10 Jun 2021 - 8:27 p. m.

La Esquina Delirante LXXVII (Microrrelatos)

Este espacio es una dentellada a la monotonía, mediante el ejercicio impulsivo y descarado de la palabra escrita.

Autores varios

Segunda oportunidad

Andaba una oruga en un jardín todo el día de rama en rama, picoteando todas las hojas que le apetecían. Las demás la consideraban una impostora en el reino donde habitaba. Angustiada y temerosa, se marchó de allí. Deambulaba sin destino, hasta que la acogió en su hogar una oruga sabia. Vislumbró un futuro hermoso para ella, anunciándole cambios importantes. Una mañana comenzó a sentir en su interior una suave voz indicándole lo que debía hacer, entonces se acordó de lo que dijo la oruga sabia y buscó una rama lo más cómoda posible. Tejió un capullo de seda alrededor suyo. Pasados unos días comenzó a sentirse distinta, necesitaba salir de allí. Entonces agujereó el capullo, saliendo con esfuerzo. Era diferente, desplegó unas alas con unos colores tan hermosos que jamás se había visto algo igual. Comenzó a volar, convertida en la más hermosa mariposa que había existido. Surcó el cielo de una manera majestuosa hasta el reino de las orugas. Todas miraron sorprendidas, en especial la reina, embelesadas por tanta belleza. Pensó que la vida siempre da otra oportunidad, aceptando que ese era su destino.

José María Andreo Millán (Valencia, España)

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El retorno

Doña Ofelia se lo encontró así, de sopetón, de pie, frente a la puerta de su casa. Tenía la mirada extraviada, la piel, gélida como témpano de hielo, y pálida, como un sudario. Además del orificio de bala, amoratado y seco, a un lado de su frente. Eran ya seis largos meses desde que lo despidió, con un beso, rumbo a una de las tantas jornadas de protesta frente a la alcaldía municipal. Y ni más. Hasta ahora. No era el mismo; nadie, nunca, volvería a ser el mismo. Pero, sea como sea, Julito, su único hijo varón, había regresado.

M. Mantra

La canción de la muerte

Timoteo esperó setenta años para ver campeón al equipo de sus amores y ese día afirmó “que podía irse feliz al cielo”; el sepelio fue un festín inolvidable, porque él se fue contento. A Leonardo lo balearon en una protesta y murió de inmediato, la música de ese funeral fueron los gritos desconsolados de sus hermanos. A Martha la cremaron porque murió de Covid-19, y la música que le acompañó fue la del fuego que convertía en cenizas su piel. A Ernesto lo dejaron morir en la puerta de una clínica, luego de que una bala perdida le alcanzara el abdomen, mientras sonaba la canción más siniestra: la del desprecio humano. En definitiva, la canción de la muerte posee las tonalidades de la ley de la vida: alegría, rencor y el dolor eterno.

Carlos Andrés Martínez Buelvas

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Bolero

Rezaba el rosario a diario desde que ella me dejó. El siquiatra no pudo conmigo y prácticamente me sacó de su consultorio el día que llegué a gritar —más bien a rogarle— que algo hiciera por mí, lo que fuera. ¿Qué podía hacer?, si solo tenía ganas de matar a mi mujer. “Tenés que matarla, matála, matá a esa piroba” me decía una voz en la cabeza. Y eso le estaba contando al doctor, cuando sentenció: “su tiempo se ha acabado”. Y pues heme aquí echando ave marías, con las manos en oración, oliendo a pólvora y oyendo en la radio: “Quisiera abrir lentamente mis venas”.

Luz Martínez

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