De versos y suicidios

La filmación de ¡Que viva la música!, una de las obras cumbres de Andrés Caicedo, quien se quitó la vida a los 25 años, ha revivido viejas historias de escritores suicidas. Acá, un breve repaso.

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Hubo un día histórico que pasó en silencio y fue lluvioso, como casi todos los días de aquella Bogotá de los años 30. Un día gris, frío, marcado como 30 de junio, en el que los parientes de José Asunción Silva se atrevieron a desafiar las leyes y dogmas de los católicos y en medio de la mayor discreción sacaron los restos del poeta y los llevaron al Cementerio Central, el campo santo de los “verdaderos hijos de Dios”, como decían las señoras de bien. Silva había cometido el sacrilegio de suicidarse, como lo calificaban los moralistas a rajatabla, el 24 de mayo de 1896, con un disparo en el pecho, según lo relataron los historiadores tiempo después, y luego de haberse pintado un corazón.

Las primeras versiones indicaban que se había matado por amor, siguiendo la línea de los románticos que 100 años antes se mataron para seguir hasta su imaginaria tumba al joven Werther de Goethe. Luego alguien se atrevió a sugerir que Silva se había suicidado, entre otras razones, por sus infinitas deudas. Su muerte generó rechazo, pero también amor. Hubo quienes lo repudiaron y quienes lo copiaron. Sus detractores, incluso, regaron por toda la ciudad la voz de que los amores imposibles con su hermana Elvira habían desatado la tragedia.

Se amaban, eso era cierto. Toda la ciudad lo sabía y lo rumoraba. Tal vez por ello, ninguno de los Silva se opuso a que ya en el cementerio de los “justos”, los sepultaran uno al lado del otro, hasta el fin de los tiempos. Sin embargo, los posibles motivos de su disparo pudieron ser todos los anteriores: deudas, amor, locura y romanticismo. A fin de cuentas, cual sombra sin rumbo, iba atormentado por las heridas del amor, de la vida y de la muerte, como diría el poema de Miguel Hernández 20 años más tarde.

Quienes lo elevaron al altar del romanticismo, aplaudieron y hasta celebraron la moda de los suicidas que se desencadenó entonces por toda Bogotá. Unos dejaban cartas. Otros, simplemente se pegaban un disparo o se ahorcaban, para dejarle a la posteridad las minucias del dolor y las razones. En 1908, según crónicas de la época, el Cementerio de los Suicidas, que estaba situado a pocos metros del Central, tuvo que ampliarse. Para ubicar los cadáveres a lo largo y ancho del terreno, los deudos se vieron obligados a olvidar las viejas costumbres, según las cuales botaban por encima de una paredilla los cuerpos de los suicidas para que después un sepulturero los enterrara.

Era urgente distribuir bien el espacio, y que ese espacio estuviera perfectamente delimitado, para que los católicos no se unieran con los paganos, para que los suicidas “bajaran” directo al infierno, y los santos fueran al cielo. Tiempo atrás, todas estas creencias y costumbres estaban tan arraigadas en los bogotanos, que cuando los cadáveres dejaron de sepultarse en las iglesias por cuestiones de salud, y se construyeron los primeros cementerios, como el Central de Bogotá, en 1837, los familiares de quienes fallecían les pagaban a los curas un dinero amplio para que simularan una ceremonia de sepultura en el cementerio, con un ataúd repleto de piedras, y el cuerpo real lo enterraran en la iglesia en horas de la madrugada.

Silva fue el único de los suicidas que pudo terminar en la bóveda principal del Cementerio Central. En los años 40, cuando Bogotá volvió a vivir otra moda de muertes por propia decisión, los cortejos fúnebres pasaban por el lado de su mausoleo, y los suicidas lo visitaban para darse valor. Uno de ellos, ex agente de la Policía, le dejó una nota pisada con una flor. Al día siguiente, una soleada mañana de domingo, recogió a su novia y la llevó al Salto del Tequendama. Los diarios del lunes 27 de enero de 1941 reprodujeron la historia en un pequeño rincón: “Ayer, antes del mediodía, un ex oficial se arrojó al abismo en el Salto del Tequendama, después de haber besado a su novia.

La dramática escena fue presenciada por cientos de turistas que se encontraban en el lugar. La joven pareja se tomó una fotografía, y acto seguido, el hombre besó a la mujer y se lanzó. Su novia trató de seguirlo, pero fue detenida”. Una semana después, la noticia era que: “La ciudadana Diva Quintero quiso matarse, cerca al Salto del Tequendama, la última semana de enero pasado. La protagonista del intento vino a la ciudad procedente de Neiva (Huila), el 5 de enero, con el único y exclusivo fin de quitarse la vida en el Tequendama. Al ser detenida y conducida a la ciudad, trató de arrojarse a un automóvil. Entre sus bienes, las autoridades encontraron unos versos:

“Yo María Diva Quintero
a quien le dicen “Madama”
sus amigos,
mañana, cinco de enero,
me lanzaré al Tequendama,
sin testigos.
¡Boca de abismo cruel,
hondura de la tremenda catarata!
¿Para qué vivir sin él?
acepta la humilde ofrenda
de esta chata”.

Los versos eran frecuentes entre los bogotanos, y más aún, entre los románticos que se quitaban la vida. Por aquellos días, en los que incluso se publicaban avisos en los periódicos para enseñarle a la gente a suicidarse, un zapatero que se quitó la vida de un tiro de revólver, el 7 de enero de 1941 a las cinco de la tarde en un lote de la calle 59, escribió:

“Ni con tu cara de foca,
ni con tu pelo de yute,
ni con tus ojos de mute,
ni con tus uñas de roca,
ni con tus manos de fique,
ni con tus dientes de yuca,
ni con tus piernas de Antuca,
ni con tus pechos de chique,
podrá quitar alfeñique
el alma mía, que maduca
su ración de espuria cuca
y bebe en el alambique
una bebida maluca.
Chique, chique, chique, chique.
Si no me pasa este achaque me iré
para Subachoque,
a que la gente me atraque,
y un automóvil me choque.
Me bañare en una ducha,
me dormiré en una pica,
me volveré radioescucha,
incendiaré una botica,
me raptaré a una muchacha
que sea bien rica,
a quien le diré la Chucha
si en la tarde me repica.
Chique, chique, chique, choque,
tique, tique, tique fique,
me voy ya es de noche”.

Hoy los bogotanos se matan en sus casas. Se ahorcan, se pegan tiros, se toman frascos de pastillas, se cortan las venas. No dejan versos ni intentan pasar a la inmortalidad. A pocos les importa si van al infierno o no. “A mí lo único que me haría feliz es que mi mamá estuviera al lado de Oscar Wilde y de Elvis Presley, sus dos grandes amores”, escribió meses después del suicidio de María Mercedes Carranza su hija Melibea. Era el mes de julio del 2003. Desde ese día, y de una u otra forma, Bogotá ha sabido de mil suicidas hasta hoy, y de los intentos de 10 mil más. Tantos números y tan simples para ocultar tantas razones de dolor.

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