Por: Santiago Villa

El mundo surreal de la guerra contra las drogas

El fallo de la Corte Constitucional, con respecto al consumo de alcohol y sustancias psicoactivas en espacio público, reabrió un debate que ha cojeado desde que la Corte, bajo la presidencia de Carlos Gaviria, legalizó la “dosis mínima” en 1994: una medida que hizo poco para solucionar el problema estructural que ha generado la prohibición de las drogas (uso “drogas” como sinónimo coloquial de sustancias psicoactivas).

La sentencia creó una contradicción entre la legalidad del consumo de las drogas, y la prohibición a su producción y venta. No es lógico que si hay una sustancia cuyo consumo es legal, su producción y venta sean proscritas. Es urgente drenar esa laguna legal en la que está chapuceando el consumidor, y Colombia en general.

La confusión legal ha llegado a su paroxismo esta semana, cuando se anunció que, si bien una persona aún no puede vender cocaína en su casa o en un establecimiento comercial, o sembrar coca para luego procesarla en un laboratorio, sí puede consumirla en la calle.

Esta contradicción nació en Europa, donde los países que legalizaron el consumo de sustancias como la cocaína no deben lidiar con el imperio criminal que la produce. Pueden entonces proteger el libre desarrollo de la personalidad de sus consumidores, pero no preocuparse por la libre importación y venta de los narcóticos que sus ciudadanos consumen. Es una libertad superficial, porque perpetúa la estúpida situación en la que estamos atrapados: las mafias producen, trafican y contrabandean una sustancia cuyo consumo es legal.

La contradicción nace de una confusión en los juicios morales. Se asume que es inmoral lucrarse de la producción y venta de drogas, porque son sustancias perjudiciales para la salud; pero es una libertad individual consumirlas, porque cada quien decide qué hace con su salud. Es inmoral hacer dinero vendiendo sustancias dañinas, pero no es inmoral consumir sustancias dañinas. Esta tonta distinción tiene a Colombia bañada en sangre.

En una redundante y falaz columna de opinión publicada el domingo en El Tiempo, Juan Lozano, el director de Noticias RCN, dice que el derecho de los niños debe prevalecer sobre el derecho de los drogadictos, cayendo en un lodazal argumentativo que disimula repitiendo esa misma sentencia una y otra vez: “el derecho de los niños está por encima del derecho de los drogadictos”.

Lozano nunca aclara cuál es exactamente el derecho de los niños que se estaría violando. Supone uno que es a no presenciar el consumo de alcohol y sustancias psicoactivas, pero resulta que eso no es un derecho de la infancia. Ningún niño tiene el derecho a no presenciar el consumo de alcohol, de lo contrario, sería ilegal beber alcohol en presencia de niños, y entonces el 99% de los adultos colombianos debería ir a la prisión. Así que no es un derecho de los niños estar en ambientes libres de alcohol (o incluso drogas psicoactivas), pero es responsabilidad de sus cuidadores darles una firme pedagogía en torno a su consumo.

El fallo de la Corte Constitucional tuvo el efecto de cobijar el consumo de drogas bajo el manto de los derechos constitucionales, lo cual estaría muy bien si a eso se le hubiera sumado proteger la producción y venta de cocaína como un derecho constitucional, que hubiera sido lo lógico y más deseable, pues habría cercenado las mafias del narcotráfico de un tajo.

Sin embargo, dado que las drogas nunca se normalizaron e integraron a nuestra vida cotidiana, sino siguieron satanizadas por la persecución al narcotráfico, serán objeto de escándalo público los avances en los fallos constitucionales sobre libertades individuales, relacionados al consumo de sustancias psicoactivas. Esto entorpece el debate, porque estamos discutiendo un extremo de la reglamentación (consumir drogas en espacio público), sin haber antes legalizado los primeros pasos lógicos en esta cadena (la producción y venta).

Son este tipo de confusiones, a un extremo y otro de la palestra ideológica (la confusión creada por Carlos Gaviria y la confusión fomentada por Juan Lozano), las que dificultan una conversación seria sobre cómo legalizar y regular la producción, venta y consumo de las sustancias psicoactivas.

Procedemos como niños asustados de aprender a nadar. Estamos pasados de legalizar la producción y comercialización de las drogas, y de debatir como adultos sobre cómo regular cada eslabón de la cadena dentro de un marco jurídico y normativo.

Twitter: @santiagovillach

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