Por: Mauricio García Villegas

Elogio de la soledad

Siempre me ha gustado la soledad; o mejor, la soledad remediable, esa que en cualquier momento puede recuperar la compañía. Como decía Victor Hugo: “Amo la soledad siempre y cuando no esté solo”. Por eso, a pesar de todas las angustias que ha traído este confinamiento, he disfrutado de los ratos adicionales de soledad que han venido con el encierro.

La sociedad en la que vivimos, la misma que parece haberse ido con la pandemia pero que volverá pronto, desdeña la soledad; la ve como una falla que hay que corregir, y para eso nos ofrece la televisión, la radio y las redes sociales, para que nos acompañen. Pero, más que acompañarnos, esas cosas nos brindan distracción visual y auditiva, un bombardeo de imágenes y sonidos impactantes para que la atención no desfallezca, un sedante para pasar el tiempo de manera tranquila, sin sobresaltos, como si estuviésemos haciendo pereza sin ser conscientes de ello. Estoy simplificando las cosas, lo sé, pero no demasiado. Hoy, las pantallas de televisión están en todas partes: en los bares, en los aeropuertos, en las universidades, en las salas de espera, en los hospitales, siempre listas para embolatar la vista y el oído de gente apresurada, cansada o simplemente sola, que pasa por ahí. Es casi imposible escapar a esa compañía distractora: hay que encerrarse, o ir al campo profundo para poder estar solo (los pueblos se han vuelto tan ruidosos como las ciudades).

Todo esto empieza muy temprano: a los bebés no se les contrata una niñera, ni se les pone otro bebé al lado para que jueguen, sino que se les entrega una tableta o un celular. Todavía no sabemos bien qué implicaciones tiene crecer en un apartamento, entretenido por pantallas, en contraste con crecer al lado de otros niños, en la calle, conversando y jugando. No soy de los que se horrorizan con la adicción tecnológica, pero sí creo que, como todos los cambios drásticos en la manera de vivir, hay algo que se gana y algo que se pierde. Los sicólogos sociales no saben bien cuál es el precio que estamos pagando por abandonar las rutinas de antes, pero yo sospecho que perdemos parte de nuestra capacidad para estar solos y, con ella, parte de nuestra vida interior y de nuestro talento para enfrentar la vida y relacionarnos con los demás. Si, como decía Orson Welles, “nacemos solos, vivimos solos, morimos solos y únicamente a través del amor y la amistad podemos crear la ilusión momentánea de que no estamos solos”, desconocer este hecho ineludible que es la soledad, o embolatarlo con imágenes y ruido, no parece algo sano.

Tal vez la vida que teníamos antes, corriendo sin descanso de un lado para otro, nos había marchitado la introspección. Tal vez soy un nostálgico de la soledad y por eso estimo que la estamos malogrando con el trabajo sin descanso y el entretenimiento sin substancia. Tal vez deberíamos ser más conscientes de que la meditación, las religiones y la filosofía también obedecen a la necesidad que tenemos los seres humanos de encontrarnos con nuestro yo interno y de darle un sentido íntimo a lo que hacemos.

No hay que ser filósofo, ni sacerdote, ni monje budista para tener una vida interior o disfrutar de la soledad. Siempre podemos escaparnos, incluso en medio del bombardeo de sonidos y de imágenes, para encontrarnos con el yo que todos llevamos dentro, para cultivarlo y protegerlo, para que no se convierta en un ser extraño que nos incomoda o nos estorba.

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2020-05-23T00:00:37-05:00

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2020-05-23T05:01:56-05:00

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