De tener una panela en la nevera a hacer ventas millonarias

Olga Bocarejo: desde Boyacá, un banco que alimenta

Olga Bocarejo es autodidacta y dirige una empresa en las zonas rurales de este departamento que entrega comida a cambio de residuos sólidos.

/ Mauricio Alvarado - El Espectador

Olga Bocarejo habla sobre ella misma en tercera persona. Como si el personaje principal de la historia no tuviera que ver con ella, sino con una amiga o una hermana admirada: “Bancalimentos es una innovación social, base pirámide, que fue creada por una familia rural de bajos recursos que en busca de oportunidades se dio a la tarea de identificar falencias”. La entonación pausada y discursiva como la de un emprendedor sabelotodo la ha adquirido por la autoridad que los fracasos y éxitos tácitos que el camino del emprendimiento le ha enseñado: “Cuando dices que quieres crear un seguro nutricional dicen: esta vieja está loca. Cuando le cuento esta idea a un gerente de banco, él me dice: ¿Olga, no cree que lo que usted está diciendo está fuera de contexto? Eso es irrazonable, entonces digo que para cambiar el mundo se necesita cierto grado de locura”. (Lea "Un exitoso modelo para reducir la pobreza en Colombia")

A 67 kilómetros de Tunja está Zetaquira, Boyacá, un municipio de casi 5.000 habitantes, volcados, casi todos, a la vida del campo. El sector rural del municipio, disperso y a la intemperie, sin vías e infraestructura fueron las circunstancias que impulsaron a Olga a armar su empresa. El desabastecimiento, los sobrecostos de alimentos y basureros de ceniza le dieron la idea: “Soy muy analítica y pensaba, claro, si esta señora está echando en el fogón esta bolsa plástica, este tarro de límpido y que sale un humo negro, no sólo ella sino todos los habitantes de la casa empiezan a enfermarse, entonces, ¿cómo hacer para que ellos perciban de una forma diferente estos residuos? Además, quería solucionar el problema del sector rural de falta de oferta de alimentos. Allí, si tú tienes con qué comprar no hay dónde, porque allí no vas a encontrar garbanzos, lentejas o azúcar”.

De 38 años, boyacense, estudios hasta el octavo grado, divorciada de un hombre indeseable, ahora casada con uno soñado, con hijos -muchos, aunque prefiere no dar un número-, con una empresa al hombro y otras que fracasaron en el intento, Olga Bocarejo, que no le bastó con ocuparse en sobrevivir, dice que, en 2015, cuando sólo tenía una panela y un tomate en la nevera montó un banco que a cambio de residuos sólidos entrega alimentos.

Entre 2015 y 2016 Olga llegó a poner 12 sedes en cabeza de 22 mujeres rurales que atendían a casi 2.800 afiliados. A excepción de su marido, no hubo hombres ni los hay. “De pronto no soy feminista, pero en el campo se quedan más que todo mujeres y también son más responsables. Y, además, es la primera vez que reciben un salario mínimo. Incluso los hombres se enojan por eso, porque, ¿cómo así que le dan el trabajo a ella si yo soy el hombre de la casa? Además, tengo una filosofía: cuando tú ayudas a una mujer, son los niños los que se benefician. En cambio, cuando ayudas a un hombre, el primer beneficiado es Bavaria”.

A Bancalimentos se llevan residuos sólidos, y por el peso se saca cierta cantidad de alimentos. Con el tiempo, esta idea evolucionó en un seguro nutricional desarrollado de la mano de Paralife, una multinacional sueca. Por $1.500 mensuales o $18.000 anuales representados en residuos sólidos o en dinero, los afiliados podían adquirir un monto de dinero por día para gastos de hospitalización, enfermedad o incapacidades.

A Paralife llegó porque los bombardeó con correos que escribió a punta del inglés que Google y videos de Youtube le enseñaron para decir las palabras precisas de los emprendedores. “Tenía que poder decir… I am rural woman, social innovation, o recycling, y aprendía y sabía que se podía, entonces todo el día ensayé”.

Cuando Olga se casó con Carlos Julio Hernández, su segundo esposo, su partner -como también le llama- le dijo que lo iba a hacer muy rico: “Él lo tomó por otro lado, pero ahorita ya se está dando cuenta de qué le estaba diciendo. Porque tenía tantas ideas de negocio, que sabía que iban a ayudar a alguien, pero que también podíamos mejorar nuestra calidad de vida”.

Entre 2015 y 2016 a Olga la asaltó una racha de premios y reconocimientos: ganó, en dos años, el premio Ventures 2015 a mejor iniciativa contra la pobreza; premio Yunus Social Business; mejor emprendimiento social 2016 de The Boston Consulting Group 2016, y según Latinoamérica Verde quedó en el puesto 13 en el ranquin de las 500 empresas más sostenibles. Pero entretanto sobrevino un hilo de rechazo social que le costó unos meses de exilio junto con sus hijos, y que hoy, después de dos años, la instó a trasladar la empresa a Ramiriquí, Boyacá, en siete sedes que funcionarán como franquicias. “Cuando inicié Bancalimentos no tenía dónde vivir. Pasas de no tener nada a vender $18 millones diarios en mercancía. Entonces la gente piensa: esta en algo se metió”, cuenta Olga.

Pero antes de todo eso hubo varios fracasos y uno que otro libro de economía que la trajo a este punto. Tuvo una fundación que duró poco, luego otra que duro más, después una asociación empresarial de mujeres criadoras de pollo y “una empresa de tecnología que era como con computadores, cabinas y accesorios, que para esa época no era tan común”. Dice que los libros llegaron a los 18 años por puro espíritu autodidacta, porque era imposible estudiar. Eran libros de economía, finanzas y marketing, casi nunca compró alguno, casi todos los tomó prestados, los robó o los recibió como regalo.

 

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