15 May 2021 - 2:00 a. m.

José Ardila: “No me interesan las historias que pueden suceder en cualquier lugar”

Entrevista al escritor colombiano José Ardila, incluido en la segunda lista de la revista “Granta”, publicación que explora las voces de jóvenes escritores.

Isabel-Cristina Arenas S.

José Ardila (Chigorodó, 1985) es escritor, pero quiso ser actor. Vive en Medellín desde hace más de 20 años. Recientemente fue incluido en la segunda selección de los mejores escritores jóvenes en español que la revista Granta realiza cada 10 años. Ha publicado dos libros de cuentos: Divagaciones en el interior de una ballena (2012) y Libro del tedio (Angosta, 2017), y actualmente trabaja en su primera novela.

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¿De dónde salen sus historias?

De un ejercicio constante de observación, memoria e imaginación. Observación, para notar lo que pueda ser el punto de partida de una historia -una anécdota, una imagen, una frase que le oigo a alguien, un miedo, un rencor...-; memoria, para conservar lo que realmente valga la pena de eso que observo, e imaginación, para deformarlo, para trazar caminos.

¿Cuándo comenzó a escribir?

Cuando era adolescente, pero sin la conciencia plena de que estuviera escribiendo literatura. Siempre me ha gustado el teatro. Mi sueño de toda la vida fue ser actor. No dramaturgo, no director, actor. Y la biblioteca del pueblo donde nací, Chigorodó, era todavía -no sé ahora- muy precaria. Había muy pocos libros de todo, pero especialmente había casi nada de textos teatrales. Acaso una colección de autores antioqueños editada por la Gobernación de Antioquia, con la que conocí y me enamoré de la obra de José Manuel Freidel. Era natural entonces que varios grupos del pueblo y de la región tuvieran montadas las mismas obras de Freidel: Avatares, Amantina o la historia de un desamor... De manera que los dramaturgos fueron algo necesario: una solución para un problema. Fui uno de esos dramaturgos accidentales. Luego, en Medellín, conocí la biblioteca de la Universidad de Antioquia -que fue más importante para mí que la carrera que terminé (periodismo)-, empecé a asistir a talleres literarios, como el de Luis Fernando Macías, y fui encontrando poco a poco mi vocación. Me pareció en algún momento que no había mucha diferencia entre un monólogo teatral y un cuento en primera persona.

¿Qué tan importante es la geografía en sus cuentos?

Es fundamental. Hay una frase que tiene todavía cierto valor en algunos círculos, sobre todo académicos, para describir la obra de un buen escritor: “Esto pudo suceder en cualquier lugar”. Pues, bueno, no me interesan las historias que pueden suceder en cualquier lugar. Me aburren. Leyéndolas y escribiéndolas. La nada -o el todo, que es lo mismo- es demasiado estéril para la creación. Mis historias están construidas desde una especie de limbo vital: desde una sensación de arraigo y desarraigo simultáneo. Chigorodó, Urabá, aparecen como recuerdos, a veces como un lugar del que escapé, y Medellín como una ciudad que ha definido buena parte de lo que soy, a la que le debo casi todo lo que amo ahora, pero que también siento como una trampa de la que debería huir en cualquier momento.

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Valerie Miles, cofundadora de la revista Granta en español, escribe en la introducción del libro: “Una de las diferencias sustanciales entre esta selección de 2021 y la de 2010 es que muchos de estos jóvenes escritores prestan una especial atención a las cualidades sonoras del lenguaje escrito... Se renuncia al español ‘neutro’”. ¿Qué tan importante es la oralidad en sus cuentos?

La geografía pasa por la lengua. Urabá es una región que ha recibido gente de orígenes muy diversos. Hay personas del Pacífico, del Caribe, del interior del país… Hay indígenas, negros chocoanos, negros caribeños, blancos, mulatos y todas las variaciones del mestizaje… Y cada uno de esos grupos habla un español diferente, que se han venido mezclando con los años, como la comida. No puedo escribir en español neutro si crecí en un ambiente tan diverso. Es genéticamente imposible.

Su cuento, “Juancho, baile”, incluido en el libro de “Granta”, habla de la infancia, de la crueldad, la dignidad, de la familia, del aburrimiento, de la soledad, de las clases sociales... es el mundo en un barrio, en Calle Estrecha, ¿qué le inspiró escribirlo?

Calle Estrecha se llama también la calle donde crecí, en Chigorodó. Es, como dice el nombre, una calle estrechísima. Con una entrada frente a la iglesia y otra frente a un caño de aguas negras. Como un tubo. Y me dio siempre la impresión de que las fachadas estaban tan encima, tan cerca unas de las otras, que uno podía enterarse con facilidad de las intimidades del vecino. Y uno debía poner mucha voluntad para no ser chismoso. Debía, claro, escribir sobre eso alguna vez. Pero no encontraba la historia. Estaba el escenario, pero no la historia. Hasta hace unos meses que empecé a pensar también en un personaje del pueblo: Juancho. Un hombre negro y grande con retraso mental, que por algún motivo bailaba cuando la gente, sobre todo los niños, se lo pedían. Y bailaba no importaba lo que estuviera cargando. Ni qué tan pesado fuera. Junté esas dos cosas con una idea que tengo desde hace muchos años: que la infancia es un territorio hostil. O no es feliz necesariamente. Con más frecuencia de la que queremos admitirlo, la infancia está llena de violencia, crueldad y de cosas que preferimos olvidar.

¿Cuáles son sus referentes literarios?

Cambian, en general, con el tiempo. Cuando era adolescente, como quería ser actor y escribía teatro, mi gran referente fue el dramaturgo antioqueño José Manuel Freidel. Luego vino el interés por los cuentos. Y ahí fue fundamental Andrés Caicedo, sobre todo porque su obra me conectó con Allan Poe y Lovecraft y Baudelaire. Desde entonces he tenido amores duraderos y muchos amores fugaces. El Cortázar cuentista, Borges, García Márquez, Rulfo, Huidobro, Carpentier, Kafka, Chesterton. Dos grandes amores fugaces fueron Hemingway —también el cuentista— y Carver. Con los años, entendí que esos estilos fundamentados en el silencio no me interesaban. Que no aportaban, en realidad, a lo que yo quería expresar. Tres grandes amores de toda la vida: Capote, Harper Lee, Cheever. Y tres relativamente recientes, pero que creo que van a ser para siempre: Flannery O’Connor, Carson McCullers, Shirley Jackson.

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Trabaja ahora mismo en su primera novela, ¿podría contarnos un poco al respecto?

Hay un personaje, o un tipo de personaje, que me obsesiona desde hace un buen tiempo y que ha aparecido incluso en algunos de los cuentos de Libro del tedio: el impostor. El que gana lo que no merece, incluso contra su propia voluntad. Se parece mucho al mentiroso compulsivo, pero un impostor puede no necesariamente mentir para lograr el éxito —es posible que sea el resultado de una serie de eventos afortunados o desafortunados, como en las comedias de equivocaciones— y un mentiroso compulsivo puede no tener ningún objetivo distinto a mentir por el puro placer que le produce la mentira. Un impostor que miente es un farsante. Y me parece que Colombia, y en especial Antioquia, y en especial Medellín, es una tierra fértil en farsantes. El farsante es un arquetipo nacional. Y esto pasa porque estamos dispuestos a aceptar y a celebrarlos con mucha facilidad. Hay farsantes casi inofensivos, como el tío calavera y vago que siempre tiene una razón muy enrevesada para no ir a trabajar, pero también hay farsantes muy peligrosos, como el político o el líder religioso que falsifica títulos y cifras, que fabrica enemigos a conveniencia, que mueve masas con sus mentiras y es capaz eventualmente de decidir sobre las vidas de miles o millones de personas y llevarlas a la destrucción, si es necesario para lograr sus objetivos. La novela que estoy terminando trata sobre un personaje así. Y tengo dos novelas empezadas y algunos cuentos en mente para un libro sobre personajes así. Y lo curioso es que no siento todavía que me repita. Que se agote el tema. Porque, primero, cada uno de los farsantes de esas historias es singular y me cuenta una farsa diferente y, segundo, el impostor es un personaje con una larga tradición literaria.

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