Cuando el rock rondó por las calles de Bogotá

Un recuento del género desde las obras de grandes artistas como Guillermo Alfredo, exbaterista de Elvis Presley, y Andrew Loog Oldham, el hombre que descubrió a los Rolling Stones.

Andrew Loog Oldham en Londres, junto al guitarrista de los Rolling Stones, Keith Richards./ Archivo Andrew Loog

 Un pasado clandestino

A sus 73 años, Guillermo Alfredo Rueda murió en su vivienda en Villa de Leyva (Boyacá), tras una deficiencia pulmonar. Pocos saben que antes de morir, Guillermo tenía intenciones de crear un grupo musical, pocos saben, que este hombre natal de Bogotá, fue el baterista de Elvis Presley.

Guillermo Alfredo Rueda, más conocido como Bill Lynn o “Flash” como lo llamaba amistosamente Elvis, fue un muchacho con suerte que se mudó a temprana edad a los Estados Unidos, donde sus habilidades como percusionista lo llevaron a hacer parte de la corte del rey del Rock 'n' roll hasta el fallecimiento de Presley en 1977, la muerte del rey tomó por sorpresa a “Flash”, quien se encontraba de visita en Colombia.

Delgado pero de gran estatura, así recuerda Edgardo Torres, con una sonrisa en el rostro el día que conoció a Bill Lynn. Edgardo, guitarrista de la banda Caja de Pandora, perteneciente a la segunda generación del rock colombiano, destaca aquel día por ser especial, pues el baterista de la banda acababa de recibir una batería nueva, al tiempo que la recibieron, uno de sus amigos llegó hasta donde se encontraban, ansioso y emocionado:

- Oiga, que por ahí anda un chino que es el baterista de Elvis Presley
- ¡No puede ser!
- De verdad, lo conozco ¿Lo traigo?
- ¡Tráigalo!.
El famoso Bill Lynn llegó ante la presencia de Edgardo y de su agrupación, se saludaron efusivamente y admiraron juntos la nueva batería de la Caja de Pandora.
- Mire, me acaban de traer una batería nueva ¿Quiere tocar? -
- Bueno – dijo Bill tomando las baquetas y acomodándose en el sillín, todos los presentes lo rodearon dispuestos a ver el talento de aquel percusionista.

Edgardo suelta una carcajada de solo recordar lo que sucedió a continuación “El primer golpe que le dio a la batería con el bombo, le abrió un hueco enorme” “Uy que pena” imita Edgardo a Bill al inflar su pecho y engruesar su voz, luego se acomoda sus gafas, levanta su cachucha que oculta su calvicie, rasca su cabeza y se acomoda en su silla, en sus piernas reposa una guitarra Epiphone color cereza, la cual toca suavemente, pasa sus dedos por los trastes una y otra vez, esa es su consentida, “Si, fueron buenas épocas”.

Pocos saben que el baterista de Elvis Presley fue un colombiano, pocos saben que el primer productor de la banda británica The Rolling Stones vive en Colombia.

En Apulo, un apacible municipio ubicado a tan solo dos horas de Bogotá, lejos de la mundana metrópolis, se encuentra Andrew Loog Oldham, el hombre que descubrió a los Rolling Stones.
Oldham conserva su aire de extranjero, es un hombre alto, a decir verdad, se ve demasiado joven, incluso para su edad, se caracteriza por tener una fina barba blanca cubre sus mejillas que llega hasta su abundante cabellera; las arrugas surcan su rostro, dándole una expresión severa y seria, viste una camisa deportiva para un día caluroso como ese. No solo abre las puertas de su casa, sino las de su memoria, sus recuerdos, su vida.

“Empieza a formular algunas preguntas y por favor, sé muy específico, contrario a la desafortunada y moderna forma de hacer periodismo”, dice, con su marcado acento británico, como si de cierta forma ya se hubiera enfrentado a otros periodistas con resultados no muy favorables.

Es consciente de quién es, de su labor en la música, sabe contar las historias, y aunque logra que la imaginación de las personas vuele, no busca que acepten su visión de las cosas, su relato es una puerta abierta al pasado, a otra época y a otro lugar. Sus primeros recuerdos lo trasladan al año 40, a un Londres en llamas mientras es llevado al metro, allí, recuerda sentirse asustado y poder percibir el olor a quemado a millas de distancia.

Londres es una ciudad fría, donde todo se trata de la distinción de clases, el barómetro es el dinero, y la riqueza remueve las subidas y bajadas que hacen de la vida algo colorido e interesante. Sin embargo, con la llegada de la meritocracia, los jóvenes pueden intentar hacer realidad sus sueños, entonces, y solo entonces vino la música.

Era el año 1956 y Bill Halley y sus cometas eran la sensación, conoció la radio gracias a una productora de la BBC que vivía en alquiler en una de las habitaciones de su casa, esta mujer y su hermano quien también trabajaba en la BBC, le contaban historias acerca del negocio y de la música, la cual conoció gracias a uno de sus vecinos que estaba decidido a “purificarlo” y “salvarlo de aquella música del demonio llamada “Rock 'n' roll”, gracias a su vecino conoció y aprendió a respetar el jazz de Chicago y el de Nueva Orleans, comprendió que el blues contenía la furia de lo clandestino. Incluso desde esa temprana edad, supo que quería pertenecer a aquel mundo musical, poco sabía su vecino que estaba prácticamente fraternizando con el creador de los que en una década llamarían sus satánicas majestades.

Antes de esa explosión de juventud en el Reino Unido, insatisfecho y ambicioso, Andrew abandonó la escuela a temprana edad y trabajó en numerosos lugares, laboró en clubes de jazz, vestía las cortinas de las boutiques, sirvió té en salón de té inglés y rogó por dinero a ricos turistas ingleses, pero todo cambió el día que conoció a Mick Jagger y compañía.

“Los accidentes no existen, precisamente un periodista me recomendó ir a un club de Jazz ubicado en la versión londinense de Bogotá, Chía, para ver a esta joven banda de la que la gente comenzaba a hablar, fui no porque estuviera interesado en convertirme en productor, asistí por respeto a la periodista que me recomendó a los Stones, esa sería una decisión que estaría por cambiar mi vida, al verlos, fue como si una ola viniera hacía mí, me di cuenta de que todo lo que había hecho hasta entonces, cada acción, cada trabajo que había hecho, cada ajetreo, me había estado preparando para ese momento, para hacer eso que hice con los Rolling Stones”.

El origen de un movimiento

Así como pocos saben que Andrew Loog Oldham habita tranquilamente en su propiedad en Apulo, pocos saben que una noche de julio de 1961, a miles de kilómetros de distancia de Londres, Bill Halley, aquel que había cautivado años antes al productor de los Stones, creador del popular Rock Around the clock visitó Bogotá, y se presentó ante un público no muy numeroso en el Teatro Colombia, hoy Jorge Eliécer Gaitán. Su visita significó el Big Bang de un nuevo movimiento cultural, aquella noche, los pioneros del rock colombiano, escucharon y vieron por primera vez una guitarra eléctrica en vivo.

Uno de los asistentes fue Álvaro Díaz, quien se distingue fácilmente por su cabello largo, agarrado con una cola de caballo plateada, que es la evidencia de que fue uno de esos hippies de la década de los sesenta, su tez morena está cubierta por algunas manchas y varias arrugas en su frente, sin embargo, en sus ojos aún se percibe el fulgor de la juventud de años atrás.

Suenan teléfonos y varias pantallas de televisión que emiten diferentes noticieros. Las personas corren de un lado a otro con papeles en sus manos. Álvaro habla con propiedad del tema, orgulloso de la gestión que llevó a lo largo de los años por la música colombiana, anota palabras clave en un blog de hojas mientras conversa, recuerda cada año, cada nombre, cada cifra, cada lugar, tiene una memoria prodigiosa, “la radio tal vez fue el punto de partida para el Rock en Colombia”. Álvaro relata las anécdotas de Andrew y la BBC de Londres, la radio parece ser la gestora de un movimiento en común, fue gracias a Jimmy Reisback, un joven que transmitía programas de música moderna a las once de la noche a través de la emisora Nuevo Mundo, que muchos jóvenes pudieron conocer a Elvis Presley, Bill Halley, Ray Charles y demás artistas.

Ahora, Álvaro trabaja en el periódico Extra, un diario sensacionalista, más no amarillista, porque se vive de sensaciones, hace la salvedad, mientras expone su lado más periodístico, en el diario escribe cinco páginas, entre ellas una de actualidad, una de entretenimiento, una de noticias insólitas y otra en la que adopta el alias de Sexylia, donde resuelve dudas y problemas de índole sexual. “Los que escribimos tenemos que ser creativos, inventar, si no eres imaginativo no eres periodista, ya lo decía Gabriel García Márquez y las enseñanzas que dejaron Orwell, Faulkner y….cómo se llama este otro…”

La pregunta queda en el aire…
- Y Hemingway
- ¡Correcto mi amigo! - Exclama alegremente - ¿Qué signo del zodiaco eres? - Pregunta levantándose de su silla
- Cáncer -
-Mi amigo y hermano del alma, Roberto Fiorilli es cáncer, todos mis grandes compañeros han sido cáncer – dice mientras entra a una oficina y comienza a escribir con agilidad frente a su computador. Ya no es Álvaro Díaz, quien está escribiendo, sino Sexylia la que prepara sus artículos para el día siguiente.
-Álvaro Díaz fue mi Pigmalion, nos encontramos por el destino en un ensayo de Los Flippers en 1965-, dice Roberto Fiorilli, compañero y cómplice de Álvaro, ambos, compañeros de grupo en Young Beats.

Roberto, baterista de las bandas Young Beats, Time Machine y Los Speakers vive actualmente en Toscana, Italia, su tierra natal y la cual ha sido su hogar desde 1974, cuando regresó de Colombia, no sin antes emprender una aventura europeo asiática, tiene un título de técnico electrónico que le permitió obtener un empleo, llevar una vida tranquila con su familia y además seguir con la música.

Habla de Italia, un país lleno de historia, de arquitectura de arte, con una rica geología, sin embargo, cuando habla de Bogotá y de Colombia, Fiorilli no deja de lado la nostalgia, habla de las veces que ha regresado al país, de su creatividad y emprendimiento, el carisma de su gente, la gastronomía, recuerda cómo solía caminar por las calles de Bogotanas junto a sus amigos, incluso, recuerda el humo que desprendían los buses al avanzar y el tráfico caótico de la ciudad, al parecer algunas cosas nunca cambian.

En fotografías, Roberto siempre tiene un par de baquetas en sus manos, los años no pasan en vano, en las aquellas fotos ha ganado unos kilos de más, ahora usa anteojos y ha perdido su cabello, lo único que permanece son las baquetas en sus manos.

Aquel día que Roberto y Álvaro se cruzaron por primera vez, discutieron la posibilidad de crear un grupo musical.

- Yo canto, y estoy buscando gente para un grupo de "música moderna" - le dijo Álvaro
- Pues yo toco la batería – se jactó Fiorilli para no quedarse atrás

“Pura paja, ni tenía batería, ni tocaba” confiesa el italiano, sin embargo, Álvaro, convencido, le pidió que intercambiaran números telefónicos, pero fue solo hasta el año siguiente que se volverían a encontrar, Álvaro telefoneó a Roberto para comunicarle que el grupo estaba completo, junto al resto de la banda: Miguel y Ernesto Suarez. Los ensayos comenzaron en el apartamento del papá de Fiorilli en el centro de la ciudad, improvisaron una batería de un lado y de otro hasta conseguir una presentación en Radio Continental, donde hicieron su debut. Solo covers de bandas británicas.

Con el tiempo, el trabajo surgió y las presentaciones aumentaron en número al igual que los seguidores del grupo hasta que en dado momento contactaron con el presentador Alfonso Lizarazo quien los llevó a su programa Juventud Moderna lo que terminó por darlos a conocer. En ese entonces, Álvaro se casó y abandonó el grupo, y Roberto se ve obligado a asumir el rol de empresario y manager de la banda.

Con la partida del colombiano finaliza la primera etapa del grupo, que con frecuencia tocaba en discotecas de Chapinero, y aparecía con mucha frecuencia en programas de televisión, la banda perduró un tiempo más hasta que fruto de la fusión entre The Young Beats y otro grupo rock de la época llamado Los Ampex, nació Time Machine, una nueva banda interesada en un concepto más moderno.

Álvaro y Roberto son hermanos, dicen que se conocieron en Keops, cargando las pirámides, millones de años atrás, son hijos de un distinto padre, una distinta nacionalidad y de diferentes costumbres, pero sin duda, comparten una misma madre: la música.

La transición, Los Speakers

Es imposible hablar del rock colombiano sin abordar a Humberto “Humo” Monroy, considerado como el padre del rock nacional. Roberto Fiorilli y Humberto se conocieron cuando frecuentaban los locales en los que tocaban los Speakers, banda que lideraba “Humo” y en la que pronto ingresaría el italiano Roberto Fiorilli. Junto al español Rodrigo García se creó inmediatamente una atmosfera de camaradería y de buenas relaciones personales y artísticas.

The Speakers es ciertamente el pionero de los grupos de rock en Colombia, un grupo que se había formado en el año 1964, y que logró capitalizar la atención del público y de los medios, fue el primero en grabar su álbum homónimo, que se vendió exitosamente, lo mismo sucede con su segundo álbum: La casa Del Sol Naciente.

Cuando Roberto es contactado junto a su compañero de Time Machine, Óscar Lasprilla la situación en la banda era complicada debido a que no obtenían los ingresos deseados, la propuesta de Rodrigo y Humberto era una gira por Ecuador y al regresar a Colombia preparar un nuevo álbum, su estética era diferente así que dejaron las puertas de Time Machine abiertas, a pesar de eso, poco a poco el proyecto se diluyó.

El nuevo grupo era funcional, y el público se divertía, la gira se prolongó hasta febrero de 1968, de nuevo en Colombia, trabajaban en clubs, discotecas, teatros, auditorios e hicieron mucha televisión, fue una agrupación muy apetecida por los medios, a pesar de eso, Roberto nunca se ha considerado una estrella de rock, quizá es más el sentir un honor por haber fundado o participado en la formación de estos grupos y de comunicar a través de la música diferentes mensajes, ahora, décadas después desde su casa en Italia, se considera una persona afortunada, no solo por haber sobrevivido a través de los años y ver dolorosamente cómo amigos y músicos han desaparecido, sino por haber podido realizar un “sueño de la vida” que no es dado a todos.

Pero como las buenas cosas duran poco, cuando lanzaron su siguiente disco, la acogida del público no fue igualmente masiva, dado el cambio de imagen y sonido, que desorientó a los seguidores tradicionales del grupo, pero que así mismo conquistó nuevos adeptos, en resumen, vendió lo suficientemente bien para el promedio de ventas de los discos de producción nacional .

Óscar Lasprilla, tenía una inquietud interna por una insatisfacción latente, consideraba que las oportunidades se encontraban en el extranjero, al parecer fue el primero en comprender que para el gremio de los músicos en Colombia, en especial el de los rockeros, existe una dificultad, es así como parte a Europa en búsqueda de nuevas oportunidades, Rodrigo, Humberto y Roberto deciden continuar como trío. Llegado ese punto creyeron en la idea de trascender, no se trataba solo de música, para 1968 estaban sucediendo grandes cambios a nivel mundial, la guerra de Vietnam, cada vez más revoluciones políticas, culturales y “nosotros queríamos participar de eso, con nuestra conciencia de contemporáneos de esos acontecimientos, así nace la idea que se convertiría en The Speakers en El Maravilloso Mundo de Ingesón”, un álbum auto producido que a pesar de no cubrir los gastos de la producción, marcó un hito en la historia del rock en Colombia.

Sin embargo, Rodrigo García, desilusionado, viaja a su natal España dando fin a la banda, así culminan los Speakers pero se da inicio a una nueva corriente.

Bogotá Ácida

Para 1966 The Beatles y The Rolling Stones habían cambiado contundentemente el mundo de la música con su sonido y sus letras. Mientras en Inglaterra Andrew cosecha triunfos con Stones, Colombia se transforma poco a poco, hay una transición de gobierno, Carlos Lleras sucede a Guillermo León Valencia, los jóvenes comienzan a cuestionar los valores y las costumbres de una sociedad tradicional, dejan crecer su cabello, las ropas pasaron a ser coloridas, Bogotá se convirtió en el epicentro de la contracultura, en parte porque numerosos extranjeros comenzaron a llegar y con ellos traían ácidos y alucinógenos, la gente venía tras las drogas, los hongos y la marihuana, buscaba sitios de culto como las ruinas de San Agustín en Huila para hacer peregrinaje y buscar un significado espiritual

- Esos quizá fueron los únicos años de paz en Colombia- rememora Tania Moreno, quien hizo parte de aquel movimiento, y junto a su pareja de ese entonces, Humberto Monroy, instauran la primera comuna hippie de la ciudad.

A finales de 1968, Tania estudiaba psicología y Humberto se encontraba finalizando su etapa en Los Speakers. Roberto Fiorilli le aseguró a Humberto que la mejor forma de escuchar a Jimi Hendrix, para percibirlo en su esencia, era fumando marihuana finalmente ante esta sentencia, Humberto sucumbió.

- Compramos un poquito y lo que quede lo botamos- aseguró el bajista.

Ese día compraron una dosis mínima, al día siguiente compraron media libra.

- Se agudizan los sentidos y te puedes concentrar mucho, armaba el bareto, ponía la música y me lo fumaba, me recostaba a soñar con la música-.

Pronto se comenzó a consolidar la calle 60 con carrera 9 como el punto de encuentro de los rockeros colombianos, allí los jóvenes divulgaban sus ideas, leían literatura y representaba obras de teatro callejero, el comercio no tardó en llegar y poco a poco varios almacenes fueron instalados, el primero de ellos fue Las Madres del Revólver, una tienda de ropa hippie, a este se sumaron otros almacenes como Thánatos Afiches, en donde Tania diseñaba afiches multicolores y de bandas de rock que Vampiro Editorial vendía. Otro de los establecimientos era Discos Zodiaco, un importante almacén de música fundado por Álvaro Díaz, Edgar Restrepo, Roberto Fiorilli y Humberto Monroy, y mientras que se consolidaba el llamado Parque de los Hippies, también se desarrolló el consumo progresivo de drogas alucinógenas, lo que aumentó con la aparición de nueva música y nuevas ideas que venían desde los Estados Unidos e Inglaterra.

Los Woodstock Criollos

Tales movimientos, permitieron la creación de multitudinarios eventos musicales que reunían a las nuevas generaciones de hippies colombianos, todo a la imagen y semejanza de los Festivales de la Isla de Wight en Inglaterra de 1967 o el Festival de Woodstock en Estados Unidos de 1969, lo más cercano a eventos de tal magnitud en Colombia, fueron El Festival de la Vida celebrado en el parque Nacional, y el Festival de Ancón en Medellín. El primero fue financiado por Tania Moreno, “me costó $10.000 pesos de la época, era una pequeña fortuna, con ese dinero tú podías ir y volver a Europa, pero estábamos en el cuento en esa época, así que el dinero no era un problema”, recuerda Tania, alzando la vista como si de alguna forma pudiera revivir aquellas imágenes en su mente, su apartamento ubicado en el barrio La Macarena que posiblemente es un lugar estancado en el tiempo, donde permanece una hamaca suspendida en el aire y varios cuadros y pinturas de tinte psicodélico, que le dan vida a la estancia, los tapetes son igual de coloridos a las paredes y a los vitrales que tiene por ventanas. Es una casa diferente.

- También estuvo el Festival de Ancón - recuerda mientras un gato atigrado se posa en sus piernas -
El Festival de Ancón se convirtió en un mito, de un momento a otro salió un montón de gente y de realizadores cuando en realidad fuimos muy pocos los encargados de organizar aquel evento, es como el manto sagrado de Turín, sabes –
- ¿Mitos? Qué clase de mitos -
- Por ejemplo, se dice que asistieron 100.000 personas, si, de hecho asistió mucha gente, pero esa es una cifra exagerada para la población colombiana en aquella época.

Álvaro parece ser de esas personas que creen en lo que han hecho a lo largo de su vida, en el esfuerzo puesto.
La historia cuenta que en 1971 vino de Medellín a la capital un hombre llamado Gonzalo Caro, que llenó de emociones patrióticas decidió organizar un evento similar a los que por ese entonces se organizaban en Bogotá, el problema era que no tenía experiencia, la cuestión es que fue Álvaro Díaz y otros pocos los encargados de la logística, Ancón se hace realidad porque los grupos de Bogotá viajan a Medellín.

- Claro que estuvimos presentes en el Festival de Ancón, viajamos por tierra, fue un viaje larguísimo, nos fuímos con lo que teníamos, nuestras guitarras y nuestros amplificadores - Recuerda Edgardo Torres.

De todos es quizá el que recuerda con más cariño las cosas, se le iluminan los ojos y sonríe con cada recuerdo. Fue un evento donde no hubo muertos, solo música, esparcimiento y espacio para muchos, muchos hongos.

“Al regreso, ya teníamos el fruto de nuestra presentación como Caja de Pandora, tanto que el dinero obtenido nos alcanzó para comprar tiquetes en avión”. En ese momento, Edgardo se agarra la cabeza con ambas manos.

- No, mano, usted viera ese despelote, en la parte de atrás del avión uno de los bateristas de las bandas invitadas prendió un porro de marihuana.
- ¿Qué está haciendo?
- Fresco, hermano, más bien, tome - le dijo el hombre alargando el brazo ofreciéndole el alucinógeno.

Edgardo accedió, en ese momento llegaron las azafatas, que sorprendidas se preguntaban qué estaba sucediendo, el baterista repitió la acción y pronto las azafatas también se encontraban bajos los efectos de la marihuana.

- ¡Yo no sé hermano pero creo que ese día, hasta los pilotos se fumaron esa vaina!, llegó un momento en que pensé que ese avión se iba a caer – afirma Edgardo en medio de risas – Si, esa fue una buena época – repite.

Final de tarde inglesa

En el otoño de sus vida, Andrew Loog Oldham admira su obra, en Inglaterra, siempre se sintió como un forastero, un inadaptado, pero todo cambió cuando llegó a América por primera vez en 1964 junto con los Stones, aquella misma sensación lo invadió cuando llegó a Sur América, al llegar a Bogotá en 1975, tierra que considera su hogar, levanta la mirada y recuerda a aquellos jóvenes rockeros de Londres a los que les concedió el título de la banda de rock más grande del mundo.

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