8 Dec 2020 - 8:03 p. m.

¿Hay manera de decirle adiós a John Lennon?

El músico inglés está lejos de ser asunto del pasado. Liverpool, la ciudad donde nació, vibra con su vida, su legado, su nombre y su recuerdo. Recuperamos este texto por los 40 años de su asesinato.

Diana Carolina Durán / Enviada Especial, Liverpool

De vez en cuando Paul McCartney se junta con Sting, Elton John, Phil Collins y hace una versión magistral en vivo de Hey Jude; a veces, tal como hace dos semanas, aparece en el Factor X del Reino Unido. De Ringo Starr, tras decir que nada extrañaba de Liverpool, no queda más que el recuerdo de una figura suya hecha con arbustos que fue decapitada. George Harrison, el callado, el místico, fue noqueado en el cuadrilátero por un cáncer de pulmón en noviembre de 2001. ¿Y John Lennon? John cumplió, sin proponérselo, el requisito de los ídolos que se inmortalizan cuando la muerte les ataja el paso. Dejo, a propósito, de ser un hombre y se volvió una leyenda.

Durante los últimos 60 días Lennon ha sido el centro de gravedad de Liverpool. En realidad, lo ha sido desde el instante en que tomó una guitarra entre sus manos y selló su destino, atado de por vida irremediablemente a la música. Pero en estos dos meses se exacerbó la fiebre al recordar que el 9 de octubre, hace 70 años, Julia Lennon dio a luz a John en el hospital de maternidad local y que el 8 de diciembre, hace 30 años, Mark David Chapman apagó esa luz. Sus legados se traducen en obras de teatro, exposiciones fotográficas, conferencias y conciertos de homenaje que no son más que los suspiros de añoranza que esta ciudad arroja por él.

La agenda comenzó a correr cuando se reveló el monumento que construyó una artista estadounidense de 19 años para recordar el espíritu pacifista de Lennon. Quienes quitaron la manta fueron Cynthia y Julian Lennon, su primera esposa y el hijo de ambos, y en medio de esta iniciativa fue ella quien recordó: “Siempre lo he amado y nunca he dejado de llorarlo”.  “Hide your love away”, quizá le respondería él. Lennon nunca entendió cómo Cynthia decía pretender alejarse de su pasado, amarrado al grupo musical por un matrimonio que duró casi una década, mientras posaba en periódicos y revistas hablando de ello. Ese reclamo fue una de las últimas cartas que ella recibió de él.

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En Liverpool podría ocurrir cualquier cosa menos que la memoria de John Lennon perezca. En 1988 fue fundado el museo The Beatles Story, que se encuentra en un muelle llamado Albert Dock. Ahí se concretan dos elementos que, en el imaginario de los scousers (nombre con el que se reconoce a la gente de Liverpool), hicieron grande a su ciudad: el mar y la música. De la gestión de quienes coordinan este museo-altar surgió el proyecto de introducir la trayectoria del cuarteto en los pensum de los colegios locales, y con Lennon como hilo conductor, los niños resultan aprendiendo la historia, el arte y la literatura de Inglaterra de mitad del siglo XX a través del lente de Los Beatles.

Siendo justos, la ciudad entera es una especie de museo-altar a Lennon y del famosísimo cuarteto que lo hizo figura notable hasta la madrugada que se cruzó con Chapman en la puerta de su edificio, en Nueva York. La organización National Trust ha conservado las casas de infancia de Lennon y McCartney durante años, conocerlas es uno de los tantos paseos que se pueden hacer en Liverpool a nombre de Los Beatles. El de las casas, dice National Trust, es una “verdadera mirada a los inicios humildes de Lennon y McCartney”. No hay otra manera de conocer las residencias pues el acceso es privado, y los turistas emocionados que quieren tomarse una foto sobre la cama en la que el pequeño John dormía no pueden más que regresar con las manos vacías, las fotografías no son permitidas.

Casi todo rastro de Los Beatles por Liverpool es hoy un tour, y por cualquiera de ellos hay que pagar. En palabras de John, se necesita un “ticket to ride”. Las huellas de los cuatro, pero en particular las de Lennon, son para esta ciudad costera lo que para los italianos es el Coliseo de Roma, o para los peruanos las ruinas de Machu Picchu: colosales, monumentales, dignas de preservar por siglos. La famosa Mathew Street sigue intacta como un tributo a los —se lee en medio de la calle— “cuatro tipos que sacudieron el mundo”. La placa donde reza esa frase está bajo la figura de una mujer que, cual Virgen María, sostiene tres niños en sus brazos y a su lado izquierdo, solo, está otro pequeño con una guitarra en la mano izquierda. “Lennon vive”, dice en su aureola.

Sobre un rincón de esa misma calle está Lennon hecho estatua, negro de pies a cabeza, con la mano derecha en un bolsillo, la pierna derecha cruzada y el corte de pelo con flequillos. A menos de tres metros, justo frente a la entrada de The Cavern Club, se escucha la voz de Frank Poole, un cantante callejero que vive como un tributo ambulante a Los Beatles y a Lennon. Frank entona “Imagine all the people...” y se interrumpe a sí mismo: “De verdad él creía en todo eso, ¿no? La paz y todo eso. Era maravilloso, lo extraño todo el tiempo, aquí va otra canción de él para ustedes”, dice, y pone a sonar de nuevo sus cuerdas. Tiene alrededor de 40 años, nunca lo vio en vivo siquiera, pero ese es el verbo que utiliza: “extrañar”. Como el huérfano que echa de menos al padre que no conoció.

Hace frío en Liverpool casi todo el tiempo y más en estos días que el invierno está a la vuelta de la esquina. Pero Frank no deja de tocar la guitarra mientras la gente que camina por su lado entra a The Cavern Club, donde el 7 de agosto de 1957 hizo su primera aparición The Quarrymen Skiffle Group, el primer nombre que Lennon le dio a su banda. La gente aún recuerda los cientos de adolescentes que se paraban frente a la puerta intentando entrar y hoy, aunque las largas filas son fotografías a blanco y negro, el lugar es un ícono de Liverpool. Del original, cerrado en 1973, queda solamente una puerta que dice “aquí era la entrada original”, que ahora da a una tienda de sofás. Eso es lo de menos. The Cavern Club, un escondite dos pisos bajo tierra, siempre será el lugar “donde todo comenzó”.

En The Cavern, la puerta por la cual hace 50 años entraron unos estudiantes y salió un mito, todo lo que caracterizó a Lennon es un suvenir: sus gafas circulares se venden en todos los colores. Los sábados el bar, impregnado por el olor amargoso de la cerveza, se llena más que de costumbre al recibir artistas que hacen su homenaje al músico scouser, pero nadie quiere hablar de él, “sorry, we are very busy”, exclama uno de los bartender.  Allí, por supuesto, también hay un tour en honor al brillante cuarteto. Se llama The Magical Mystery Tour, así como el álbum, así como la película experimental con la que ellos, por primera vez, recibieron no una lluvia de aplausos sino de críticas en 1967.

¿Cómo se vería John Winston Ono Lennon con 70 años de edad? “Oh, no me lo imagino con 70 años y tocando las mismas canciones. Cuando pienso que está muerto digo: ‘Es horrible’, lo pienso todo el tiempo, él no debía morir tan joven”, dice Linde Louise, una joven inglesa de 21 años que acaba de formar una banda con sus amigas en tributo a John. Se llaman The Michelles. Hace 24 meses Linde Louise entró en el mundo de John y hace 12 se pintó un tatuaje de su rostro en la pierna derecha. “No creo que ninguno de nosotros pueda responder esa pregunta —anota Jerry Goldman, director de The Beatles Story—. Pero al pensar en Irak o Afganistán, concluyo que su mensaje es hoy más importante que nunca. Él ya había construido un legado antes de ese terrible día en que murió”.

En octubre pasado, la agencia de noticias Associated Press entrevistó a la viuda de John, Yoko Ono. La japonesa, que ha apelado una a una las seis solicitudes de Mark David Chapman para obtener libertad condicional, anotó medio perpleja: “Oh, ¿él cumpliría 70 años? Estoy sorprendida. Ya estaba muy preocupado de cumplir 40. Pero para esta época, espero, se habría relajado. ¿O estaría gritando? (Se ríe). Habría estado muy enojado, con ganas de salir corriendo, de pegarle a algo, de estrangular a alguien. Y luego, se habría relajado y se habría dado cuenta de que seguía siendo un activista haciendo algo por el mundo. Yo escucho su música casi todos los días, pero eso no es relajante para mí. Es doloroso”.

Liverpool sigue siendo la misma ciudad de clase obrera que era en los tiempos de John, su ciudad del Working class hero, calles solitarias, edificios descuidados, altas tasas de desempleo (sobre el 11%, según la Oficina Nacional de Estadísticas) y paredes a medio hacer. En el centro está la vida de Liverpool, y ese centro gravita alrededor de él, de la mítica banda que formó con Paul, George y Ringo hace medio siglo, así en los últimos años de existencia hubiera declarado que se sentía más libre ahora que Los Beatles eran cosa del pasado. Yoko, Cynthia, The Cavern Club, todos serán recordados en medio del tumulto, pero John es leyenda por sí solo. Su primera esposa nunca lo superó, su viuda tampoco lo hizo. ¿Por qué habría de hacerlo entonces el resto de la humanidad?

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