El último tatuaje de Mötley crüe

Nikki Sixx (bajo), Mick Mars (guitarra), Tommy Lee (batería) y Vince Neil (voz) anunciaron la semana pasada que darían una última gira por los escenarios del mundo.

Himnos de striptease y piscinas de Jack Daniel’s. Inocencias perdidas y motores incendiados. Días de tatuajes, semanas de sobredosis y años de discos multiplatino. Han sido tres provechosas décadas de éxito y decadencia en las que nadie logró detener a Mötley Crüe. Managers, esposas, policías, críticos, estrellas porno, sacerdotes, abogados, madres y dealers lo intentaron por igual, sin resultado. Por eso la noticia de que los mismísimos chicos malos del Sunset Strip decidieron ponerle fin a su leyenda resultó un golpe de opinión tan agridulce como genial, logrando superar incluso al presidente Barack Obama y el estado de la Unión como tendencia mundial de Twitter.

Así es como Nikki Sixx (bajo), Mick Mars (guitarra), Tommy Lee (batería) y Vince Neil (voz) anunciaron la semana pasada en una rueda de prensa oficial que darían una última gira por los escenarios del mundo, firmando un contrato legal que los obliga a mantener su promesa para no ser demandados. Y desde entonces el rock ‘n’ roll sólo puede sentirse parecido a una dura resaca.

Autores intelectuales y materiales del glam metal, los Crüe atravesaron la administración Ronald Reagan (1981-1989) reinventando constantemente su acto y, de paso, el de toda una escena de músicos que, tratando de seguirles el ritmo, siempre terminaban pisando un tacón más atrás que ellos. Su sonido, tan sofisticado como visceral, aludía sonora y estéticamente tanto al primer glam rock (Bowie, Sweet y T-Rex) como al guitarrero rock pesado del momento (Van Halen, Kiss, Judas Priest) y también a ciertos modismos punk (New York Dolls, Ramones, Sex Pistols).

Vale la pena recordar que lo que ahora el inconsciente colectivo y selectivo recuerda en bloque como un solo playlist de ojos cuidadosamente delineados, astronómicas melenas en laca y apretados pantalones de cuero —incluyendo canciones de Poison, Guns ‘n’ Roses, Skid Row y tantos otros— no habría tenido el mismo fundamento sin los álbumes y las giras de Mötley Crüe como su precedente directo.

Tal vez a lo largo de su discografía esencial —Too Fast for Love, Shout at the Devil, Theater of Pain, Girls, Girls, Girls y Dr. Feelgood— Mötley Crüe no logre superar ni en un 2% de diversidad léxica a uno solo de los Cuentos libertinos de Honoré de Balzac, pero a su modo ellos también dieron buena cuenta propia de la comedia humana.

A lo mejor sin proponérselo si quiera, se convirtieron para la posteridad en cronistas insignes de su tiempo y el legado tal vez haya sido hedonista, pero jamás intrascendente. No eran precisamente unos “amigos” del sistema, pero sí que se la pasaron bien dentro de él; así fue precisamente como lograron capturar de una manera absolutamente honesta los sentimientos ambivalentes y la psiquis bipolar de un nuevo individuo social al que la libertad antes prometida por el sexo, las drogas y el rock ‘n’ roll se le habían convertido ahora en una prisión personalizada.

Con la entrada de los primeros años 90, el diseño musical que los Crüe propusieron había sido ya recalcado de todas las formas posibles y (por un momento) el grunge se convirtió en el nuevo color negro de la industria musical. Creativa, personal y económicamente, fue una dura década de crisis para la banda: el diablo parecía estar cobrándoles todos los buenos tiempos de la anterior. La banda se acabó varias veces en ese proceso, pero desde la aparición de The Dirt en 2001 parece que vivirá por siempre, pase lo que pase. La autobiografía coescrita con el periodista Neil Strauss —de la que se promete una adaptación cinematográfica en 2015— los puso de nuevo en el centro de la cultura popular como héroes perdidos y vueltos a encontrar, entre tanto rock serio y enfermo. Desde entonces el cuarteto se ha ido apropiando nuevamente de estadios y de iPods, de viejas y nuevas generaciones que han encontrado en estos Óscar Wilde de las guitarras eléctricas una suerte de bastón para poder apartar la basura del camino.

A pesar de la enfermedad degenerativa de la columna de Mick Mars, los proyectos alternos y las eternas diferencias personales, Mötley Crüe se va en uno de los mejores momentos de su carrera. Será una muerte anunciada, pero un suicidio artístico, colectivo y casi feliz. The Last Tour (La última gira), que amenaza con ser la puesta en escena más salvaje de estos 33 años de historia, comenzará en Norte América junto uno de los padrinos de carrera del cuarteto, el incansable Alice Cooper. La primera fecha será en Grand Rapids, Michigan, el próximo 2 de julio, y se espera que durante 2015 llegue a Suramérica.

Detrás de la música

En 1984 un Vince Neil totalmente ebrio al volante terminó con la vida de su copiloto Nicholas ‘Razzle’ Dinghley, baterista de la banda Hanoi Rocks. El accidente también dejó a dos personas más en cuidados intensivos, una con muerte cerebral permanente. El cantante pagó 30 días de cárcel.


El bajista Nikki Sixx estuvo clínica y literalmente muerto durante unos 10 minutos después de una sobredosis de heroína en 1987. Al salir del coma, Sixx escapó del hospital, volviendo a inyectarse y a perder el sentido pocas horas después.


El baterista Tommy Lee estuvo casado con las actrices Heather Locklear y Pamela Anderson. Un explícito video casero no oficial con esta última lo ha hecho tan popular como sus canciones.
Skylar, la hija del cantante Vince Neil, murió de cáncer en 1994, a los cuatro años de edad.