Por: José Manuel Restrepo

Otra vez reforma tributaria

Parece ya parte de nuestra historia el tener que soportar con bastante frecuencia, y por lo menos una vez en cada gobierno, una nueva reforma tributaria. Se repite, así el candidato correspondiente haya prometido una y otra vez que durante su gobierno no existirá ajuste tributario, situación que en la última campaña por lo menos no sucedió, ante el anuncio de ambos candidatos de inevitablemente tener que hacerlo fiscalmente.

Lo simpático de las propuestas es que la reforma tributaria siempre se vuelve inevitable a muy corto plazo por distintas razones, lo que comprobaría que la anterior reforma estuvo mal diseñada. Parte de la política de estabilidad macroeconómica y de confianza y seguridad a los inversionistas es contar con un sistema tributario relativamente estable y coherente. Este anhelo de estabilidad tiene varias excepciones en el caso colombiano y naturalmente incide en oportunidades de inversión que se pierden para el país.

Por lo visto no es suficiente el destacado resultado macro, un crecimiento del 6,4% en el primer trimestre o las estimaciones de un 5% o más para este 2014, que se supone son fuente de mayores ingresos fiscales. De hecho, parte del fracaso en las reformas tributarias anteriores es que los impuestos que creíamos eran coyunturales, como el 4 por mil o el del patrimonio, ya son estructurales y ahora nos dicen que su desmonte necesita una reforma que los compense. Pregunto nuevamente, ¿acaso no eran coyunturales?

Sin duda el país necesita recursos nuevos para una mejor educación, para los sistemas de salud, para las viviendas gratis, para permitirnos mejor infraestructura, para enfrentar los acuerdos que surjan del proceso de paz, para tanto compromiso de campaña y en general para reducir los niveles de pobreza e inequidad de oportunidades. Lo que no puede ser es que dichos recursos vengan exclusivamente de la misma población de siempre, llámense aquellos que se someten persistente y rigurosamente a ser gravados o aquellos a quienes es más fácil gravarlos (clase media trabajadora).

El país necesita revisar si es conveniente sostener el privilegio que tienen las rentas de capital (impuesto a los dividendos), o estudiar cómo elevar los valores catastrales o tarifas impositivas en propiedades de activos rurales (tierras y ganado) y urbanos, que supondrían fuentes adicionales de recursos. Es también necesario hacer un esfuerzo mucho más profundo en evitar la evasión y la elusión, como se hizo con el IMAN en el impuesto de renta. Y finalmente es indispensable controlar el contrabando que nos está desbordando. Dicen algunos otros que se hace indispensable un control en los impuestos regionales y en los abusos en contratación en municipios y departamentos, en donde se percibe cierto derroche e ineficiencia en el gasto público, con la mirada hacia otro lado de los organismos de control.

Lo que no nos puede pasar es lo que denunció el director de la DIAN a su salida, cuando afirmó que la evasión en el IVA es del 40% y en renta del 50%, lo que representa unos $50 billones, que es casi cuatro veces la reforma tributaria que necesita el país (que no supera los $14 billones, según Fedesarrollo). Si allí está entonces la fuente de recursos, se necesitan muchos más Juan Ricardos Ortegas que valientemente sean capaces de enfrentar este cáncer de la evasión y elusión, así como la corrupción dentro del Estado y el contrabando. En términos de eficacia, si sólo hacemos una cuarta parte del esfuerzo, no tendríamos necesidad de seguir gravando a los mismos y ahorcando a los pocos que cuidadosamente cumplen con sus obligaciones tributarias.

Bienvenida una reforma tributaria, pero necesitamos que sea mucho más creativa fiscalmente hablando, y que aparezcan esfuerzos más evidentes por controlar la evasión de IVA y renta, y por gravar a quienes suelen pasarse por la faja el sistema tributario. Y por favor, que dure por lo menos dos períodos presidenciales.


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