Dos lados de la felicidad

Two door cinema club estará en el Festival Estéreo Picnic, que arrancará el 5 de abril.

Kevin Baird, bajista de Two door cinema club. / Flickr:Ernest Haines.
Kevin Baird, bajista de Two door cinema club. / Flickr:Ernest Haines.

“Es importante entender la fragilidad de tu situación: lo fácil que resulta para la gente dejar de comprar nuestros discos y que deje de gustarles nuestra música”. Kevin Baird, bajista.

Two door cinema club podría ser definida como una banda pequeña, tal vez. Un gusto adquirido, incluso. Una voz limpia, una batería que no arriesga mucho, guitarras sin demasiada complejidad, teclados de tanto en tanto. Quizá son una agrupación que aún no llena estadios y su sonido se asemeja al de otras en un circuito cada vez más poblado de similitudes. Pero la cosa no resulta tan simple.

Es un sonido pegajoso, aunque no en el sentido de un jingle publicitario, que se lucra plenamente de la repetición. Lo que esta banda irlandesa trae es una propuesta propia en un renglón muy popular por estos días, que no por eso deja de ser interesante o válida, si acaso es permitido el término.

No se trata de un producto manufacturado en un salón de juntas de una gran disquera; de hecho, la banda tiene un contrato con un sello independiente. Lo que hay detrás de la agrupación es trabajo.

Casi 300 días de gira cada año durante los primeros dos de existencia de la agrupación. Cientos de conciertos, miles de millas acumuladas y otro largo etcétera de carencias y ausencias. “Así es que nos ganamos la vida”, dice Sam Halliday, el cantante de la agrupación en un documental que sigue a la banda por su período de conciertos más intenso, un testimonio íntimo que da cuenta de la música antes del estrellato, entre los aviones, las entrevistas y los gritos de los fanáticos.

“Venimos de un lugar normal. Tuvimos un comienzo difícil. No llegamos en la mitad de una carrera ya armada. Así resulta fácil ver el humo que la gente pone en frente de uno para tratar de nublar la realidad. Es importante entender que algún día no vamos a ser populares. Esto puede suceder y creo que reconocerlo nos permite apreciar más lo que hacemos. Supongo que nos ayuda a mejorar”. Baird esboza una especie de ética laboral, si se quiere: tocar, sudar, seguir tocando.

Un documental para una banda con apenas dos discos y seis años de existencia. Inusual, al menos. ¿Por qué grabarlo? “El material audiovisual que tenemos suele mostrarnos tocando, divirtiéndonos. Todo es un poco frívolo. Queríamos mostrar lo que realmente implica sacar un álbum y lo que de verdad sucede en una gira, que no es fiesta y entretenimiento todo el tiempo. Hay puntos muy bajos y queríamos dar cuenta de lo que estábamos haciendo en un momento lleno de presentaciones y viajes de esta forma”.

Una banda de contrastes. Por un lado, la producción de un sonido limpio y claro, optimista diría alguien; la música de Two door cinema club suena, en palabras de un seguidor, como la banda sonora del verano. Por el otro, un trío de irlandeses sin mayores problemas para confesarse cansados de las giras, para responder con algo de sorna la entrevista número 30 del día, para decir abiertamente que no conocen el mundo por el que han viajado, aunque pueden hablar con propiedad de habitaciones de hoteles.

Beacon, su último disco, tiene momentos notables. La introducción de Someday, la guitarra que se abre paso, aguda, hasta el comienzo de la letra, una batería rápida y luego un rasgueo que deja que un bajo profundo continúe. Halliday canta: “There is no time/ For wasting any time./ This is the end of the line,/The definite sign/Of what we will be/ Someday”.

Música para estar feliz. Para evadir, para evadirse. Quizá.

“No somos parte de una maquinaria corporativa. Tenemos que construir nuestro propio público, hacerlo desde abajo. Creo que eso lo percibe la audiencia. Creo que el trabajo se ve”, concluye Baird. No hay mucho de evasión ahí.

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