27 Jul 2013 - 9:00 p. m.

El pintoresco caso de Óscar Murillo

Juan David Torres Duarte

“Maestro, qué honor tenerlo con nosotros en La W”, dijo el periodista Julio Sánchez Cristo con  admiración. Segundos después, su compañero  Alberto Casas le dijo: “Es que tener una sala en la colección de los Rubell (una de las colecciones de arte más reconocidas), perdóneme, usted la conoció y ve la importancia que tiene esa colección”. ¿Quién era ese personaje ante quien dos voces reconocidas de la radio de repente mostraban un respeto semejante? ¿Quién merecía el título de “maestro”?

Era Óscar Murillo (27 años, La Paila, Valle del Cauca): un moreno alto, robusto, de cara seria. La entrevista tuvo lugar el 19 de junio de este año, cuatro días antes de la subasta de arte de posguerra, dirigida por la casa Christie’s, en la que una de sus obras fue vendida por US$391.475. La noche de la entrevista el Instituto de Arte Contemporáneo de Londres ofrecería una cena en su honor. Y Murillo fue contactado por esa razón: porque un colombiano, triunfante en Europa, era convocado para una cena en su honor.

Días después, en medios independientes como Esfera Pública y Las 2 Orillas, algunos articulistas alegaron  desacuerdo con el entusiasmo por la venta. ¿Quién es Óscar Murillo? ¿Qué trayectoria ha sembrado para tener semejante prestigio? Es un total desconocido, decían. ¿Quiénes son sus padrinos artísticos y cómo, en cinco años, ya es un artista tan cotizado como Fernando Botero? Y la pregunta que recoge a todas las demás: ¿acaso es Murillo producto de la dinámica del mercado del arte: crear una burbuja, un ídolo y cotizarlo a altísimos precios, entusiasmar al mundo y luego dejarlo de lado?

El artista maldito

Óscar Murillo nació en 1986 y a los 10 años se trasladó a Londres, donde sus padres y él laboraron como trabajadores de limpieza. Allí se graduó en el Royal College of Art. Murillo pone en práctica su visión del arte a través de la pintura sobre lienzo, los performances y el video. Desde 2008, ha participado —según la Saatchi Gallery— en más de 15 muestras en solitario y colectivas. Ese es, en breve, Óscar Murillo: un artista cuya obra busca retratar la vida de la calle en el Valle, su niñez, a través de la abstracción, las líneas deliberadas sobre el lienzo y la escenificación.

A menos que se esté interesado en la apreciación plástica de su obra, lo que más llama la atención sobre Murillo son las galerías que han promocionado su obra. Allí, quizá, podría estar una respuesta a su tumultuoso ascenso. En la misma entrevista, Sánchez Cristo asegura que Charles Saatchi —uno de los más grandes coleccionistas del Reino Unido, quien tiene entre su stock parte de la obra de Damien Hirst— compró ocho de sus pinturas. En efecto, en la página de la Saatchi Gallery —con sede en Londres— aparecen ocho de sus obras, entre ellas el lienzo Dark americano y varias instalaciones sin título.

Quizá el prestigio que tiene Saatchi haya permitido, en parte, que la obra de Murillo subiera su valor: si se tiene un buen padrino, las cotizaciones ascienden. Sucedió en el caso de Hirst y sucedió con Tracey Emin, cuya obra pertenece al galerista británico Jay Jopling. Pero las prácticas no son siempre legítimas. En el documental La burbuja del arte contemporáneo, el periodista inglés Ben Lewis cuenta que Damien Hirst vendió una de sus obras en US$100 millones. La obra —una calavera plena de diamantes— fue vendida a un “consorcio” compuesto por el propio artista, Jopling y —dice Lewis— Charles Saatchi, señalado de realizar este tipo de jugadas comerciales para sostener los precios de las obras. Incluso los mismos galeristas —cuenta Lewis— pujaban en las subastas, a través de terceros, para que sus obras mantuvieran su valor. Y no es un secreto que el arte plástico es una posesión preciada porque, aunque la economía decaiga, esto no parece afectarlo (la mencionada obra de Hirst fue vendida en agosto de 2008, poco antes de que Lehman Brothers se declarara en bancarrota).

De modo que el caso de Murillo tiene ciertos paralelos con el caso de Hirst: una galería encuentra a un artista cuya historia resulta jugosa —sus padres lo sostienen mientras trabajan en la limpieza y en su tierra natal era también ayudante de obreros, “hecho a pulso”—. Murillo es comparado, de manera constante, con el artista Jean-Michel Basquiat —El Tiempo lo llamó “el Basquiat colombiano”— y en los medios se lo señala como un artista intrépido y rebelde, igual que a Hirst. Su imagen y la forma en que el mercado del arte desea nuevas caras (cuyas obras podrían ser insulsas) han impulsado su obra. “Este nuevo fenómeno —escribe Halim Badawi, crítico de arte, en Razón Pública— se ha construido a partir de una vieja fórmula exitosa comercialmente y empleada recurrentemente en otros momentos de la historia: la utilización sensiblera y mediática del mito trágico y atormentado del artista moderno, al cual parece ajustarse precariamente Murillo”.

En el corazón del mercado

Saatchi no ha sido el único de los galeristas que ha adquirido la obra de Murillo. El artista valluno también tiene relaciones con las galerías Isabella Bortolozzi y Carlos/Ishikawa. En esta última está buena parte de su producción de los últimos dos años: instalaciones (Animals Die from Eating Too Much y The Cleaner’s Late Summer Party with Comme des Garçons), pinturas (la mayoría sin título) y videos (Fried Chick).

Esas y otras galerías —entre ellas las de Kingsgate y Angus-Huge, ambas en Londres— han llevado la carrera de Murillo. Su más reciente golpe de éxito —además del nombrado cuadro— fue la residencia de cinco semanas en 2012 en la casa de la familia Rubell, que posee una amplia y reconocida colección de arte. En ese tiempo, Murillo realizó una serie de obras que luego fueron expuestas en julio en una de las salas de la galería familiar y en diciembre de ese año en Art Basel Miami. Allí encontró un espacio, una mirada que legitimó aún más su trabajo. “La producción ha sido un poquito amplia y la demanda ha sido igual”, dijo Murillo.

Más allá de que su obra sea o no valiosa —el hecho de que esté en una colección como la de Rubell, como dice Casas, no es un argumento de peso para decir que sus productos tienen un verdadero valor estético—, lo que interesa es el entramado  alrededor de su imagen: un artista atraído por las formas nada figurativas, extranjero, que encuentra padrinos con poder y es llevado por ellos al mismo nivel de ventas de los artistas ingleses. Murillo está en uno de los centros del mercado artístico: Londres, la casa de Sotheby’s y Christie’s. Su obra —vendida por fuera de la categoría de arte latinoamericano— lo ha conducido a una dinámica distinta: las obras contemporáneas, dado su alto valor, se convierten en  objetos de estatus, para galeristas y compradores privados. Así no digan nada. Así no sean arte.

Es curioso, además, que Murillo no tenga una galería en Colombia, pese a tener ese reconocimiento en el exterior. El artista dijo en La W que está “en conversaciones” con Catalina Casas, hija de Alberto Casas (periodista de La W) y directora de Galería Casas Riegner. Sus obras no han sido puestas en los museos del país ni en exposición alguna, de acuerdo con su hoja de vida. Su participación en Colombia es inexistente, sin que aquello sea óbice para que su obra llegue a los precios que ha llegado.

A Murillo, sin embargo, parece interesarle poco los precios que tengan sus creaciones. ¿Cuánto cuesta una de sus obras?, le preguntó una periodista. “Eh, en realidad no lo tengo presente... —respondió, titubeante—, eso ya depende de las galerías. En realidad yo me dedico a trabajar en el estudio y... no tengo presente muy bien el precio individual de una obra”.

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