Así lo recuerda Luis Guillermo Echeverri, su hijo

Nota a mi padre, Fabio Echeverri

"Quiero que sepas que como hijo no puedo estar más orgulloso del padre que me dio la vida y del ejemplo recibido".

Fabio Echeverri vivía en la hacienda Caballo Bayo, en Puente Piedra, Madrid, Cundinamarca./ Archivo

Viviré para honrar los principios y valores que me inculcaste. Quiero que sepas que lo más preciado que recibí como herencia son tus enseñanzas, tu legado infinito de entereza y valentía, tu sentido de la ética de trabajo y de la obligación social y personal de cumplir con el deber y generar oportunidades. Me queda tu lealtad y corrección en el obrar y la nobleza en la amistad y el combate.

Me dejas lleno de amor por los caballos y todo lo que a ese sentimiento va atado. Me enseñaste su lenguaje, a criarlos, entenderlos, domarlos y cuidarlos. De ti aprendí mi mayor pasión en esta vida: el rejoneo y el polo, por todo lo que un hombre puede hacer de a caballo. Por ti me interesé en el ganado bravo y aprendí a con nobleza. De los primeros regalos que me diste, recuerdo unas pequeñas alforjas como las tuyas. No alcanzaba los cinco años cuando empezamos a recorrer caminos juntos.

A tu lado aprendí a conocer la fuerza de la naturaleza y la importancia de los nacimientos, pues en ellos entendemos que la vida va atada a la muerte. Aprendí de tierras, del debido respeto y la forma de tratar con igualdad y ser agradecido con los demás. Me enseñaste el valor de respetar los principios que distinguen a las gentes de bien de los malandros que viven atrapados entre envidias y resentimientos. En su entero vivir, aprendí que un hombre de campo lleva en sus alforjas sólo lo necesario y no más de lo necesario.

Me enseñaste que para lograr el equilibrio que demanda la verdad, las cargas deben estar repartidas. En cada alforja, en cada mano, en la romana y en el justo obrar que nos distinga. Me enseñaste que un hombre libre debe hacer valer sus principios y hacer respetar a los indefensos. Que les debemos a los demás humanos y animales el mismo trato digno y respetuoso que queramos recibir. Que, sin importar el valor de lo que tenga un hombre en los bolsillos, la única forma de poder volver a llenarlos es vaciarlos en favor de las necesidades de nuestros amigos.

Me enseñaste que un hombre no debe ambicionar nada que supere el valor de lo que lleva en sus alforjas y en su corazón. A nunca hacerle mal a nadie y a no permitir que nadie haga daño a un justo, pues los guerreros vinimos al mundo a luchar con nobleza por quienes dependan de nosotros. Que la nobleza y la clase en las personas existen en todas las profesiones y que nada significa de cuánto se presuma, se tenga o se diga, lo que pesa son los hechos y las acciones. La verdadera nobleza no es la que se hereda sino la que se trabaja y conquista a golpe de honestidad y respeto.

Me enseñaste que ser inteligente depende de ser capaz de aprender de los errores. Que nunca nadie se condena a sí mismo con la verdad. Que la determinación y la persistencia son la fuerza y la palanca con las cuales un hombre puede mover al mundo. Que lo que se diga sin uso de razón destruye virtudes y te hace miserable. Tu ejemplo siempre me hizo admirarte como el hombre más valiente entre todos los héroes que he conocido y con los cuales he compartido lidias y miedos.

Me enseñaste que hay que tener amigos mayores, pues en su experiencia y sus recuerdos habita la sabiduría. Que hay que saber ser amigo de nuestros compañeros y competidores y mirar con admiración las virtudes de los jóvenes. Gracias, papá, pues me diste la disciplina de la laboriosidad. Viaja tranquilo a un lugar donde no tengas que batallar con tus preocupaciones, donde galopes con tus ancestros y tus amigos de a caballo, con tus compañeros de polo y de luchas por esta patria colombiana.

Viaja tranquilo que en tus enseñanzas encontraré fuerza para dejar de lado las tristezas y temores. Que lo que dejas trascenderá en nosotros. Viaja tranquilo en busca de tu padre, mi tocayo que tantos años añoraste y a quien supiste honrar a tu manera. Abrázate a mi abuela Lucía, de quien heredaste su manera de ser. Diviértete con la elocuencia de María y la solidez pródiga de Rebeca, tus abuelas, y dale cuentas de tu corrección en este mundo a don Maximiliano. Disfruta con los amigos que partieron delante.

Viaja tranquilo porque llevas el único tesoro que trasciende esta vida: el ejemplo que queda en los corazones de quienes amaste. Yo cuidaré de tu legado, de tus yeguas, tu caballo Bayo, tus vacas, tu montura, tus arreos, tus espuelas, tus perros, tus armas, tus amistades. Desde que partiste, cada despertar llegan mensajes de miles de personas haciendo referencia a tus consejos, ayudas, regaños o regalos. Pasan las horas y encuentro que el mejor homenaje es honrar ese ejemplo recibido y el compromiso que nos lleva a devolverle en vida a la vida todo lo que generosamente nos ha dado”.