“Me considero un artesano del cine”: Harold Trompetero

El director, invitado a la novena versión del Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, habló de la estética de sus producciones, que se encuentran entre el drama y la comedia, y de su reciente producción, “Perros”.

Harold Trompetero es conocido por haber dirigido “Violeta de mil colores”, “El paseo” y “Mi gente linda, mi gente bella”. / David Campuzano

Este ha sido un año fecundo para el cineasta colombiano Harold Trompetero: en la pasada Feria del Libro de Bogotá presentó Todos los domingos son el fin del mundo, su primera novela, y ahora lanza Perros, su más reciente largometraje. Trompetero es uno de los invitados a la novena versión del Encuentro Nacional de Escritores Luis Vidales, evento que a finales de este mes se realizará en el Quindío. Allí el director de cine presentará su película al público general, pero también tendrá una sesión con internos de la Institución Penitenciaria de Peñas Blancas.

En su filmografía dramática —esa que usted dice que no se conoce mucho en el país— hay una recurrente pregunta sobre las relaciones afectivas. ¿Qué herramientas le brinda el cine para explorar el más viejo de los temas, el del amor?

El cine da la posibilidad de mostrar eso que escondemos en los espacios más íntimos: detrás de las puertas de los baños, debajo de las sábanas, en nuestros pensamientos secretos. A esos espacios es donde me gusta ir a buscar cosas para mostrar en estas películas que no producen necesariamente risa y más bien crean escozor.

Mucha gente conoce su nombre por las comedias familiares que ha dirigido. Sin embargo hay un abismo entre “El paseo” y, por ejemplo, “Violeta de mil colores” o “Perros”. ¿Cómo hace para dirigir filmes tan distintos a nivel estético?

Me considero un artesano del cine. Como un carpintero o un zapatero que busca hacer la cama o el zapato que mejor le quede a su cliente, yo busco satisfacer a mi cliente. Ahora, mi cliente, antes que el público, es la historia que estoy contando, y eso me dicta unas directrices estéticas para cada película, y esas directrices corresponden a su vez a cierto tipo de público. Por ejemplo, ahora que soy papá me encantaría hacer una película infantil. No creo que tenga las habilidades para hacer suspenso o acción. Creo que las películas populares me salen bien porque vengo del pueblo y me identifico mucho con lo popular. Las películas dramáticas son la otra cara de mi risa.

Hablemos sobre ese punto: usted ha dicho que el público colombiano se formó viendo filmes como “El taxista millonario” y “El embajador de la India”. También programas como “Don Chinche”. Usted es de los pocos cineastas que reivindican esta tradición narrativa. ¿Qué virtudes narrativas y culturales encuentra en ella?

Negar esas obras en la influencia del imaginario audiovisual colombiano sería como negar el vallenato, la cumbia o el currulao en nuestra tradición musical. Esos trabajos tienen en común el humor que es el aliciente que toda sociedad tiene para matizar sus dolencias. Los colombianos tenemos un gran sentido del humor, sólo hay que estar en el Carnaval de Barranquilla, o en el de Pasto, o un fin de semana en El Rodadero, o en un paseo de olla familiar al río de cualquier ciudad, para ver que la risa, las bromas y los chistes son el eje central de todo lo que pasa. Esas obras rescatan ese sentir haciendo un espejo de lo que somos, por encima de la violencia y lo aparentemente trascendental.

En “Perros” incluyó en el equipo de actores a expresidiarios. ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Qué tanto conoció el mundo carcelario para escribir el guion?

La escritura del guion de Perros fue un proceso que duró ocho años. Fue escrito a seis manos (Jeiver Pinto, Gerardo Pinzón y yo) y tuvo la asesoría de Paz Alicia Garciadiego (guionista de varias películas de Arturo Ripstein y de Jorge Guerricaechevarría). El texto tuvo como unas 45 versiones distintas: se terminó de escribir tanto en el rodaje como en la edición. En el rodaje contamos con exguerrilleros y exparamilitares que habían estado presos y que nos sirvieron de extras: fue una idea que sacamos de la película Celda 211, donde también usaron expresidiarios (Jorge Guerricaechevarría fue el guionista de ese filme) para el personal de apoyo. Esto nos ayudó muchísimo en todo sentido: en la verosimilitud de las situaciones. Nosotros planteábamos las escenas y les pedíamos consejo y ellos nos daban pistas para volverlas más reales. También estuvimos en varias cárceles haciendo investigación, entre ellas la Modelo, La Picota y la cárcel de Calarcá, Quindío. En un momento contemplamos la posibilidad de rodar la película en la cárcel de Calarcá, entre los internos reales, pero decidimos finalmente hacerlo en la cárcel de Facatativá, que estaba abandonada, pues podíamos tener control de todo desde la producción.

¿Nuestro cine por fin alcanzó niveles estéticos para ser visto fuera?

Eso sin duda. Ahora lo que toca es que hagamos películas con un alto nivel estético que conquisten al público local.

Temas relacionados
últimas noticias

Los estrenos que trae Netflix para julio