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9 Jun 2020 - 7:29 p. m.

Yo Confieso: El diablo está en los pequeños detalles-Capítulo 11

Yo Confieso: El diablo está en los pequeños detalles-Capítulo 11
Foto: Ilustración: Éder Leandro Rodríguez

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Créditos, capítulo 11

Música

Ave María- Haëndel

Banda sonora: Montaña

Personajes

Narrador-Padre Andrés (mayor): Fernando Araújo Vélez

Padre Andrés: Andrés Osorio

Eugenio: Nelson Sierra

Don Roberto: Nelson Sierra

Padre Benito: Hugo García

Carmen, la señora curiosa: Laura Camila Arévalo Domínguez

Rocío: Laura Valeria López

Curiosos: David Guarín, Germán Ramírez, Lina María Barrero y Carmen Arévalo.

El diablo está en los pequeños detalles

Eugenio puso primera, nos miró y pidió que cerráramos los ojos y aceleró cuando calculó que podía atravesar la avenida sin que nos embistieran. El camión arrancó como si estuviera atacado de hipo. Tosió, brincó. El motor sonaba como si fuera a explotar. Avanzó cinco metros, siete, diez, quince. Los peatones miraban, incrédulos. La gente en los carros, también. Oímos pitos, insultos. Seguimos. Don Roberto y yo nos agarramos de lo que pudimos y metimos el pie hasta el fondo de lo que encontramos. Acelerábamos los tres, y el camión, claro, que seguía escupiendo y se ladeaba cada vez más, tal vez porque sólo funcionaba la mitad del motor. El carro negro paró ante el primer semáforo que había después de la Suba. Yo alcancé a vislumbrar a cuatro pasajeros. Uno, con sombrero. Apenas cruzamos la avenida, con el reguero de frenazos, pitos y gritos que generamos a nuestro paso, el camión fue tomando mayor velocidad.

S.C. “¿Seguro son esos?”

D.R. “Seguro, seguro, son esos”.

S.C: Pues a la de Dios,

El señor Eugenio se dio la bendición y se aferró a la cabrilla con cara de que no había vuelta atrás. Don Roberto y yo supimos entonces que no había remedio y nos preparamos para el golpe, que en cinco segundos fue golpe, estruendo, vidrios rotos, chirridos de llantas, volcada, y después, veinte segundos después, otro estruendo. Una camioneta embistió por un costado al carro negro, que había quedado atravesado en la mitad de la intersección. Cuando pasó la zozobra de los dos choques, Eugenio nos preguntó si estábamos bien.

S.C: ¿Están bien?

Le dijimos que sí, que eso creíamos.

P.A. y D.R: Sí, sí, eso creemos.

S.C. “Pues bien, todo perfecto, vamos por la niña, no hay tiempo que perder”.

P.A. “¿Pero y los tipos? ¿Y si se murieron o necesitan ayuda?, le pregunté yo, pero Eugenio me respondió que no importaba.

S.C. “Bien ganado se lo tendrán”, añadió.

Eugenio se había tomado su papel absolutamente en serio, como si Rocío fuera hija suya. Cuando logramos salir del camión y empezamos a renguear hacia la casa de la hija de don Roberto, lo miró y nos dijo que igual, el seguro pagaba, que el camión ya no servía para nada. Yo iba de último. En realidad, creía que me había roto un pedazo de pierna, pero era preferible no pensar y luego supe que era un rasguño algo profundo y un golpe. Nada grave. A la distancia, comenzamos a oír sirenas. Nos volteamos. Vimos a un montón de gente y de carros que se arremolinaban alrededor del camión, del carro negro y de la camioneta blanca. Una señora señalaba hacia donde estábamos. Don Roberto nos agarró del brazo y comenzamos a correr de nuevo.

D.R. “Por acá a la derecha, ya casi”.

Ya casi fueron cuatro casas. En la quinta, don Roberto timbró como un poseído. Por fin, una voz de mujer gritó que ya, que calma, que quién era, que ya iba, que no timbráramos más.

D.R. “Rocío, mi amor, ¿estás bien?”.

R. “Pero papá, qué pasa”.

D.R. “Después te explico, vamos, entremos que ya vienen”.

Nos metimos a trompicones a la casa de Rocío, que en realidad era un apartamento de dos pisos y un solo cuarto desde donde pudimos ver hacia la calle, por la que pasaban la gente con sus perros y los perros con su gente. Don Roberto le preguntó a su hija si conocía a alguien de confianza que viviera cerca. Ella dijo que una amiga.

R. “Vive como a dos cuadras, pero ni idea si estará o se habrá ido, o mejor dicho, ¿para qué?

D.R. “Nada grave, mi niña. Para que vaya al lugar del accidente y nos cuente qué pasó”.

R. “Para eso, pues voy yo”.

D.R. “No, no, linda, tú no puedes ir, precisamente por eso estamos acá, para que tú no salgas”.

R. “No entiendo nada, papá. Si no me dices qué es lo que pasa, salgo ya mismo”.

D.R. “Chocamos a cuatro tipos que venían a buscarte, pero no tenemos ni idea qué ocurrió con ellos”.

R. “¿A buscarme? ¿Para qué? ¿Por qué?, pero qué es esto, en qué me metiste papá, en qué carajos me metiste ahora?

D.R. “Venganzas, mija, la vida es una interminable espiral de venganzas”.

R. “¿Venganzas contra ti o contra mí? ¿Y mamá, dónde está mamá? Maldito seas, papá”.

D.R. “Ella está a salvo, no te afanes, calma, nada es culpa mía”.

R. “Claro, claro, nada es culpa tuya, nunca nada es culpa tuya, pero un día me dejas un maletín llena de joyas, y otro día me dices que lleve una plata al mismísimo demonio, y después que los papeles y ahora esto, y mañana quién sabe…”

De metido y de puro atolondrado, me entrometí en la conversación y dije que la señora de don Roberto estaba en el exterior, y que allá no le iba a pasar nada. Luego, con los ojos de todos puestos en mí, les aclaré que teníamos que ir a ver lo que había pasado.

P.A. “Si no, en un dos por tres van a llegar acá. Yo me ofrezco para ir. Rocío, ¿tienes un buzo blanco?”

Rocío era menuda. El pelo rojo, largo, liso. Los ojos claros y la piel blanca, salpicada con algunas pecas. Se subió a su cama, dio unos pasos y abrió el armario. Sacó un montón de sacos, y al final me dio uno, blanco, de cuello alto, un poco lanoso para lo que yo esperaba, pero que servía. Ahí mismo, me quité la ropa que llevaba puesta y me lo puse, y a toda velocidad me vestí con la camisa azul oscura que me había quitado, y encima me enfundé en un sweter del mismo color. Me miré en un espejo. Me peiné, me di la bendición, bajé las escaleras y salí. Rocío iba detrás de mí, sin pronunciar palabra. Ya en el primer piso, antes de que me abriera la puerta, le pregunté si pasaba por un sacerdote. Sonrió, arregló un poco el cuello de mi camisa, me dio un beso en la mejilla y me dijo que sí, que parecía un perfecto enviado del Señor, aunque me viera un poco magullado.

R: “Todo un perfecto y santificado enviado del señor, como mi señor padre, que el diablo lo tengan en sus reinos”, dijo entre dientes.

Le contesté que gracias sin querer entrar en discusiones y di media vuelta hacia la puerta, apresurado, para que ella no notara mi turbación. Salí sin mirarla y sin despedirme y tomé el camino por el que habíamos llegado a su casa. Cuando llegué al cruce del accidente, me volví a persignar y puse gesto de cura. Los curiosos, en su mayoría, se habían dividido en cinco grupos: Supuse que uno por cada herido, y otro por el camión.

En la medida en la que me acercaba, oía las distintas versiones de la historia. Que a los que iban en el camión se los había llevado una ambulancia que pasaba por ahí, que los del carro negro habían salido corriendo porque acababan de atracar un banco, que los de la camioneta eran de la policía y habían estrellado al carro negro a propósito, que no, que había sido al contrario, pues los del carro negro eran policías y habían estrellado a los de la camioneta, que eran los hampones, que los del camión se habían dispersado por el barrio y había que tener cuidado.

Voces de curiosos Uno: Yo vi que una ambulancia se llevó a los heridos, se fue por allá.

Voces Dos: Sí, hermanito, los del camión, los del camión.

Voces Tres: Eso del carro negro, esos habían atracado un carro, la madre que sí…

Voces Cuatro: Ah, claro, sí, por eso los perseguían los de la camioneta, viejo, y téngale que eran tiras y hasta ahí llegaron.

Voces Cinco: No, que no, pa nada, los del carro negro eran los tiras, ¿no ven?

Voces seis: Sí, sí, así es, y los del camión son otros hampones y se fueron y por ahí andan.

P.A. “Disculpe, disculpe, mi señora, ¿hubo víctimas mortales? ¿Heridos? ¿Ustedes no saben si alguien requiere de un sacerdote?, le pregunté a una curiosa que observaba como si grabara cada escena.

Curiosa: “Ay, padre, gracias a dios usted está por acá”.

P.A. “Sí, pasaba y vi el tropel, pero aún no entiendo qué fue lo que ocurrió, cada persona dice algo diferente”.

Curiosa: “Créame a mí, padre, yo vi todo… Y cuídese ese golpe que tiene en el cuello”.

Entré en pánico. Me toqué el cuello, le dije que las duchas son una trampa mortal, que me había dado duro en el cuello y en una pierna, que me estaba cuidando, y la miré con profundidad para que siguiera hablando.

Curiosa: “Venga y nos alejamos un poco, padre… Con tanta gente acá y tanta habladuría se confunde una”.

La señora curiosa me llevó a una esquina.

Curiosa: “Yo estaba justo acá cuando pasó todo, esperando a que el semáforo cambiara a verde por la Cien para poder cruzar por acá, y vi el semáforo, nada que cambiaba, y luego oí el ruido de un carro pesado, levanté la cabeza y me topé con ese camión, que le dio durísimo por detrás al carro negro, y después, medio segundo después, surgió de la nada esa camioneta blanca y le dio de nuevo al carro negro. Yo me quedé petrificada, sin saber ni qué hacer ni a dónde mirar, y por un lado, vi a tres tipos que corrían por allá por el Whooper, y a los del carro que salían, o dos salían, porque los otros no pudieron nada, padre, digo nada de salir ni de nada, ¿sí me entiende?

P.A. “Sí, señora, claro que la entiendo, ¿y los de la camioneta?

Curiosa: “A esos como que no les pasó nada, se los llevaron a una ambulancia, aquella… y ahí como que están, padre”.

No me gustaba que me dijera tanto padre, no me gustaba la manera misteriosa en la que hablaba, y menos, que me hubiera alejado de la muchedumbre.

P.A. “¿Y usted conocía a alguien?”

Curiosa: “Pues en ese momento, no. Ni idea quién es toda esa gente y qué quería, porque eso sí, padre, que le quede claro que el camión se llevó al carro negro a propósito…”

P.A. “O se quedó sin frenos”.

Curiosa: “Claro, eso pudo ser, ¿pero por qué salieron, padre? ¿Dígame usted por que se volaron?

P.A. “Pegaron por detrás”.

Curiosa: “Mire, padre, lo que me encontré a unos metros del carro negro”.

La señora curiosa sacó de su cartera un pañuelo, y del pañuelo, una de las plumas con motivos precolombinos. Yo me quedé callado, perplejo. Mi primera reacción fue querer quitarle la estilográfica y volver a la casa de Rocío, pero supuse que eso iba a empeorarlo todo. Elegí extender mi mano con la palma hacia arriba y preguntarle cómo la había hallado. Me dijo, o me volvió a decir, que ella había visto todo, que estaba ahí cuando el doble choque y que la pluma estaba cerca del carro negro.

S.C. “Yo sé que esta puede ser la escena de un crimen, y que uno no debe tocar nada, padre, pero no creo que esta pluma marque alguna diferencia muy importante, fuera de que no sabemos si esto fue un crimen…”

P.A. “Tiene usted razón, sin embargo…”

S.C. “¿Cree que pueda ser valiosa para algo?”

P.A. “No, para nada… Uno nunca sabe, en estos accidentes ocurren cosas muy extrañas”.

S.C. “Dígamelo a mí”.

P.A. “¿Me permite la pluma?”

S.C. “Claro, tome, tome”.

Yo tenía el pulso descompuesto. La carrera, la persecución, el choque, la huída, haber regresado a la escena del accidente, o mejor, a la escena del intento de homicidio como mínimo, la gente, las sirenas, los gritos, la pluma, la pluma la plu-ma. Sabía que si tomaba esa pluma me iba a deshacer en medio de la tensión, y pensar en eso hacía que mi mal pulso se multiplicara. No obstante, tenía que ver la estilográfica. Revisarla para saber si era una de aquellas, como lo imaginaba. La señora curiosa la sacó del pañuelo, la observó, la revisó, pasó sus dedos regordetes sobre ella, la destapó para ver la punta, supuse, la cerró y me la ofreció. Yo sabía que si la agarraba con delicadeza se iban a notar más mis nervios, así que como antes, abrí las manos y luego cerré los ojos y murmuré cualquier cosa que pareciera una plegaria. Al verme, la señora también cerró sus ojos y abrió la palma de sus manos, sosteniendo la pluma en la derecha, entre los dedos pulgar e índice, y murmuró su propia plegaria. Me causaron curiosidad sus murmullos, pero no le pregunté nada. Cuando yo terminé, ella siguió con su ritual. La gente pasaba por nuestro lado y nos miraba con algo de extrañeza. Yo pensaba que esa misma escena, en otras circunstancias, hubiera dado para algún tipo de sospechas. Sin embargo, en aquel instante, con todo lo que acababa de ocurrir y lo que seguía ocurriendo y lo que iba a ocurrir seguramente, cualquier cosa podía ser normal. Apenas terminó su oración, o lo que fuera que había murmurado, la señora curiosa puso la pluma sobre mis manos. De alguna manera, el show de la plegaria me había calmado un poco. Tomé la pluma, me la pasé de una mano a la otra y me di vuelta con la excusa de ver cómo iba el revuelo del accidente.

Y mientras veía que llegaban carros y ambulancias y oía gritos destemplados y sirenas, destapé la pluma y miré por dentro. Sí, había un número de varios dígitos, grabado sobre una lámina adherida a la parte interna de la estilográfica. Sentí un escalofrío, o dos, y luego un ligero mareo, y después, la mano de la señora curiosa en mi hombro. Me preguntó si estaba bien, pero yo no me encontraba para nada bien, y a pesar de eso, le contesté que sí, que si me notaba raro era por los cuerpos de las víctimas en el piso y que los llantos me estremecían.

P.A. “¿Y sabe algo de esa pobre gente?

S.C. “No, nada, padre, por ahí oí que eran unos simples oficinistas que iban a una despedida de soltero, y por la sábana blanca que desplegaron sobre un cuerpo, pues parece…”.

P.A. “¿Oficinistas? ¿Y ese de la sábana murió?”

S.C. “Ay, padre, creo que sí, qué triste uno acabar la vida así, aunque a todos nos toca”.

A todos nos tocaba. Todos moriríamos, por supuesto. Así o de una manera más absurda. Y todos éramos cómplices, pensé. El escalofrío de antes se volvió fiebre, tembladera, sudor frío e hirviendo, y gotas que caían por la cara y se metían por la espalda, y miedo. Sentí miedo de que la muerte me tragara, de que el tipo de la sábana blanca se levantara y me señalara ante toda esa gente, y peor aún, ante Dios y el Diablo y los ángeles y los súcubos y los íncubos, y entre el miedo a la muerte y el pánico de que alguien en realidad me señalara como uno de los culpables del choque, sentí como un bajón de la sangre, un tirón, y me senté en la acera agarrándome la cabeza. Desde allí, desde aquella acera que parecía una de las pailas del infierno, oí la voz de la señora curiosa que gritaba y escuché sus alaridos, mezclados con una versión apocalíptica del Ave María de Haendel, y con otras voces, seguramente de la gente que se había arremolinado en torno nuestro. Quise llorar y creo que lloré y me vi desde afuera, caminando del brazo de la señora de la pluma, con la pluma entre mis manos, llegando a una casa de rejas verdes, y ya no me vi más, hasta que desperté en una sala repleta de cojines, cubierto por una ruana que olía a lluvia… Sin la estilográfica entre mis manos. De nuevo sentí un escalofrío, y helado, me levanté del sofá y corrí a la puerta. Estaba con seguro. Me asomé por el comedor, y ahí, por una ventana que daba a un jardín. También estaba cerrada. Oí unos pasos. Me envolví en una cortina. El sonido de los pasos era como de zapatos de mujer, y con cada paso aumentaba.

S.C. “Padre, padre, dónde anda”.

Me quedé en silencio, en un estúpido silencio, pues más tarde o más temprano la señora curiosa me iba a descubrir. Entonces timbraron y la señora curiosa gritó que ya iba, aunque nadie la escuchara. Apresuró su andar, destrabó un montón de seguros de la puerta principal y volvió a decir que ya iba, que un momento. Yo me salí de mi escondite, que en realidad eran los pliegues de una cortina, y observé la escena. La señora abrió la puerta, una reja ubicada a medio metro, y volvió a hablar con un agudo tono que a mí me pareció entre sorpresivo y feliz con ciertos tintes de temor.

S.C. “Pero padre Benito, cuánto gusto de tenerlo por acá, no sabe cuándo lo he estado pensando”.

El padre Benito se acercó, aunque yo no lo pude reconocer con claridad. Era como una sombra negra que se acercaba y que murmuraba algo que yo no logré captar, y que después se fundía en un abrazo más largo de lo habitual con la señora curiosa.

S.C. “Pero padre, pase, por favor, pase”.

La señora curiosa parecía nerviosa. Hablaba de más, con el tono cada vez más agudo, y caminaba de un lado a otro, explicando una y otra vez lo que no tenía que explicar. Miraba hacia la izquierda y la derecha y de nuevo a la izquierda y otra vez a la derecha, supongo que buscándome.

S.C. “Es que estaba recostada un rato, padre, y con estos fríos que hacen en esta casa…”.

El padre Benito se sentó en el sofá donde yo había dormido, o mejor dicho, donde la señora curiosa me había echado, se recostó, cruzó una pierna sobre la otra, sacó una cajetilla de cigarrillos, le ofreció uno a su anfitriona, dijo algo en voz baja y encendió uno.

S.C. “Voy y le traigo un café, padre, porque los cigarrillos sin café no saben a cigarrillos”.

P.B. “Gracias, Carmen”.

Carmen, la señora curiosa se llamaba Carmen. Vaya manera de enterarme. Tantas cosas había vivido con ella en tan poco tiempo, y tantas faltaban, y ni siquiera me había preocupado por preguntarle su nombre. Ya como Carmen, pasó por un lado de donde yo estaba y se metió en la cocina. Desde allá, a los gritos, le preguntó al padre Benito si quería azúcar.

P.B. “Como siempre, no se preocupe”.

Como siempre, fue que le llevó una taza inmensa con arabescos como de Toledo y unos sobres de algo. El padre Benito se inclinó hacia adelante cuando Carmen llegó con su café, y mientras abría los sobres, le preguntó si había sabido algo del accidente que acababa de ocurrir.

C. “Ay padre, todo, o casi todo, yo estaba ahí, y no salgo de este estado de nervios, y de pronto se apareció un cura…”.

P.B. “¿Cuál cura, Carmen, cuál cura?

C. “No sé, padre, ni siquiera le pregunté su nombre, pero me hizo muchas preguntas”.

P.B. “Como yo, supongo”.

C. “Sí, padre, como usted. Ya sé que suena lógico que a uno le hagan preguntas si vio un accidente, si estuvo ahí, pero ese padre preguntaba más, no sé cómo explicarle, era como si él supiera lo que había ocurrido y quisiera saber lo que habían dicho sobre eso, sobre el choque, o los dos choques, y los heridos y el muerto, y ahora…”

P.B. “¿Y ahora?”

C. “Pues que ahora no sé qué se hizo, padre”.

P.B. “Espere, Carmen, espere un poco que no le entiendo nada. Primero, que fue por lo que vine, ¿Lucrecia sigue acá o vino y se llevó la pluma? Porque usted me dijo que se habíaa encontrado una pluma, ¿no? Y segundo: ¿Por qué usted tendría que saber qué se hizo ese sacerdote?”.

Carmen se levantó de un brinco y comenzó a caminar por la sala. Miraba los libros de la biblioteca, se daba vuela y observaba al padre Benito, y después se asomaba para ver si había alguien en la puerta de entrada y se halaba el vestido.

S.C: “Sí, la señora Sandoval vino y yo le di la pluma”.

Desesperado, el padre Benito también se paró del sofá, se le acercó y la tomó del brazo para preguntarle de nuevo por qué ella tendría que saber qué se había hecho el sacerdote. Se miraron. Ella, con miedo. Él, con angustia. Por fin, Carmen dijo algo que no alcancé a escuchar, algo muy corto, como un sí y dos cosas más, llevó al padre Benito a un rincón y le dijo unas palabras más. De inmediato, se separaron. Cada uno agarró un cenicero. Empezaron a buscarme. Ella subió las escaleras y luego bajó. Él salió al garaje.

S.C. “Padre, padre, dónde anda”, preguntaba la tal Carmen.

Y se acercaba. Y a mí el pulso me desbordaba. Y el miedo. El sudor. El no saber nada de nada. Cuando Carmen estuvo cerca, casi a mi lado, vi un cenicero de aquellos que pesaban toneladas y le di con él en la cabeza. Se derrumbó en un solo movimiento y su caída sonó como a golpe de bulto de papas que se desploma. ¿La verdad? Yo quise mirar cómo había quedado, quise socorrerla, de verdad que quise socorrerla, ayudarla, pero entonces escuché la voz del padre Benito…

P.B. “Carmen, Carmeeeeeen, ¿por dónde anda? Su cura como que se esfumó”, gritaba, medio en broma medio en serio y seguía gritando y su voz era cada vez más cercana, hasta que alcancé a ver su sombra, que regresaba del garaje y empezaba a meterse en la sala.

Libreto original

Fernando Araújo Vélez

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