Escalona, un donjuán empedernido

Todas las mujeres, que tuvieron un romance con el juglar, se enamoraron de él. Parco en ese y otros temas más, el hombre, el poeta, el escritor y el autor, poco o nada dijo, sobre los encuentros que le dejaron muchos hijos regados por la provincia vallenata.

El cantautor Rafael Escalona. /Nelson Sierra

Fueron muchas las gambetas que hizo Rafael Escalona Martínez en su paso por esta vida, en la que la bohemia le acompañó siempre. Donde sobresalió el abrazo del compadre que le acolitó todo y el sonido del acordeón cuya constante, secundada por la caja y guacharaca, le permitió a su voz, a veces imperceptible, susurrar una nueva canción que de tanto cantarla, era coreada por conocidos y extraños, para luego multiplicarse por radio y convertirse en el listado de las más escuchadas, sin tener que recurrir a la maquiavélica payola o al uso de dineros provenientes de diversos frentes.

Él era así. Donde llegaba era reconocido o se hacía notar. Eso lo supo, desde el mismo instante, en que persiguió la sabiduría de los mayores en su tierra natal, que sin leer ni escribir, poseían los secretos que la naturaleza escondía. En ese Patillal de los años 20, en donde las costumbres pastoriles eran evidentes, un muchachito de doce años, empezó a delinear, el edificio musical multicolor que le acompañaría siempre. La música que él escuchaba era creada y reproducida por los campesinos, quienes después de largas jornadas de trabajo, aliviaban el alma acompañados por conjuntos de hojita y la interpretación de esas melodías que se convertirían en referentes de una Provincia a donde nadie llegaba.

Así fue como aprendió Rafael Escalona Martínez a relatar lo que a su alrededor pasaba. A esos juglares, anteriores a él, le debemos la creación de esa música sencilla, con letras ingenuas y con poco valor comercial y social, que encontró en Escalona Martínez a un reivindicador en todos sus frentes, de un movimiento musical que dio a conocer a la tierra vallenata, olvidada por todos.

La aparición de Escalona, en esta tierra vallenata definió a nuevos juglares. Su nombre constituyó una ruptura de ese movimiento cultural. Hizo hasta décimo grado, en el Liceo Celedón de Santa Marta, pero fue un buen lector de literatura europea que terminó influenciándolo en cada una de las letras que puso sobre las melodías de su región, hecho que nunca negó y que no deja de destacarlo como uno de los más grandes compositores de la música colombiana.

Esa facilidad con Escalona, en una época difícil, podía estar en un sitio y al poco tiempo en otro, hizo de él una especie de leyenda, que en gran medida hace parte del mito que es hoy, siempre tras los encantos indescifrables, que la mayoría de veces tenían su base en el amor.  Las mujeres se peleaban al galán de la provincia, quien sabía lo que tenía y hacía buen uso de sus encantos, especialmente por esa forma tan particular de tratarlas, que terminó venciendo a todos los de su generación.

Fue un hombre que supo guardar secretos, no solo en el tema del amor. “Si no se dice el milagro, muchos menos el santo”, fue el lema que logró atesorar frente a cada una de sus conquistas. Y si entramos al tema político, sí que lo supo aplicar. Por eso, sus amores, esos que logró conquistar con notas de papelitos y lindas frases amorosas, que luego fueron apareciendo en sus canciones. Detalles de perfumes, peines y fajones de la época en esos caminos en pos del amor, le dieron la posibilidad de tener tantos amores, con mujeres tan disimiles, que al final ellas, sin proponérselo,  son una especie de arco iris que sustentó cada accionar de su vida.

Escalona Martínez tuvo una sola pasión: el  amor. No hubo tierra, cultivo de algodón, visita de político o de presidente de turno, que lo aferrara más, a su nueva conquista. Mientras estaba con alguna se dedicaba con lujos de detalles. Cuando aparecía otra, se perdía y después de muchos meses, volvía mansito como paloma a su nido. Si la cantaleta era latente, se escabullía con sus amigos de turno y de seguro, que una nueva conquista aparecía, calentándole el corazón, que al igual que a las anteriores, se lo daba y lo quitaba, sin pedir permiso. Por eso, una manera de saber dónde estaba él,  no era ir a buscarlo a la finca, el café de moda en Valledupar o la parranda del amigo, “él está en el pueblo o en el barrio tal, porque anoche se sacó a vivir a la hija de….”. Era la nomenclatura exacta, para saber del hombre que estaba en todos los sitios, pero en ninguno paraba.

Todas las mujeres, que tuvieron un romance con Escalona Martínez, se enamoraron de él. Parco en ese y muchos temas más, el hombre, el poeta, el escritor y el autor que siempre apareció en él, poco o nada dijo, sobre esos encuentros amorosos que le dejaron muchos hijos regados por la provincia vallenata. Cada uno de sus amores, fueron retratados en sus canciones, que a manera de película en blanco y negro, que ha sido recreada luego, en tantos colores, se extendió por la geografía de nuestra patria, cuyos trazos musicales lograron ponerle alas y se dispersó, por todos los rincones de nuestro continente, para invitar a los pintores que como él, pudieran unirse a su petición y cantar libremente: “Píntame una golondrina y te diré, si eres un buen pintor”, como lo dice en una de sus canciones.

*Escritor, Periodista, Compositor, Productor Musical  y Gestor Cultural para que el Vallenato tenga una Categoría dentro de los Premios Grammy Latinos.