18 May 2021 - 1:25 a. m.

Yo le disparé a la minga indígena (Relatos y reflexiones)

Farouk Caballero, especial para El Espectador

A la minga no solo le hemos disparado con fusiles, también con olvido y marginación. Es momento de hacer un alto y reflexionar.

Desde niño apreté el gatillo. En el colegio me enseñaron que los indígenas no tenían alma. Aprendí que sus dioses eran satánicos, memoricé que sus creencias eran diabólicas y los imaginé como animales de dos patas. También recité a fondo que sus ropajes eran harapos y que sus músicas, danzas, pinturas y literaturas no eran arte, porque el arte lo hacía y lo compraba la gente de bien. Bondadoso, recé por sus almas, porque, como no creían en el Dios del barro, la costilla, el fruto, la serpiente y la paloma; entonces, estaban condenados al infierno.

Mi brutalidad mental era nivel Dios, pero eso cambió. Cambió cuando comprendí que nosotros, los educados con la espada (hoy fusil), La Biblia (hoy la misma) y la corona (hoy gobiernos), somos los verdaderos salvajes. Hoy, cuando el mundo sufre una crisis humanitaria y ambiental más que devastadora, la solución no la tenemos en las ciudades, las carreteras, los edificios, los bancos y las mansiones de los blancos con Toyotas. Hoy, si existe esa solución, está justamente en el conocimiento indígena, en sus relaciones con la naturaleza, en sus cuidados del otro, en sus sabidurías al sembrar y cosechar, en sus valores por la tierra, el aire, el agua y el tiempo.

Ahora bien, no vengo a pontificar sobre las distintas civilizaciones indígenas para decir que entre sus propios pueblos siempre hubo paz, porque hubo guerras. Eso sí, guerras también tuvieron los chinos, los griegos, los turcos, los romanos, los gringos, los cristianos, los alemanes, los franceses, los ingleses y el resto de pueblos que usted recuerda y que, de forma clasista y racista, cree superiores. No obstante, por más guerras que existieron aquí, nunca se sufrió tal exterminio de seres humanos como el que cometieron los conquistadores. Millones fueron masacrados en nombre de Dios, los reyes y la avaricia por tierras y riquezas.

Desmovilización, poesía y sabiduría oral

Mi proceso de desmovilización de pensamiento inició cuando conocí la poesía de Nezahualcóyotl y la historia del inca Atahualpa. Los defensores del español dirán, seguramente, que no las hubiese conocido sin la lengua de Cervantes, pero se las cambio: devuélvanme los más de 60 millones de indígenas masacrados en este suelo y, si lo logran, les devuelvo su lengua.

Frente a esto, les recuerdo que el poeta, guerrero y arquitecto Nezahualcóyotl preguntó antes de que llegara Colón: “¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra?/Nada es para siempre en la tierra:/sólo un poco aquí./Aunque sea de jade se quiebra/aunque sea de oro se rompe, aunque sea de plumaje de quetzal se desgarra”. Esta pregunta y sus respuestas van para todos aquellos que creen, aun en medio de una pandemia, que la esencia de la vida radica en ampliar sus hectáreas, camionetas, propiedades y dispararles a los indígenas. Así lo hicieron con Daniela Soto, quien, por buscar paz, recibió bala y hoy lucha en un quirófano para sobrevivir.

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Volvamos con Colón, estas tierras bondadosas salvaron de un naufragio seguro a ese pésimo marinero y a su tripulación. Él mismo escribió en su diario que los indígenas eran hermosos, que sus pieles eran del color de los canarios y sus cabellos nunca vistos. Incluso señaló cómo recibieron con devoción a sus almirantes: “los avían resçibido con gran solenidad, y les besaban las manos y los pies maravillándose y creyendo que venían del cielo”.

Sin embargo, el recibimiento de nuestros pueblos originarios no frenó las masacres. A Atahualpa, último emperador inca, su vida le fue arrebatada porque cuando el sacerdote Valverde y el conquistador Pizarro le alcanzaron La Biblia para que se convirtiera, Atahualpa, dueño de una riqueza oral invaluable, no escuchó nada. Su sabiduría era oral, no escrita. La escritura no le hablaba como sí le hablaron siempre sus ancestros. Lanzó La Biblia al suelo y con eso emuló el gesto que los españoles hicieron con la chicha que él les ofreció de cortesía. Desenlace: lo apresaron y mataron en nombre de Dios y los reyes católicos.

Desde ahí, con toneladas de sangre derramada, se ha escrito la historia que nos cuentan profesores y colegios. Esa misma historia nos obliga a contestar que el primer “hombre” que vio los dos océanos en nuestro suelo fue el español Vasco Núñez de Balboa. Frente a esto, el inmortal Eduardo Galeano lanzó una pregunta que nos invita a desmovilizarnos del credo educativo: “Los que allí vivían, ¿eran ciegos?”.

Intelectualidad indígena

Ya entrados los tiempos modernos, un pedagogo como pocos y gestor de la idea de Nuestra América, José Martí, dejó en claro el lugar en el que germina nuestra sapiencia y el rol que ese lugar debe tener, sí o sí, en el continente: “La inteligencia americana es un penacho indígena. ¿No se ve cómo del mismo golpe que paralizó al indio se paralizó la América? Y hasta que no se haga andar al indio no comenzará a andar bien América”.

Martí proponía, desde su ejemplar Cuba, que Nuestra América debía crecer con los indígenas, con sus saberes, con sus enseñanzas, con sus cultivos y que ellos no debían estar, como los tenemos, en los márgenes violentos y olvidados de nuestras naciones. No lo escuchamos a él, tampoco escuchamos a los hijos de Moctezuma y del inca Atahualpa.

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En la tierra colombiana, el panorama es más horroroso. Apenas ayer, en 1967, una familia llanera masacró, por tradición regional, a 16 indígenas guahibos. El episodio fue documentado por Germán Castro Caicedo, quien señaló que los llaneros implicados eran enseñados, desde pequeños, a odiar a los indígenas y a disponer de sus vidas.

En su texto, “La matanza de La Rubiera”, Castro Caicedo deja claro el inició de ese salvajismo. La voz es de uno de los asesinos, quién, por tradición, se declaró inocente: “el primero que yo maté fue un indiecito pequeño, de un machetazo. El segundo lo matamos con Carrizales, con un revólver. El tercero lo matamos con Anselmo Aguirre: ése estaba herido y yo lo apuñalé con un cuchillo. Y la otra era una india pequeña. Le di dos balazos. También maté a una india pequeña con revólver y le di el balazo por la espalda […] Luego corrí a una niña como que fue y le di una puñalada en la barriga y fue a caer más adelante”.

Lo anterior, si se entrevista a los colombianos armados de Ciudad Jardín que dispararon en contra de la minga en este 2021, no tendría diferencia alguna en el grado de sevicia. Pero ahí no frena nuestra historia, otro momento contundente lo relató Jaime Garzón. Él estuvo encargado de traducir la Constitución a lenguas indígenas. En ese proceso visitó La Guajira y aprendió de los wayús. Ellos le dieron una lección que hoy todavía no escuchamos. Tradujeron el artículo 12; es decir: “Nadie podrá ser sometido a desaparición forzada, a torturas ni a tratos o penas crueles, inhumanos o degradantes”. Los wayús, desde su inteligencia y visión comunal, reescribieron: “Nadie podrá llevar por encima de su corazón a nadie, ni hacerle mal en su persona, aunque piense o diga diferente”.

La cátedra que dieron los wayús debe ser aprendida, pero aún no lo hacemos. A la minga no solo le hemos disparado con fusiles, también con olvido y marginación. Y esto no es exclusivo de Cali, pasa en todas las ciudades colombianas donde existen Toyotas manejadas por gente que viste de blanco y tiene escoltas al por mayor. Por eso, es momento de hacer un alto y reflexionar de forma individual sobre cómo tratamos a los indígenas que nos encontramos en las calles, en los centros comerciales y en cualquier parte del territorio usurpado desde 1492. Si su respuesta está cercana al comportamiento de la gente de bien, lo invito a que se desmovilice. Créame: su patria y su familia ancestral lo espera.

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