El pianista inolvidable

Genio de la música cubana, gestor del afrojazz, creador. A pesar del alzhéimer, Valdés cumplió su deseo: tocar el piano hasta la muerte.

Bebo Valdés saluda al público en Madrid, en 2009, durante la celebración de sus 90 años. Su obra, alimentada por los ritmos afro y el jazz, hizo evolucionar a la música cubana. /AFP
Bebo Valdés saluda al público en Madrid, en 2009, durante la celebración de sus 90 años. Su obra, alimentada por los ritmos afro y el jazz, hizo evolucionar a la música cubana. /AFP

Un día cualquiera de 1960, Bebo Valdés compró un terreno en un lugar cualquiera de Cuba, marcó el perímetro en que construiría su casa y plantó los cimientos. Por ese entonces, en bares y de voz en voz, Valdés ya era reconocido como un pianista de gran categoría. Desde muy temprana edad, había aprendido piano en el conservatorio. Nació en Quivicán, el 9 de octubre de 1918, y pasó en La Habana toda su juventud y parte de su madurez. Ya había dirigido la orquesta del club Tropicana y fundado Sabor de Cuba. Nada de eso valió, sin embargo, para otro día cualquiera de 1960. Días después de que trazara el dibujo de su casa, encontró a un hombre poniendo piedras en el lugar, invadiéndolo.

—¡Eh! ¿Qué tú haces aquí? —le dijo.

El hombre, en calma, respondió:

—A mí me mandaron del Gobierno.

Valdés —alto, moreno, de dientes muy blancos— le explicó que eso era suyo, era su propiedad. —Mire —debió de decirle—, aquí están las marcas, es mío. Entonces llegó un policía y, tan calmo como el otro hombre, le replicó:

—Aquí nadie tiene nada, señor. Todo esto y toda Cuba son del Gobierno.

Entonces, poco después y con la conciencia de que no pisaría la tierra cubana de nuevo si persistía ese gobierno, empacó y largó para México. Viajó a Estados Unidos y España, hizo una gira con los Lecuona Cuban Boys, aunque jamás fue de sus amores estar en una banda. Componía para sí, tocaba para sí. Y luego en Suecia, finalizado un concierto, conoció a una mujer pelirroja que lo sorprendió, de nombre Rose-Marie Perhson. La invitó a tomar café. Seis meses después se casaron.

Y Bebo Valdés jamás volvió a Cuba.

Como Dionisio Ramón Emilio Valdés Amaro fue bautizado y como Bebo Valdés, glorificado. Escuchando a Fats Waller, Bill Evans y Art Tatum, Valdés conoció el jazz y se introdujo en el mundo de la música negra. Deslizaba por ese tiempo los dedos en el piano con la misma pasión con que lo haría sesenta, setenta, ochenta años después, en un club o en su casa: llevando la música a la deriva y, al mismo tiempo, con precisión. Era la Cuba de entonces una isla de boleros y guaguancós y sones; la misma en que los músicos de Buena Vista Social Club, cercanos a Valdés, desarrollaron su obra; isla de guitarras y bares al borde del mar, de pequeñas bombillas encendidas, colgantes a las orillas de las sombrillas veraniegas.

En la juventud de Valdés, Cuba era una república que se había afianzado con una nueva constitución y las relaciones políticas apuntaban a la estabilidad. En esa relativa calma, a finales de la década de los cuarenta, Valdés se inició como director de la orquesta del club Tropicana, el sitio musical más famoso de La Habana. Allí tocó con Nat King Cole y Sarah Vaughan, estadounidenses ambos, cantantes de jazz ambos. Con el primero, incluso, grabó un sencillo.

La situación política, sin embargo, viró en cuatro años. En 1952, Fulgencio Batista se tomó el poder; eliminó, de un golpe, los avances de la constitución de 1940. Y la aparente calma terminó. Para Valdés no volvería nunca. “Si mañana hay una democracia, yo vuelvo —dijo en una entrevista con Ana María Arango en el blog Los sonidos invisibles—. No me gustan los dictadores ni de izquierda ni de derecha, y eso lo he dicho mil y una veces. Y lo diré hasta que me muera”.

Y la vida comenzó a cambiar. Pero Valdés siguió componiendo. En 1957 terminó su labor en el club Tropicana y fundó Sabor de Cuba. Conjugó allí su piano con las voces de Benny Moré y Mario Bauzá. Grabó también sesiones de afrocuban jazz, como él pediría que lo llamaran, aquella mixtura entre el paso lento del jazz estadounidense y el ritmo empoderado de la música caribe. Fueron las descargas de entonces —jams— las que hicieron de Valdés un músico reconocido, una potencia musical que tocaba el piano, noche a noche, con la espalda un poco inclinada, con sus dedos extendidos.

Las descargas de fusil también llegaron por esos años. El 1º de enero de 1959, Fidel Castro y su ejército revolucionario tumbaron a Batista. Cuba entraba, de nuevo, en una dictadura.

Salió de Cuba hacia México. Allí acompañó al bolerista chileno Lucho Gatica y cruzó caminos con el compositor colombiano Lucho Bermúdez. Cuando éste llegó a México, con su música pero sin orquesta, fue Valdés quien se la prestó. “Le puse a la orden la orquesta —dijo en la misma entrevista en Los sonidos invisibles— y le dije: ‘Tú eres el director, te pongo los músicos, ahí los tienes’. Y se los puse con el mismo sueldo que yo les pagaba”.

Fue aquel un paso corto. Con la Lecuona Cuban Boys inició en breve una gira por Europa. Entonces, además de casarse y dejar Cuba para siempre, se desapareció del mundo musical. Tocó en bares de hoteles, no grabó nada, compuso y compuso. “Cuando uno es músico —decía— muere con eso, y sigue en lo suyo hasta que el cuerpo lo permita; da lo mismo que tengas diez años o cien, porque lo harás aunque estés enfermo, hecho una basura. Es que esto es como un virus que no se va nunca”. Así, pues, por cerca de 30 años el mundo musical no volvió a tener noticias suyas.

Tenía 76 años cuando el compositor cubano Paquito D’Rivera lo invitó a grabar un disco. Él rechazó la oferta; tenía que preparar los arreglos en 36 horas. Acordó con D’Rivera condiciones distintas y se hizo el disco: Bebo Rides Again. Y Valdés, que pensó siempre que no pasaría de los sesenta años, renació para el público. Casi un lustro después, el cineasta Fernando Trueba lo llamó a filas para sus documentales Calle 54 y, tiempo después, El milagro de Candeal. Fueron tiempos de labor musical: con Israel López Cachao y Patato Valdés grabó El arte del sabor, que en 2001 recibió un premio Grammy.

Otros galardones vendrían, muchos. La gloria del pianista de piel morena llegó en la vejez, cuando quizá no la esperaba. El cantaor Diego El Cigala grabó junto a Valdés Lágrimas negras, y sí, los premios llegaron a borbotones: además de otro Grammy y tres discos de platino en España, Lágrimas negras vendió cerca de 700.000 copias en todo el mundo. Y luego, de nuevo al lado de Trueba, fue inspiración para el filme Chico y Rita, animado por Javier Mariscal.

Nada de eso, sin embargo, dice algo de Valdés. Sólo son datos esenciales de su biografía, datos duros. Como estos: era católico y se casó con una protestante sólo porque el cura parecía buena gente; cuando la crisis de los misiles, en 1962, sus amigos le dijeron que mejor, en definitiva, no volviera a Cuba; su madre murió y no pudo verla, pero años después encontró a una mujer igual a ella, llamada Evangélica, y lloró. Datos quizá inútiles como este, también: un día llegó a su casa y encontró que su hijo mayor estaba tocando el piano con la mano. Y le preguntó a su esposa:

—¿Cómo? ¿Tú no me has dicho que Chucho toca el piano?

Y su esposa de ese tiempo le respondió:

—¿Cómo te voy a decir, si cuando tú estás aquí él está al lado tuyo, y cuando tú te vas él se sienta en el piano?

Y el niño, Chucho Valdés, siguió tocando piano. Luego se habrían de separar 18 años; en la última época de vida de Bebo Valdés se reunieron y grabaron su último disco, Bebo y Chucho Valdés, juntos para siempre. Chucho estuvo a su lado entonces y también después, cuando su memoria comenzó a desvariar.

Bebo Valdés, ordinario residente en Estocolmo, estaba en España en el momento en que se enfermó, hace cerca de dos semanas. Por eso Valdés, el hijo, viajó hasta allí, y lo acompañó. Bebo partió a Suecia y, el 22 de marzo de este año, falleció. “Mis hijos han crecido y se han ido —dijo en una entrevista con Billboard—. Pero la música se quedará hasta el día en que muera. La gente habla de la heroína, la cocaína y el opio. Creo que la adicción hacia la música es mayor que cualquier droga en el mundo. De esos vicios tú puedes deshacerte. De la música, nunca”.

 

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