Hecho a mano

Efraín Gómez es el dueño de Poder Fotográfico, un local en el que solamente se trabaja con fotografía análoga. Postales de otro mundo.

Los tiempos cambian. Una obviedad que se manifiesta en cinco intentos de cierre del local y recortes: de personal, de ganancias... Una sola palabra para decir que lo que antes era un negocio próspero es hoy más un lugar de peregrinaje que una industria.

Efraín Gómez ha cultivado devotos. Creyentes en el evangelio del papel, una doctrina hoy casi extinta, incluso pagana. En su taller, todo se hace a mano porque tiene que quedar bien, perfecto.

Gómez aprendió el oficio de la fotografía hace más de 30 años, cuando el revelado químico de fotos era la punta de lanza de una industria que llegó al país agarrada de la mano de inmigrantes suizos y alemanes.

Lo suyo no es un camino lleno de revelaciones y milagros, sino la paciente adquisición de habilidades y el lento enamoramiento con la técnica, el momento de pura epifanía en el que la luz crea la imagen en el aislamiento de la paciencia, el ensayo y el error.

“Este es el oficio más bello del mundo”. En una tarde lo repite unas cuantas veces. Es Leitmotiv, mantra del hombre que amasa la gubia, el hilo y la aguja, el rollo y la cámara. Artesano, una categoría hecha literalmente con las manos.

El local alberga anaqueles con papeles, rollos de película, cámaras análogas. Un sitio sin letrero, aunque bautizado, eso sí: Poder Fotográfico. Un nombre para proteger el sueño. Hace 25 años se instaló en un taller en el centro que vive del nombre, una marca reconocida que se sostiene sin mercadeo y publicidad. No hay colores. No hay adornos. Un hombre con una bata que dice “Laboratorista”. Ética de trabajo.

Su diatriba es contra lo inmediato y lo mediocre. “Todo lo quieren ya. Acá trabajamos lento, pero bien”. Este es un oficio en el extremo del trabajo y el hombre detrás del mostrador puede pasar por extremista. Las fotos que le tomen que mejor sean en película. La caja registradora no tiene pantalla. Postales de un mundo que iba más lento.

Hace 25 años abrió las puertas de un negocio en el que trabajaban 14 empleados que revelaban manualmente fotografías para ministerios del Gobierno, varios periódicos y revistas, fotógrafos independientes. Un taller para una actividad que pasó del papel al bit y el electrón.

Hoy quedan tres empleados, con Gómez incluido en la cuenta. El local sigue sin letreros, aunque en su entrada, en los días soleados se planta una cámara de 1903. “¿Puedo correrla?”, pregunta un cliente en la entrada. “No. Pase por el lado”. En la tarjeta de negocios se lee: “Poder fotográfico. Única sucursal”.

Una historia ilustre

Por “Poder fotográfico”, el taller de Efraín Gómez en el centro de Bogotá, han pasado algunos de los grandes fotógrafos nacionales y extranjeros.

La lista de los afectos de Gómez es larga y su poder de evocación amplio. Se presenta como un hombre de pocas palabras, pero los recuerdos lo llevan a hacer largas evocaciones del trabajo de Leo Matiz o Manuel H, sólo por mencionar algunos. Asegura que Henri Cartier-Bresson (considerado por muchos como el padre de la fotografía documental moderna) pasó por su taller, aunque en calidad de visitante. “Mire, se sentó en esa silla”, dice con gran orgullo.

Uno de sus últimos trabajos de gran envergadura fue el revelado de las fotografías del libro Violentología, del fotógrafo norteamericano Stephen Ferry.

“Con Ferry nos demoramos al menos dos años trabajando en sus fotografías. Un excelente fotógrafo, muy exigente, que sabe exactamente lo que quiere y que exige la mejor calidad en su trabajo”.

Temas relacionados