15 May 2021 - 8:00 p. m.

El nazareno (Cuentos de sábado en la tarde)

Fue en la tienda de Don Manuel donde me empecé a sentir como raro. Cabezas me pasó una cerveza y yo la tomé como siempre, normal, relajado, alegre de echarme una fría, pero cuando me la acerqué a la boca vi que la botella brillaba como si más bien estuviera rellena de zumo de luciérnagas o algo así.

M. Mantra

Yo sé que no hay nada más sagrado que el trago, pero del susto se me cayó de la mano y se rompió en el suelo dejando libre su contenido: puras motas de luz que ascendieron hacia el cielorraso tachonado de mierda de mosca, y allí desaparecieron. ¡Puf! No más.

Después, en la cancha de micro, cuando estábamos en pleno cotejo con los del barrio de al lado en un tiro de esquina, cuando salté entre el Chuqui y el Parra para cabecear el balón, simplemente seguí derecho y hacia arriba, como si la fuerza de la gravedad se hubiera disipado de repente en la cancha de microfútbol del Politécnico Los Arrayanes. Subí y subí y el balón pasó por debajo de mis tenis en dirección a la nada, y abajo se fueron quedando apenas las cabezas de mis amigos desconcertados, mirándome desde los retazos de cemento desconchado de la cancha. Todo, en cámara lenta, se volvió uno de esos nidos de hormigas de laboratorio. Se me abrió un hueco en el estómago y en lo único que se me ocurrió pensar fue en que tal vez tomé helio en lugar de jugo de lulo durante el almuerzo. A ver: arroz con pollo, plátano frito y jugo de lulo, no más. ¿Y si de pronto fue el bareto de marihuana que nos metimos con el Chuqui cuando salimos de la obra?

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Pero esa fue la otra, el Maestro Albarracín, en pleno voleo de la mañana, me estiró un ladrillo para que se lo partiera con el palustre de rapidez, ¡zas!, y cuando empecé a darle golpes con el filo, era un pan francés bien gordito, doradito y crocante. Muy fresco. Obvio, el Maestro se emberracó y me dijo hasta de qué me iba a morir, y que si tenía mucha hambre pues que me fuera para la casa de mi mamacita a que me acabara de llenar. Como si a mi madrecita pudiera contarle alguna de las cosas que últimamente me suceden. Seguro se me muere del susto. ¿Para qué darle más preocupaciones a la viejita? Ni se imagina lo que me pasa, por ejemplo, cuando me da ahora el tinto en las mañanas, que me toca echarlo por el sifón del lavaplatos apenas ella se descuida porque se vuelve morado y me sabe a puro vino o a jugo fermentado, como la chicha, pero oscura.

Y ni hablar de la otra noche cuando nos vimos con la Marina. Estábamos en pleno toque-toque, ya a punto de coronar, casa sola y tal, pero cuando comencé a sacarle la blusa y a desabotonarle el jean, no fui capaz. Nadie hubiera sido capaz, ni un actor porno habría sido capaz. No fue sino ponerle un dedo encima y las manos se me transformaron en chorros de luz, la Marina flotó sobre la Cuatrotigres de su cama, comenzó también a soltar una luz intensa por la boca, por las orejas y por los ojos. Y lueguito, cuando nos apagamos como veladoras, me sonrió, toda bonita, toda tierna, con esos ojazos de perrito apaleado llenos de lágrimas de dicha, y me dijo que yo era un divino y que nunca ningún hombre la había hecho sentir lo que yo, y que tan rico, y que otra vez. Y yo: cual otra vez, suerte es que le digo. ¡Si ni siquiera nos alcanzamos a empelotar! Así que me puse la camisa y salí corriendo.

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Como van las cosas me va a tocar no volver a salir de mi pieza y decirle a mi vieja que me pase los tres golpes por una rendija o algo así. Pero eso tampoco es vida. ¿Escondido como un animal sin haber hecho algo malo? ¿Por qué me pasa todo esto? ¿Será que tengo una maldición o alguien me rezó o me poseyó el mismísimo putas?

Eso, voy a contarle al Padre Ancízar, él es el único que me puede ayudar con un tema así. Severo video. Además, está en deuda conmigo desde que me pidió ayuda para mover al Señor Caído de la iglesia y se nos cayera, volviéndose mierrrrda, bueno, polvo. Yo no le he dicho nada a nadie, ni a mi madrecita siquiera. Si hasta me tocó inventarle que las cortadas y rayones con los que llegue esa noche, fueron del trabajo en la obra por la resequedad del cemento. Ni modos de decirle que yo también quedé como un Cristo después de que el Padre Ancízar me aplastara con su Señor Caído. El cura dice que, después del matracazo, duré inconsciente un buen rato.

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