo siempre ponía el duelo de lado porque estaba muy enfocada (en la idea) y sabía que por ahí era. Cuando muestras un proyecto que tiene una estructura y en el que tienes unas victorias tempranas, el apoyo se hace evidente.

¿Eso fue de un momento a otro?

Fue de inmediato. Cuando empezamos con el programa para salvar vidas de niños, el plan Padrino de cuna, de un año al otro ya habíamos reducido la mortalidad perinatal del hospital en un 35%.

¿Qué le diría a quienes quieren sacar adelante una fundación propia?

Que busquen que su director ejecutivo sea un administrador, economista o ingeniero. Esta es una industria muy dura. Esto no es un producto que te genera ingresos. Y ya somos muchos en el sector, en Colombia hay 71.000 entidades sin ánimo de lucro, de las cuales la mayoría son de delincuencia. Ahí es donde roban la contratación pública de la alimentación escolar. Es una locura.

Hay muchas fundaciones que también son buenas, pero que no saben medir su impacto y están condenadas a acabarse. Tú debes tener la capacidad de hacer un “pitch” de ascensor, un discurso en 3 minutos o en hora y media, como en el Wobi. Tienes que saberte las cifras de memoria, conocer y medir el problema, saber cómo impactar el problema y tener más o menos una visión de los resultados.

El empresario ya no come cuento. Hace 20 años giraba cheques para el hospital en donde nació su mamá. Hoy en día las empresas ya tienen muy definido su rol de impacto social y cómo quieren invertir sus recursos. Necesitan operadores como nosotros, que por cada peso obtengan el mayor impacto social. Ese es el secreto. Pero para lograr eso, las fundaciones tienen que tener un equipo formado, unas estrategias y no se puede improvisar tanto.

¿Por qué llegó este proyecto a Medellín y no a otra ciudad?

Porque el alcalde (Federico Gutiérrez) entendió el problema, fue hasta Cartagena y cuando le monetizamos el problema (de cuánto costaba un embarazo adolescente para la ciudad) se agarró la cabeza. Él se la jugó y hoy llevamos dos meses operando en Medellín con el proyecto de prevención de embarazo adolescente.

Desde su fundación ha intentado transformar toda una cadena de pobreza, desde prevenir el embarazo adolescente hasta proveer un servicio de salud adecuado para los recién nacidos. ¿Qué falta por impactar?

La estrategia nuestra es muy clara: foco. Yo no me dedico a varios problemas sino a uno. Si atacas el embarazo adolescente, los demás disminuyen. Vamos a hacer un experimento en el que entraremos a cinco cárceles del país y les vamos a preguntar a los presos a qué edad sus mamás tuvieron el primer hijo. Te aseguro que te van a decir que fue en la adolescencia. Son embarazos no deseados, no hay educación y el Estado no alcanza a llegar ahí. Esos son los futuros delincuentes. Sí se pudiera controlar desde una política pública, ese sería el verdadero impacto.

¿Cómo se puede tener un impacto desde las acciones cotidianas?

Siempre saluden con cariño a los porteros, a los aseadores, les hacen el día. Estamos pasando por encima de las personas, las estamos haciendo invisibles. También diría que tenemos que se conscientes de que hay que bajarle el volumen a la violencia, no gritarle a otros conductores cuando vamos en carro. El cambio del país está en las acciones pequeñas de su gente buena.

¿Por qué cree que es tan importante no comprometer la ética?

Porque yo no pongo en riesgo mi reputación. Mi nombre vale mucho y me lo he construido a pulso. Además tengo hijos y no quiero que me señalen diciendo que soy una tramposa o que me robé plata. El resultado de la trampa y la corrupción es la pobreza. Y cuando tú ves el dolor de las personas y la miseria humana, haces un compromiso contigo misma de que nunca lo vas a hacer.

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