Colombia2020 y Rutas del Conflicto lanzan plataforma para seguir el pulso al acuerdo de paz

hace 4 horas

'Escándalo americano', película nominada a 10 premios Óscar

"La vida no es blanco y negro, como usted lo cree, sino muy muy gris". Una verdad quizá obvia, pero en últimas muy conveniente para los personajes de la película dirigida por David O. Russell,

Christian Bale, Amy Adams y Bradley Cooper en una escena de 'Escándalo americano'.

"La vida no es blanco y negro, como usted lo cree, sino muy muy gris". Una verdad quizá obvia, pero en últimas muy conveniente para los personajes de 'Escándalo americano', película dirigida por David O. Russell, protagonizada por Christian Bale, Amy Adams, Bradley Cooper y Jennifer Lawrence; la cinta está nominada a 10 premios Óscar.

En ese gran espacio gris, poblado de incertidumbres y a la vez de oportunidades, Irving Rosenfeld (Bale) y Sydney Prosser (Adams) triunfan mediante el engaño: los dos son el último recurso financiero de los desesperados, el dinero fácil para aquellos que no pueden conseguir un préstamo en los años después de Vietnam y Nixon, tiempos con una buena dosis de una cierta desesperanza que trató de negarse a través del exceso; el dinero prometido, claro, nunca llega (aunque sí la comisión por un trámite inexistente) y así va la cosa. Siguiente cliente, por favor.

El negocio fluye hasta que aparece el FBI, que entra en escena bajo la figura del agente Richie DiMaso (Cooper), un hombre con su propia dosis de desespero y ambición, una combinación que parece no resultarle ajena al actor, quien estuvo nominado a un Óscar por su papel en 'Silver Linings Playbook', en la cual encarna a un hombre que busca recuperar a su esposa y su vida después de haber sufrido una crisis nerviosa y ser internado en un hospital psiquiátrico.

La historia de cada personaje se va asentando rápidamente y el pasado fluye aún más de prisa mediante la introducción de narraciones en off que van terminando de dibujar el contorno que convierte a los protagonistas en lo que son: personas con dos o tres vidas encima, maestros de la decepción y el engaño; no magos, tan sólo sujetos hábiles, visionarios, los llamarían algunos.

El agente DiMaso irrumpe en la vida de los estafadores no para arrestarlos, sino para pedir su ayuda en varios negocios que terminarán por involucrar a una serie de políticos con un afán desmedido por el dinero (hay en esto una evidente redundancia). Al principio de la película hay una aclaración, incluso una advertencia: "Algunas de estas cosas sucedieron en realidad".

Sin secuencias de persecuciones ni grandes despliegues de fuerza, el gran engaño, el último que harán Rosenfeld y Prosser, transcurre en una dimensión muy humana, un plano en el que existen el riesgo y la angustia y las palabras parecen ser el último recurso para lograrlo, o perderlo, todo.

Los diálogos de la cinta corren por cuenta de Russell (el director) y Eric Warren Singer y, si bien pueden no ser una pieza literaria, entregan más que simples hilos conductores: la historia fluye en manos de unos sólidos personajes que, pasando el umbral de lo creíble, entran en el terreno de la comodidad en un lugar que lentamente se va encogiendo bajo sus pies, una oportunidad que cada vez parece más lejana.

A mitad de camino en la película, Russell ha acorralado a sus individuos, todos contra las paredes de sus propios líos, todos confrontados con los límites de sus aspiraciones. Y es ahí en donde las actuaciones de los cuatro actores principales brillan, pues en medio del conflicto de identidades que vive en cada personaje, la cinta adquiere un nivel de drama y tensión que no se aleja de la comedia; acaso una farsa acerca del sueño americano.

Un juego de apariencias, como un salón con espejos distorsionados, en el que los protagonistas caminan continuamente una línea difusa que a la vez es salvación y condena. El espectador asiste a la confusión de una estafa en la que no resultan muy claros los ganadores, una anotación, claro, acerca del bien y el mal, pero también acerca de la naturaleza de los personajes: ninguno es blanco y negro, pero todos sí muy grises.