Rezo por vos

Gustavo Cerati cumplió 51 años el pasado miércoles en estado de inconsciencia. El mundo del rock y sus fans imploran por una mejoría.

El miércoles las calles y plazas de los pueblos y las ciudades argentinos, desde Jujuy hasta Ushuaia, se llenaron de manos anudadas con hilos verdes, manos que pasaban, se detenían, se agitaban, dormían o sollozaban. En últimas, que desfilaban en desordenadas procesiones para implorar por la salud de Gustavo Cerati. “A Cerati lo he amado como todas las minas (mujeres) de mi generación y una generación arriba y otra abajo. Lo que para mí tiene de particular, es que como Calamaro, provienen de familias de clase media, de una educación cuidada, en el sentido de que a los padres les importaba y en ese sentido tuvieron apoyo, puesto que el arte es, diría, ‘un bien prestigiado’ en este país, o al menos, lo era para mi generación”, explicó una mendocina de apellido Stiellger.

En Bogotá, al norte, un estudiante de música celebraba su cumpleaños en tonos agridulces, “porque cuando supe que Cerati cumplía el 11 de agosto, como yo, fui feliz, pero hoy no puedo festejar nada”. Cincuenta cuadras al sur, por el viejo Sears, tres mujeres pasadas de 30 armaron una especie de altar efímero en plena calle para que quien pasara por ahí le elevara una oración al Señor por él. Hubo señoras que preguntaron “¿por quién?”. “Por uno tan grande como Chabuca, mi doña, pero argentino”, respondió una de las fans. La señora no entendió mayor cosa, pero luego, cuando le recordaron un tal Soda Stereo, exclamó un sonoro ahhh, se persignó, le dio un beso a su rosario, detalló una imagen de Cerati, suspiró porque era hermoso, “una estampa”, y rezó por él. “Rezo por vos”, como habría dicho Charly García.

Cerati ángel, Cerati aristócrata, Cerati mármol, Cerati mito. Su historia fue la historia de decenas de cientos de adolescentes que terminaban los meses con rojos en sus libretas de calificaciones y con observaciones de los profesores del tipo “indisciplinado”, “disperso”, “atolondrado”, “conflictivo”. Jugaba a las bandas de rock con palos de escoba y se ilusionaba con subir a un escenario algún día, al mejor estilo de Queen, The Police o The Cure, a quienes años más tarde les rindió tributo junto a Andy Summers, el guitarrista original de The Police. Eran los primeros años 80, tiempos de transición y duda. Unos tintes de rebeldía peace and love, otros de vanguardismo que luego parecieron caducos y otros más de autenticidad. El pelo revuelto, meticulosamente revuelto. Las chaquetas ajustadas de cuero, los jeans entubados, cigarrillo, alcohol y algo más.

Pasaron muchos años, discos, triunfos, entrevistas, imágenes, cigarrillos y tragos, palabras y acordes, recitales, polémicas, cartas y amores desde entonces. Sin embargo, en esencia, Cerati no cambió. Dos años atrás anduvo por Bogotá. Los mismos pantalones entubados, el pelo revuelto, más corto pero igual de meticulosamente revuelto, la chaqueta ajustada, corta, los pasos rápidos, las frases agitadas, el cigarrillo que mil veces quiso abandonar, un whisky, un autógrafo, “¿hasta cuándo las sesiones de firmas?”, otro amor. Luego de su concierto en el Simón Bolívar se fue a un bar que se extinguió, La Latina. Su viejo ladero, Héctor Zeta Bosio, se apoderó del tocadiscos para que esa noche no se oyera una sola canción más de Soda Stereo. Charly Alberti, su baterista, y él se sentaron a tomar y a fumar. Llevaban los ritmos que llegaban con los dedos, sobre la mesa. A veces cantaban. Se dejaron llevar. A esas alturas, el éxito era una estrofa demasiado conocida. Oírse ellos mismos habría sido tener que desandar un camino que por algunos años fue tortuoso. Que este arreglo nunca me gustó, que la voz se apagó en esta estrofa, que en lugar de la palabra “revólver” hubiéramos puesto otra.

Dos años después la escena, con otros nombres e imágenes, se repitió, pero entonces Cerati se desplomó, como si el destino hubiera usado su cabeza como un revólver.

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