12 Mar 2014 - 3:00 a. m.

Un instante eterno

Beatriz Esguerra Arte expone la obra en óleo de Daniela Mejía: una reflexión sobre el tiempo.

Juan David Torres Duarte

En La insoportable levedad del ser, Milan Kundera comienza su relato con una referencia filosófica: el eterno retorno de Nietzsche. Kundera recuerda esa noción casi metafísica que dicta que el tiempo es circular, que los sucesos se repiten en distintas épocas y con distintos actores, pero que mantienen su esencia en el devenir del tiempo. Todo se repite hasta el infinito. “En el mundo del eterno retorno —escribe Kundera— descansa sobre cada gesto el peso de una insoportable responsabilidad”. El eterno retorno es, quizá, la forma abstracta que más se ajusta al mar: ese cuerpo vasto que vomita sobre la tierra y luego vuelve a su hogar, y se lanza de nuevo contra las rocas y deja escollos aquí y allá, que se revuelven en ella y retornan a su cobijo. Ese mar es el protagonista de los cuadros de la muestra Ires y devenires de Daniela Mejía: una serie de pinturas en óleo sobre lienzo (de vuelta a lo clásico) que reúnen al mar en formas variadas, desde ángulos distintos, acompañado de individuos distintos, pasajeros.

La noción del tiempo en estos cuadros no es gratuita: más allá de la destreza técnica, que nunca determina el valor de una obra (aunque haga parte de él), Mejía reconoce en el mar un objeto eterno, que va por encima de las horas y las cosas. El mar es una entidad tangible; el tiempo, en cambio, como solía decir Jorge Luis Borges, es una entidad inventada por los hombres, tal vez para medir su propia desgracia.

De manera que Mejía enfrenta en sus cuadros dos universos al parecer distintos: la eternidad, retratada en el mar, y el instante, atrapado en cada uno de los cuerpos efímeros que acompañan al mar. El mar está allí como ha estado siempre, cubierto contra el paso del tiempo; los hombres y mujeres (aquellos que esperan, como en A la expectativa; aquellas dos parejas que caminan por la orilla en Ayer y hoy) se someten a la herrumbre que oxida y castiga sus cuerpos. Ejemplos de esto también son los cuadros Ires y devenires, Encuentro con reflejos (que muestra a un hombre mirando el reflejo de otros dos en el agua) e Ir y venir.

El juego de contrarios (eternidad contra instante, mar contra tierra, piel contra agua) permite que exista un conflicto inicial, una aparente lucha entre el paso del tiempo y su inexistencia en el bamboleo de las olas. Pero esa pelea consistente no es, en realidad, una pelea: es un complemento, como siempre suele suceder con los contrarios. Sin la eternidad del mar no existiría la conciencia de la fragilidad de esos cuerpos; sin el paso sosegado del agua y el olor a salitre, los hombres, mujeres y niños retratados serían una entidad en la nada, en la nada deformada y vacía.

Esa conciencia aparece aquí en pinceladas sutiles, en sombras bien trabajadas y cuerpos detallados. Los colores suaves dan a todo ese paisaje, que no es un mero fondo, una coraza de sosiego, de tranquilidad. Su gran acierto está en la composición del mar, que parece en movimiento y señala cuanto escribe Borges en El reloj de arena: “El tiempo, ya que al tiempo y al destino / Se parecen los dos: la imponderable / Sombra diurna y el curso irrevocable / Del agua que prosigue su camino. (...) / Todo lo arrastra y pierde este incansable / Hilo sutil de arena numerosa. / No he de salvarme yo, fortuita cosa / De tiempo, que es materia deleznable”.

 

Ires y devenires estará en Beatriz Esguerra Arte (carrera 16 Nº 86A-31), de lunes a viernes, entre 10 a.m. y 6 p.m.

 

jtorres@elespectador.com

@acayaqui

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