La danza del vientre mueve pasiones y mucho dinero

La danza del vientre no sólo mueve músculos femeninos: mueve pasiones y mucho dinero, como puede apreciarse estos días en el noveno certamen de este baile que congrega a casi mil aficionadas en El Cairo.

Llegadas de Nueva Zelanda, Corea, Venezuela o Rusia, estas mujeres se han dejado hasta 5.000 dólares cada una para asistir al ya famoso “Ahlan wa Sahlan”, festival íntegramente dedicado al milenario arte, símbolo de la sensualidad femenina y que en árabe lleva el nombre más recatado de “danza oriental”.
 
Cursos de baile, presentación de coreografías, concursos de las más talentosas, venta de vídeos, exposición de trajes de lentejuelas y brillantina, todo lo relacionado con la danza del vientre tiene cabida en este foro celebrado en un hotel de la periferia cairota frente a las míticas Pirámides.

Por aquí deambulan bailarinas de todas las latitudes que, pese a sus ojos rasgados o sus melenas rubias, llevan invariablemente nombres sacados de un cuento oriental: “Shehrezade”, “Dunia”, “Soraya”, “Dalia” o “Asmahan”.
 
Algunas son primerizas, otras llevan hasta 16 años de práctica y son de hecho profesionales, como la chilena “Amina”, que se gana la vida en Santiago con el baile y este año ha pasado en el festival de ser alumna a profesora.

Hay sesenta chicas llegadas desde Brasil, 45 desde Venezuela, 25 desde Corea, 50 de Estados Unidos, y así sucesivamente: 47 países están representados en este festival que culmina el jueves por la noche, al cabo de siete días, con la elección de las tres mejores bailarinas y los tres mejores grupos.

La argentina “Farah” -en realidad Gladys Graciela-, de Tucumán, se pasea envuelta en un body de color plata eléctrico, dotado de alas, por toda la superficie del festival, y promete ofrecer una coreografía propia donde no faltará ni la bandera albiceleste.

Es la sexta vez que viene al festival: “vemos espectáculos, tomamos clases y así vamos mamando algo de las egipcias, que llevan el baile en la sangre”.
 
Algunas, como la brasileña Roberta, que se gana la vida como profesora de danza en Sicilia, dice sentirse defraudada por el lado competitivo y materialista del evento, pues para ella la danza “es una filosofía de vida, una forma de vivir en fraternidad”.
 
La fraternidad se practica aquí por países: se ven mesas de coreanas, de marroquíes, de ucranianas o de argentinas, todas con el exagerado maquillaje que parece consustancial a este arte y con trajes de abalorios, aunque algunas -como las asiáticas en general- carecen de lo que parece más importante: carne en el vientre y las caderas para practicar el contoneo.

En este festival todo cuesta mucho dinero: tomar clases -40 dólares la sesión más barata, 80 la más cara-, apuntarse en el concurso, comprar trajes al doble de precio que en el famoso zoco de Jan el Jalili y hacerse con vídeos demostrativos. Para conseguir un certificado de asistencia hay que demostrar haber tomado no menos de cuatro clases, según explican los organizadores.

Las egipcias están ausentes del evento a no ser como profesoras o en las grandes galas de inauguración y clausura: “será por orgullo o por timidez”, dice Mo Guedawi, un profesor de baile egipcio instalado en Berlín que se gana la vida por Centroeuropa.

“Los egipcios tienen una relación de amor/odio con la danza del vientre -explica-. A todos les gusta ver una bailarina en sus fiestas, pero no soportarían ver a su hija dedicarse a este negocio”, comenta.

Raqiya Hasan, organizadora de todo el evento, se lamenta de la hipocresía que supone que el gobierno egipcio prohíba abrir academias dedicadas a la danza del vientre “y tengamos que dar las clases dentro de centros de” fitness“o aerobic, o a veces en secreto en nuestras casas”.
 
“Pero no se confunda usted -matiza- Toda egipcia, de la más grande a la más chica, sabe bailar la danza oriental, lo llevamos en la sangre”.
 
Salvo unas pocas excepciones de bailarinas que llegan al estrellato, la mayor parte de las egipcias que practican el baile en público tienen que hacerlo en cabarés y tugurios de mala muerte donde el oficio de bailarina esconde otro más antiguo.

Las extranjeras que acuden al festival tal vez no lo sepan, porque en el noveno festival de danza del vientre todo es destreza, técnica, reconocimiento y aplausos.

Mucho arte y poco pecado.

 

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