La crisis económica por el COVID-19

Sufrir por cuotas

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Fieles a una tradición gradualista, las autoridades colombianas han empezado bien el camino de aliviar los impactos económicos que trae la pandemia, pero de forma tímida, lo que puede ser trágicamente insuficiente.

Se puede decir que el siglo XXI empieza en 2020. De ser así, somos partícipes de un parto con problemas. Tres eventos pavorosos nos atacan: la pandemia, el aislamiento social y la depresión económica. Se dice que los países que entraron fuertes a la crisis de COVID-19 pueden salir más fuertes, y aquellos que entraron con una posición económica débil podrían salir aún más débiles. Lo crítico será la cantidad y calidad de las acciones para superar la crisis.

Hay tres vías comunes en todas las estrategias nacionales: salvar el sistema de salud y evitar que el virus se salga de control; ayudar a familias que perdieron sus empleos y cuyos ingresos han sufrido, y salvar a las pequeñas, medianas y grandes empresas de la iliquidez y la insolvencia. El problema es que cada esquina de este triángulo se contrapone a las otras dos.

En efecto, salvar el sistema de atención médica parece requerir largas cuarentenas, lo cual complica el trabajo de millones de personas y fuerza a hibernar a hogares y empresas. Ayudar a las familias y las empresas implicaría volver a trabajar antes de lo que demanda la epidemia, deteriorando así la situación de la atención médica. Ayudar a las empresas implica, entre otros, reducir los costos de nómina, lo que deteriora la situación de los hogares. Finalmente, el altísimo costo fiscal aumentará los impuestos, lo que reduce el valor de los ingresos de familias y empresas.

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Hace 250 años, Adam Smith dijo que, dadas ciertas circunstancias, al actuar en su propio interés cada capitalista es “guiado por una mano invisible para promover un fin que no era parte de sus intenciones”. Esto es, ayudar a la sociedad a alcanzar el más alto nivel de riqueza y prosperidad. En las circunstancias actuales, cada capitalista apenas puede sobrevivir, con lo cual la mano invisible está entumecida.

Todo dependerá de la fuerza y decisión con la que los gobiernos respondan ante la crisis. Keynes puede tener razón cada 80 años, pero cuando tiene razón, la tiene. Debemos tragarnos la píldora azul y aceptar vivir por un tiempo en la realidad alternativa y keynesiana.

La ironía del keynesianismo es que es un analgésico tan potente, que solamente debe ser administrado por un anestesiólogo no keynesiano (ministro de Hacienda). Pues debe retirar el sedante tan pronto el paciente deje de sentir dolor. De lo contrario se puede hacer adicto a los opioides (Argentina, por ejemplo).

La esencia de la solución keynesiana a una crisis: una deuda en pesos, ojalá del Emisor. Esta cuesta menos, puede ser ilimitada y realmente solo se pagan los intereses, con la cual se contrate, pague y transfiera dineros, de tal forma que las empresas y sus empleados puedan trabajar hoy y todos paguemos después.

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Un punto clave de esta idea keynesiana es que para que los soldados (capitalistas) estén listos para la guerra (mantener sus empresas vivas) ayuda que tengan confianza para salir a pelear (producir y vender). Keynes cree poder salvar el capitalismo no solo por el tamaño del gasto público, sino por los efectos sobre las expectativas.

La deuda distribuye el sufrimiento en módicas cuotas futuras. En ausencia de deuda, todo el sufrimiento biológico, económico y moral impuesto por el COVID-19, así como por la caída del precio del petróleo se sentirá en 2020 y 2021, al punto de volverse insoportable.

Fieles a una centenaria tradición gradualista, las autoridades colombianas han iniciado bien ese camino, pero de forma tímida, lo cual puede ser trágicamente insuficiente. Entendemos el dilema económico de no descalabrar fiscalmente al Estado, enfrentado a millones de familias sin con qué comer y empresas entre la iliquidez y la insolvencia.

Soy partidario de apoyos masivos a familias y empresas. Ni unas ni otras tienen los elementos para preverlas, como en el caso de COVID-19; tampoco tienen las herramientas para superarlas, pues los bancos se amedrentan y optan por enconcharse.

Acontece entonces una destrucción masiva y excesiva de valor. Aun cuando son transitorias, tienen efectos permanentes si las autoridades no actúan con presteza. Las autoridades en Colombia han reaccionado rápido; aún pueden hacer más en cantidad y en que las ayudas efectivamente lleguen.

Un principio esencial para el manejo de una crisis es que ex-ante no se conoce la profundidad de los problemas ni qué soluciones funcionan. Por eso hay que desplegar toda la munición, ensayar lo más rápido posible todas las ideas sensatas. En el camino se revelará lo que es eficaz y se refinarán las respuestas.

Algunos han argumentado que frente a la epidemia se necesitan medidas más fuertes de control social, y citan a países inspirados por el confucianismo asiático como superiores a aquellos inspirados en la ilustración occidental. Los primeros han usado control burocrático total, basado en cámaras, sensores de calor e inteligencia artificial sobre dónde estamos y con quién hablamos. Una mezcla perversa de Keynes + Mao.

No obstante, una vez pase la epidemia, quedaríamos a merced de Thanos, el malo de Avengers End Game, que destruyó uno tras otro a casi todos los superhéroes. Es decir, de unos comunistas o estatistas que aniquilan lo mejor de la vida. Mejor el liberalismo serio, aunque vulnerable, que el estatismo eficaz. Probablemente Alemania es el país de mostrar en nuestro equipo. Esperemos que Colombia sea el de mostrar en nuestro continente.

*Economista y exministro de Hacienda.

 

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