La universalización del arte israelí

En los últimos 10 años, el arte producido en Israel ha dejado su dimensión localista y política, para dar paso a la universalidad de las temáticas. Un pesimismo posmoderno, es lo que se puede apreciar en el Museo de Jerusalén, en el marco de la celebración de los 60 años del Estado.

La exhibición forma parte de un macro-proyecto organizado con motivo del sesenta aniversario de la creación del Estado de Israel, en el que cada uno de los seis principales museos del país acogerá un decenio diferente de arte local.

Aunque cronológicamente sea la última, la muestra de Jerusalén ha sido la primera en abrir sus puertas, como harán progresivamente hasta el 28 de agosto en los museos de arte contemporáneo de Herzliya, Haifa, Ein Harod, Ashdod y Tel Aviv.

En los años 50 del pasado siglo, el arte israelí trató el conflicto entre localismo y universalismo, para plasmar una década después el "nacimiento de lo nuevo" y hacerse político y conceptual en los 70, resume el presidente del Comité Director del proyecto, Yigal Zalmona, en una presentación a la prensa.

Si los temas de género e identidad influyeron la creación en los 80 y la obsesión por la juventud la de los 90, el arte israelí en el segundo milenio es, ante todo, metafórico, desencantado y global.

La muestra ‘Tiempo real: 1998-2008' repasa el arte en el Estado judío en los años de la Segunda Intifada y la guerra con Hizbulá, dos acontecimientos latentes, aunque siempre de forma indirecta, en las pinturas, esculturas, fotografías, vídeos e instalaciones expuestas.

Una década en la que los artistas israelíes ganan en "contenido visual y dramatismo", de forma que su mensaje "se pueda entender fuera y dentro" de su país, explica el comisario de la muestra, Amitai Mendelsohn
"Hay un cambio hacia la calidad y la conexión con el mundo", subraya el director del museo, James Snyder.

Cambiando la mentalidad, también en el arte

Por ejemplo, olivo y manzano son árboles típicos del mediterráneo paisaje israelí que, en ‘Rojos y Negros', de 2004, Tal Shochat limpia, ilumina y fotografía con fondo negro para aislarlos de su contexto y darles así una dimensión universal. Esta amplitud de horizontes también está presente en los códigos.

Así, Adi Nes, uno de los artistas israelíes más prestigiosos, recurre a la iconografía cristiana para plasmar con su cámara una "última cena" de modelos vestidos de soldados de su país.

"Mueve algo muy presente en la sociedad israelí, como es el Ejército, a un ámbito reconocible por cualquiera con una mínima cultura general, sea de donde sea", apunta Mendelsohn.

Por su parte, Aya Ben Ron pinta en ‘Obediencia', creada en el 2005, la silueta de un herido, tendido sobre una camilla como Jesucristo en "La piedad" de Miguel Ángel, a punto de ser operado por un doctor al que acompañan cinco enfermeros amputados.

La última década de arte israelí revela además el divorcio entre el optimismo de los pioneros y el descreimiento actual, como ‘Paisaje y Jerusalén'. El retrato del 2007 de Eliezer Sonnenschein, hace de la ciudad santa con similar colorido apocalíptico a El Bosco.

O el arrasado paisaje en material sintético de Gal Weinstein, hecho ex profeso para la exposición y someramente titulado ‘Cuesta'.

En este contexto de universalización y pesimismo, ¿dónde quedan para los artistas de un decenio tan sangriento el conflicto con los palestinos, la ocupación militar israelí o los atentados suicidas? "Están ahí, pero no de forma directa", sostiene el comisario.

Como en ‘Agosto 2006', en el que Gaston Zvi Ickowicz -de origen argentino- capta con su cámara un terreno dominado por el polvo que ha dejado justo antes un tanque israelí durante el conflicto que mantuvieron Israel y Hizbulá en la fecha que da nombre a la obra. No hay sangre, ni imágenes de carros de combate, sólo un paisaje baldío y una reflexión sobre el después de una guerra.

Algo similar ocurre con la peculiar partida de ajedrez con bloques de hielo que juegan dos hombre vestidos de negro en el vídeo ‘Congelación', realizado por Shahar Marcus en el 2003.

De nuevo de forma indirecta y metafórica, el artista convierte el conflicto palestino-israelí en una lucha entre "los hijos de la luz y los de la oscuridad", al situar la acción frente a los Pergaminos del Mar Muerto, que hace siglos ya retrataron este combate.