Educación

7 May 2021 - 2:00 a. m.

“La reacción del Gobierno no puede ser insultar a sus ciudadanos”: José Manuel Sabucedo

El profesor José Manuel Sabucedo, psicólogo social, ha dedicado gran parte de su investigación a estudiar las protestas. Explica el rol de las emociones y la importancia de respuestas inteligentes por parte de los gobiernos.

María Mónica Monsalve S. / @mariamonic91

Los movimientos sociales, como las protestas, no solo moldean la política e historia de un país. Como lo ha demostrado el paro nacional, las protestas inciden en la economía, cambian las dinámicas de las redes sociales y llegan, incluso, a afectar el estado de ánimo de las personas. Durante esta última semana en Colombia las emociones han estado agitadas no solo en las calles, sino en las discusiones entre amigos y en las conversaciones familiares.

Entender las protestas y estudiarlas no es una tarea simple. Implica entendernos a nosotros, como individuos, así como rastrear las motivaciones que hacen que nos organicemos para demostrar inconformismo. También involucra comprender si las respuestas de los gobiernos son inteligentes, tomarle el pulso a la polarización y describir bajo qué circunstancias se valida la violencia o no. El español José Manuel Sabucedo, catedrático de psicología social de la Universidad de Santiago de Compostela y coordinador del grupo de investigación Comportamiento Social y Psicometría Aplicada, ha dedicado gran parte de su investigación a comprender las protestas. Aunque sobre Colombia ha publicado artículos sobre las dimensiones socioemocionales de la reconciliación y las estrategias de deslegitimación del adversario de las ex-Farc y las Auc, junto con su grupo de investigación del que forman parte la colombiana Mónica Alzate, Cristina Gómez-Román y Marcos Dono, también se han enfocado en conocer las dinámicas de las protestas. (Le puede interesar: Gobierno dice estar dispuesto a encontrarse con líderes del paro antes de la fecha prevista)

¿Cómo lee lo que está sucediendo con el paro nacional?

Cuando en cualquier sociedad hay una crisis, hay riesgo de un potencial conflicto. En este momento, en todo el mundo, se está viviendo una crisis importante, que es la del COVID-19, que no es solo una cuestión sanitaria, sino económica y política. El coronavirus exige tomar medidas por parte del Gobierno para intentar palear el daño y sufrimiento de las personas. Hay mucha incertidumbre, y eso implica que las personas quieran seguridad. Las personas en este momento están esperando que sus gobiernos y representantes políticos les sean sinceros, digan la verdad, pero lo que estamos viendo es una desazón muy grande entre los ciudadanos frente a la clase política. En algunos casos porque no siempre nos han contado la verdad y otros porque se utilizó la crisis para limitar derechos individuales y sociales. En el caso de Colombia, además, hay un proceso de paz que ha acentuado la división de la sociedad.

¿Y por qué las personas se movilizan?

Lo que hemos encontrado es que cuando la ciudadanía tiene una percepción de que sus expectativas no van a ser cumplidas, lo que llamamos en psicología social la “privación relativa”, la gente se moviliza. Es la diferencia entre mis expectativas de vida y lo que se me está ofreciendo. Cuando se da este escenario se busca un responsable y , si encuentro que el gobierno tiene parte de esa responsabilidad, me enfado contra él. Los gobiernos tienen que entender que es una reacción normal por parte de la ciudadanía cuando se ven de la noche a la mañana en una sensación de incertidumbre y con temor. Por eso es muy importante que los gobiernos y las autoridades muestren siempre empatía con la población: que si la población sale a la calle, protesta, la gran mayoría no lo hace por molestar, sino por expresar que está enfadada. La reacción nunca puede ser faltarles al respeto a los ciudadanos e insultarlos, porque están ejerciendo un derecho democrático. Esto implica que la respuesta de las fuerzas de seguridad sean proporcionadas, a mí no me cabe en la cabeza hablar de fuerzas militares para palear la transgresión en una sociedad democrática. Me parece un error político muy grave el recurrir a los militares. (Le sugerimos: ¿Cómo vivir en paz? Los neurocientíficos tienen un plan)

¿Qué pasa cuando se le suman las fuerzas militares a una protesta?

Cuando uno ve a un militar en la calle evoca un estado casi de guerra y, por lo tanto, activas un sentimiento agresivo. Desde el punto de vista político, lo que se debería querer es empatizar con la población, llegar a acuerdos, y lo peor que puede hacer es militarizar. La gente protesta. ¡Claro que protesta! Tiene el derecho de hacerlo cuando algo no le gusta. Pero un gobierno debe tener la empatía suficiente para gestionar eso. En vez de provocar o incrementar el enfrentamiento, debe decir: paremos esto. Hablemos. Preguntarse qué está haciendo mal. Si queremos convivencia esas es la única estrategia que existe para generar un sentimiento inclusivo, de que este país nos pertenece a todos y, por lo tanto, debemos actuar de forma conjunta.

Uno de sus artículos más llamativos se titula “Ira y emociones positivas en la protesta política”. ¿Cuál es el rol de las emociones?

Es un rol fundamental no solo en las manifestaciones, sino en cualquier comportamiento humano. La idea de que las creencias iban por una parte y las emociones por otra ya no va más. Forman parte de una misma realidad. Así que si percibo que la situación que estoy viviendo es injusta y al mismo tiempo creo que el responsable es el gobierno, hago lo que se llama un proceso de “atribución de responsabilidades”. Entonces si encuentro que el causante de mis males es el gobierno (la creencia), junto a eso viene una emoción, el enfado o la ira. Eso es el elemento motivacional. Pero para que la gente salga a la calle junto a la ira es necesaria otra emoción: el optimismo, que es el correlato de la creencia de que si salimos a la calle, si muchos nos movilizamos, seremos capaces de cambiar las cosas. A ese sentimiento se le llama el sentimiento de eficacia política. Es pensar que voy a ser capaz de cambiar las cosas. Estas dos emociones, hemos visto en nuestro trabajo, están presentes en cualquier movilización.

¿Y que sean actos colectivos altera esas emociones? No es lo mismo caminar solo en la calle que junto a más personas que van gritando y exigiendo…

Claro, una de las características más importantes para que una movilización se produzca es que hay un sentimiento de “nosotros”. Se activa lo que llamamos el proceso de “categorización”: se identifica quiénes son las víctimas de algo o alguien. Cuando identifico que otros tienen los mismos problemas, lo que hago es construir un diagnóstico compartido de la realidad. Estamos juntos porque hay alguien que está actuando de forma negativa hacia nosotros. Se genera un nosotros y un ellos. Esta acción colectiva incrementa las emociones. La ira porque, si coincidimos en que el gobierno es el responsable, se afirman nuestras creencias y con ello la emoción de ira. Pero también el optimismo. Si veo a otras personas en la calle hago un cálculo, incluso racional, que cuantos más seamos los que estamos en las calles más posibilidades existen de que logremos el objetivo. Se crea, además, una tercera sensación importante: la estimación de sentirse parte de un grupo, una característica que es muy importante para nuestra especie. Somos fundamentalmente sociales porque somos conscientes de que el grupo satisface nuestras demandas. Si estoy pasando por un mal momento los demás pueden compartir mi punto de vista, ayudar o, incluso, entrar en una de las características evolutivas de nuestra especie: la cooperación.

En Colombia se repite un formato: hay un llamado a que las protestas sean pacíficas, pero siempre detonan en violencia. ¿Cómo explicarlo?

Estamos hablando de un conflicto entre un gobierno y parte de la ciudadanía, entonces cada una de las partes va a aprovechar al máximo sus fortalezas y las debilidades del contrario. Lo mejor que puede ocurrir para un gobierno es que las manifestaciones sean violentas. Así él va a rechazar la violencia contra el inmobiliario, el comercio e, incluso, la policía. Por más justas que puedan ser las protestas, una de las formas para deslegitimarlas es referirse a cómo actúan los manifestantes o a quiénes son los manifestantes. En estos espacios se da un fenómeno que llamamos “psicologización”, que es, básicamente, cuestionar la fuente o a los responsables del movimiento cuando nos sentimos amenazados porque cuestionan el status quo. Paso con las feministas, por ejemplo. Como ellas planteaban ideas que desafiaban el status quo, en vez de analizar si lo que planteaban las feministas era correcto o no, se las deslegitimaba, sin siquiera ver o analizar las causas. Hay muchos gobiernos que siguen haciéndolo: no se pronuncian sobre las causas que mueven la protesta y lo que quieren resaltar es que los que están en las protestas son delincuentes, terroristas, asesinos.

¿Y es una estrategia efectiva?

No. Sigue un principio de la comunicación y es que la parte más importante del proceso comunicativo es la credibilidad de la fuente. Si eres capaz de desacreditar el adversario, ya no hace falta que desactives el mensaje. Por eso es importante que la gente que recurre a este tipo de actos durante las manifestaciones le baje a la violencia. Pero es igual de importante que desde el gobierno digan, ‘vale, la gente marcha con un fundamento, una razón’, y que no generalicen nunca al conjunto del movimiento.

¿Qué explica que esos actos de violencia se terminen activando?

Varias razones. La primera es que hay personas y grupos que piensan que la violencia es instrumental, que si recurren a la violencia va a ser más sencillo que el gobierno ceda. Ocurre mucho con grupos terroristas o de violencia extrema que piensan que por esa vía es más fácil conseguir las cosas. Lo que pasa es que la historia nos dice que eso no es cierto. El terrorismo, por ejemplo, nunca ha ganado, pero sí genera muchas víctimas y enfrentamientos. Además, la opinión pública estará hablando de la violencia que produce y no de la causa. También está la violencia reactiva. Grupos de personas que quieren actuar pacíficamente, pero si ven que un policía u otra persona los golpea de forma injusta, se siente minusvalorado, y reacciona. Por eso hay un tema fundamental: que la ciudadanía se sienta reconocida como ciudadano de primera, con el derecho a protestar. Si la fuerza se usa desproporcionadamente y no se reconocen los derechos humanos, se puede producir violencia como reacción a un trato injusto. Eso es muy difícil de aguanta o soportar.

También hay otra tendencia: la de validar la violencia cuando la usan aquellos con los que estoy de acuerdo, pero condenarla cuando la usan con los que estoy en desacuerdo. ¿Por qué nos sucede esto?

Es muy claro. En un estado democrático hay un cuerpo de personas que son los únicos con legitimidad para ejercer la violencia: las fuerzas de seguridad. Ellos tienen ese papel. Pero, claro, debe ser legal y legítima. Y para que cumpla esos dos criterios necesita ser proporcional y evitar un daño mayor. Si alguien incumple una norma de tráfico, no le puedo disparar. Así que cuando no se cumple esa proporcionalidad, es normal que no validemos esa violencia. Por otra parte, hay grupos tanto de extrema derecha como de extrema izquierda que, a mi modo de ver, tienen un gran problema: el de la polarización.

¿Cómo la polarización valida la violencia?

En la sociedad se han dado muchos procesos de polarización y extremismos políticos y son personas que recurren al uso de cualquier medio para conseguir sus objetivos. Nosotros venimos desarrollando el estudio de lo que se llama el “monopolio de la verdad”. El mundo es muy complejo y eso implica que una misma situación puede ser interpretada de manera distinta por dos personas. La mayor parte de ciudadanos somos conscientes de que hay diversas formas de entender la realidad y, por lo tanto, comprendemos que yo tengo mis creencias y que hay personas que piensan de manera distinta. Pero hay personas que están seguras de que sus creencias son las únicas verdades, y eso es lo que hemos medido con la escala que llamamos el monopolio de la verdad. Ahora, no solo es que estas personas estén seguras de que sus creencias son las únicas verdaderas, sino que como asumen que han sido buenas para ellas, deben imponérselas a los demás. Aquí es cuando aparecen los salvadores y es lo perverso del procedimiento. Como yo creo que esto es cierto y como es bueno para mí, entonces también es bueno para ti, y me siento moralmente obligado a imponértelo. Y eso es tratarnos como niños, como gente poco adulta, y eso es el mesianismo. (Le puede interesar: Esta es la propuesta de rectores universitarios para impulsar un diálogo nacional)

Otros de sus artículos hablan de las redes como espacios de manifestación. ¿Qué han encontrado estas investigaciones?

Evidentemente tienen ventajas, una de estas es que permiten conocer qué sucede en cualquier lugar del mundo al instante. Eso es importante, sobre todo desde la perspectiva de la gente que tiene poco poder. Antes si no tenías acceso a un gran medio de comunicación, tu problema no existía, pero no porque no lo sufrieses, sino porque si no se hacía visible, nadie lo conocía. Pero con las redes veo un problema, y es la base de la radicalización. Las redes sociales potencian los grupos de burbujas de personas, donde solo se interactúa y se refuerzan las posiciones con los mismos grupos que, además, piensan parecido a mí. Las consecuencias son que esto fomenta lo que se llama el sesgo de confirmación. Es decir, la gente se somete solo a aquello en lo que cree para afirmar su punto de vista. Lo segundo es que si tú como individuo entras por las redes a un grupo que es extremo frente a algo, buscarás ser más extremo para ganar reconocimiento. Es lo que tienen las redes sociales.

Es decir, ¿las redes nos ponen en riesgo de afirmar que tenemos el monopolio de la verdad?

Sí, es un riesgo importante. Y hay que entender algo. Un demócrata no es el que se queja de que está siendo atacado, sino aquel que defiende al adversario que está siendo atacado. Ese es el salto: la empatía con el otro. Es que es muy fácil defender a los tuyos, entonces se trata de defender a los que no son como uno. Eso es lo que falta en la cultura cívica en nuestras sociedades. “Yo no pienso como tú, pero, oye, que nadie te ataque porque piensas diferente”.

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