Cultura

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5 Feb 2012 - 9:00 p. m.

Cuando Galdós tradujo a Dickens

La admiración que Benito Pérez Galdós le profesaba al autor de ‘Historia de dos ciudades’ y ‘Oliver Twist’, entre otras, lo llevó a traducir ‘The pickwick papers’.

Ricardo Bada

En 1867 Benito Pérez Galdós es un joven de 24 años, lo que significa, entre otras cosas, que tiene intacto el 100% del desparpajo, o de la desvergüenza, como lo prefieran, de aquellos a quienes les queda toda una vida por delante. Amén de ello, declara ser un ferviente admirador de Charles Dickens. Y por si fuera poco, dizque sabe inglés. La impía concurrencia de estas tres circunstancias es casi fatal: el joven Galdós acepta traducir los Papeles póstumos del Club Pickwick, para el folletón de un diario madrileño de aquellas calendas.

Hace algunos años esa versión fue rescatada por la editorial asturiana Júcar, que empezó a publicar una Biblioteca de Traductores, en la cual era relevante el nombre de estos últimos, quienes siempre habrían de ser grandes escritores de nuestro idioma. Para mencionar un solo caso, no creo que sea muy conocido el hecho de que Rubén Darío tradujo a nadie menos que Maxim Gorki... supongo que del francés.

No sé cómo terminó esa benemérita aventura editorial; imagino que se canceló al cabo de poco tiempo, como todas las que son loables, pero no quisiera dejar de recordar que, en materia de grandes escritores metidos a traductores, poseemos una nómina tan extensa como admirable. Una nómina que incluye, valgan varios ejemplos españoles, a Pedro Salinas poniendo en buen romance el primer volumen de la proustiana búsqueda del tiempo perdido, a Dámaso Alonso con su traducción del Retrato de un artista adolescente de Joyce, y a José Angel Valente con la de El extranjero de Camus.

Y para poner un par de ejemplos latinoamericanos, se deben a Julio Ramón Ribeyro unas modélicas versiones de Maupassant, mientras que Octavio Paz y Ernesto Cardenal vertieron al castellano poetas tan intransitivos como Mallarmé y Catulo, y en fin, no estaría de más recordar que Robinson Crusoe, de Daniel Defoe, las Memorias de Adriano de Margarite Yourcenar y los cuentos completos de Edgar Allan Poe fueron traducidos a nuestra lengua por Julio Cortázar.

En el caso particular de Colombia me gustaría rescatar aquí la espléndida traducción de la Balada de la cárcel de Reading, de Oscar Wilde, por Bernardo Arias Trujillo, infinitamente superior a la ya existente, que le mereció este juicio: “Sin que esto sea agravio sino justicia, merece más la horca don Guillermo Valencia por haber adulterado tan criminalmente la balada de Wilde, que el propio Charles T. Wooldridge, ajusticiado en Reading”. (Como poemicida, Guillermo Valencia cuenta en su haber, además, la impune fechoría de haber reducido a diez las 23 estrofas de la inmortal Elegía de Marienbad, de Goethe. Nunca le será perdonado).

Y ahora, antes de seguir, debo confesar que Pérez Galdós es uno de mis grandes amores, a quien considero el único digno sucesor peninsular de Cervantes y uno de los escritores más formidables de toda la literatura universal, opinión que comparto felizmente con Luis Cernuda y Álvaro Mutis, para sólo citar dos nombres de una extensa lista que encabeza Luis Buñuel. Debo confesar esto, digo, para que se entienda con qué entusiasmo adquirí la traducción de Dickens hecha por él, dando por descontado, de antemano, que se trataba de un ‘boccato di cardinali’, una expresión, dicho sea de paso, muy empleada por el propio Galdós. Y lo daba por descontado por conocer de sobra la gratitud con que Galdós se refería siempre a Dickens. Baste recordar las palabras que le dedica en sus Memorias de un desmemoriado, al hablar de una visita que hizo a la Abadía de Westminster: “Vi en el suelo del ‘Rincón de los Poetas’ una sepultura reciente; en ella, trazado al parecer con carácter provisional, leí esta inscripción: “Dickens”. En efecto, el gran novelador inglés había muerto poco antes (...). Consideraba yo a Carlos (sic) Dickens como mi maestro más amado. En mi aprendizaje literario, cuando aún no había salido de mi mocedad petulante, apenas devorada La comedia humana, de Balzac, me apliqué con loco afán a la copiosa obra de Dickens. Para un periódico de Madrid traduje el Pickwick, donosa sátira, inspirada, sin duda, en la lectura del Quijote”.

Pero no, no y mil veces no: la traducción de Dickens por el joven Galdós es todo lo contrario de un ‘boccato di cardinali’, es una catástrofe literariamente homologable con la marítima del infeliz Titanic. Descuento también que la publicación en un diario debe haber impuesto ciertos cortes y recortes en el texto, pero es que a veces esos cortes y recortes recuerdan los que practicaba Henri Sanson, el verdugo del Terror durante la Revolución Francesa: decapitan el texto original hasta dejarlo exangüe. Y no exagero. Créanme que leyendo esa traducción, como lector enamorado de mi ídolo Galdós, experimenté muchas veces el sentimiento conocido bajo el nombre de vergüenza ajena.

Como para muestra basta con un botón, y ya que recordé a Sanson, mencionaré un episodio del capítulo II, cuando Mr. Pickwick viaja con tres amigos en el techo de una diligencia (lo más parecido que pueda imaginarse a una chiva colombiana), en compañía de un desconocido que al llegar a un túnel les grita “¡Las cabezas, las cabezas, cuidado con las cabezas!”. El desconocido les explica después que a una mujer que viajaba en un carruaje así, comiendo sánguches con sus cinco hijos, por no agachar la cabeza la decapitó el arco muy bajo de ese túnel, y añade que sus críos se la quedaron viendo sin cabeza... y con el sánguche de jamón todavía en la mano por no haber boca donde meterlo (“children look round – mother’s head off – sandwich in her hand – no mouth to put it in”). ¡Y justo este detalle tan inglés, de humor tan macabro, desaparece por completo en la traducción galdosiana!

La moraleja es, cosa curiosa y remarcable, un acrecentado respeto por la precoz madurez mental del joven canario que terminaría siendo el narrador más humano que jamás haya escrito, un honor que sólo puede disputarle Dostoievski. Y digo lo del respeto porque aquella juvenil insolencia suya debió convertirse muy pronto en un aterrado espanto, él mismo debió darse cuenta de las heridas que había inferido a su bienamado Dickens, y extrajo de ello la única consecuencia lógica para una persona honrada: jamás, que se sepa, volvió a traducir en toda su vida. ¡Ah, qué lástima de lección, tan poco aprendida desde entonces!

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