"Amy", martirio y muerte

Los problemas sentimentales y personales que marcaron la breve vida de la diva londinense del jazz y el soul plasmados en “Amy” resonaron en el festival francés.

Archivo El Espectador / AP

"Si hubiera podido, le habría dicho que su don es demasiado importante para malgastarlo. Le habría dicho que si le das tiempo a la vida, ella misma te enseña cómo vivirla". El que habla es Tony Bennett. Lo hace justo al final de “Amy”, el controvertido documental sobre Amy Winehouse, filmado por Asif Kapadia y repudiado de forma frontal por la familia de la artista.

La película se esfuerza, y a su modo lo consigue, en pelearse contra todo, contra lo más evidente. Sin rehuírlo. En efecto, antes de cumplir los 16 años, Amy ya había completado una licenciatura en depresiones, bulimias y drogas blandas. Poco más tarde, era ya experta en heroína, crack, cocaína y cualquier otra sustancia ilegal. Para el final, y asediada por la obligación contractual de seguir adelante, ya sólo era alcohol, perfectamente legal, lo que entretenía sus largas mañanas de insomnio. Las noches ya estaban perdidas, asegura Luis Martínez para El mundo de España.

A lo largo de dos horas, la película repasa de forma puntual las industrias y andanzas de la cantante, que murió a los 27 años. Todo discurre a medio camino entre la declaración de amor y el más escrupuloso trabajo de documentación. Y por las dos razones, impresiona. Las entrevistas, más de 100, se escuchan por debajo de todas las imágenes registradas a lo largo de su vida. No aparece un solo busto parlante. Y la banda sonora sigue puntual el recorrido cronológico de un talento en verdad único.

Críticas de la familia

Y así, poco a poco, emerge un relato cruel que no puede dejar contento a nadie. Los padres, que cedieron al director todo su archivo, ya han protestado. Se sienten traicionados. En efecto, escuchar a la madre relatar cómo pasó por alto la dieta a base de vómitos que seguía su hija hiela la sangre. Y lo hace de la misma manera que el contemplar la avaricia de un padre más preocupado por ver a su hija sobre el escenario que simplemente de pie.

Luis Martínez – Cultura / El Mundo– España (Lea aquí el artículo completo