Por: Manuel Drezner
El Arte y la Cultura

El Teatro Escocés de Danza

Teatro Escocés de Danza es el nombre de una compañía conformada por nueve bailarines que presentan obras experimentales y que se presentó en el Teatro Santo Domingo en un programa con dos obras que definitivamente rompen con lo común. Una de ellas es Ritualia, una versión de Las bodas, de Bronislava Nijinska, con música de Stravinsky. En una charla con este compositor hace muchos años, este me confesó que era su obra preferida. En realidad es música de gran altura y el ballet que creó la coreógrafa es importante. Pero aparte de la música y una alusión a las trenzas de la novia, nada se conserva de la creación original. Los bailarines, todos vestidos con mallas negras, no hacen distinción de género y se dedican a una serie de pasos que llevan a interesantes conjuntos, pero sin que se logre transmitir el mensaje que aparentemente deseaba la coreógrafa. No hay que olvidar que muchos críticos consideran el ballet de Nijinska el primero con fondo feminista, y el pasarlo a algo ambiguo no ayuda, de manera que lo único que se ve en escena es una serie de pasos originales, sin ningún contenido claro.

No menos extraña fue la otra obra en el programa, que tiene el curioso nombre de Tutumucky, donde se repite el tema de la negación del género, ya que todos, bailarines y bailarinas, llevan una falda parecida al tutú del ballet clásico, al que alude el nombre de la pieza. En el programa dicen (y copio literalmente) que “la obra plantea la importancia de encontrar la paz y la tranquilidad en medio del caos del mundo contemporáneo”. Hasta aquí la cita, pero ella se hace porque en ningún momento de ese montaje se encuentra paz y tranquilidad, a pesar de que casi toda está representada en la semioscuridad. La música de Torben Lars Sylvest (que según la biografía es productor musical autodidacta) es fragmentaria y sin ninguna unidad aparente. Lo que sí es claro es que el caos del mundo contemporáneo se encuentra en la pieza, pero no en la forma que deseaban sus creadores.

El problema principal está en que no se ve en ninguna de las dos obras presentada un criterio claro que permita afirmar que la visión de los creadores fue lograda. Es indudable que hay mucha imaginación en juego y los bailarines se desempeñan muy bien en los difíciles movimientos de cada una de las coreografías, pero la sensación que queda al final recuerda el cuento shakesperiano de algo lleno de sonidos y de furias, pero que no significa nada. La libertad que permite la danza moderna se puede usar para algo muy expresivo, y es lástima que esto no se haya logrado en la presentación del grupo escocés.

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