Por: Ricardo Bada
Yo soy como el picaflor

El bienestar del trabajador

El 13 de diciembre de 1919, un año, un mes y dos días después de haber terminado la denominada Gran Guerra, una de las primeras diputadas alemanas, Marie Juchacz, fundó en Berlín la AWO (siglas alemanas de la Arbeiterwollfaht) como una comisión principal del Partido Socialdemócrata para el bienestar del trabajador.

Su propósito inicial consistía en tratar de remediar la miseria de los mutilados y desmovilizados del ejército vencido, por medio de ollas populares, talleres de autoayuda y consejería laboral. Con el tiempo se fueron extendiendo sus actividades asistenciales, que cesaron en 1933, con la llegada al poder del cabo Adolf Hitler, quien no llegó a ser ascendido en el escalafón militar porque sus superiores consideraban que carecía de dotes de mando: “¡Nunca promoveré a ese histérico!”, dizque dijo su comandante. 

Las actividades de la AWO se reanudaron una vez terminada la Segunda Guerra Mundial, pero solo en la República Federal, no en la RDA. Y en la actualidad, definida por sus propias palabras, la AWO es una institución de beneficencia alemana, descentralizada y basada en la afiliación personal a sus secciones locales. Es una de las seis organizaciones-paraguas del trabajo voluntario de asistencia social y, con alrededor de 210.000 empleados a tiempo completo, uno de los mayores patrones del país. 

Su principal tarea es apoyar a las personas socialmente desfavorecidas. Hoy en día se ocupa principalmente de las personas ancianas y con discapacidades, pero también gestiona jardines de infancia, escuelas abiertas durante todo el día, clínicas psiquiátricas y forenses, instalaciones para campamentos de vacaciones y centros de asesoramiento para migrantes, solicitantes de asilo y personas necesitadas. Y al igual que desde su fundación, se encuentra vinculada al SPD, el Partido Socialdemócrata .

Soy miembro pasivo de la AWO, en el sentido de que pago mi cuota mensual de afiliación desde el lejano día en que me inscribí en el SPD, y continúo siendo miembro de la AWO muchos años después de haber abandonado mi filiación partidaria. Entiendo que su desempeño es una tarea de enorme importancia en la vida comunitaria y que todos deberíamos apoyarla en la medida de nuestras fuerzas. 

El 10 de junio de este año me dieron una agradable sorpresa. Llamaron al timbre de la casa y al abrir la puerta me encontré a la directora de la sección local del lugar donde vivo, en las afueras de Colonia, y ella, vestida con sus mejores galas, me entregó una preciosa maceta con orquídeas como felicitación por mi 80.º cumpleaños. Por algún sentido innato de la justicia retributiva, les dedico esta columna de hoy, cuando se cumple su centenario.
 

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