Rock colombiano en los 90, el grito de una juventud en agonía

Desde finales de la década de los 80 hasta comienzos de los 90 Colombia vivió un periodo de cruenta violencia, estos momentos se reflejaron en una juventud que buscaba escapar de la desesperanza.

Los años 90 en Colombia no fueron mayo del 68 en Francia pero, desde la música, la juventud colombiana, así como la francesa, encontró, más que un escape, un desahogo, un grito de rebeldía fundido entre distorsiones y percusiones agresivas, una forma de expresarse más allá de la violencia y la represión que se respiraba en el ambiente urbano.

Para la juventud colombiana, ejemplificada en los artistas que le dieron voz, los 90 fueron un “infiernito”, como lo califica Hernando Sierra ‘El mono’, guitarrista de las 1280 almas, una de las bandas insignes en el rock de dicha época. Ese mismo infierno, cuyos paisajes distan de cualquier visión dantesca, es caracterizado por Elkin Ramírez, vocalista de la agrupación Kraken, como un periodo en el cual la economía del país y así mismo, su propuesta cultural, se vio derrumbada bajo la influencia del narcotráfico y el infinito poder que ostentaban aquellos que, como Pablo Escobar, cargaban sus banderas.

Eduardo Arias, escritor, periodista, y en el pasado, parte de la agrupación Hora Local, también recuerda esta época como una dualidad en la que por una parte las limitaciones eran constantes en el ámbito creativo por el marco de violencia e inseguridad; y por otra, se creaba una confluencia entre personajes que se acercaban entorno a los intereses comunes que el rock podía brindarles. Toda esta unión en torno a la música tuvo, como reconocen Arias y Sierra, un escenario común: la avenida 19 en el centro de Bogotá.

Lugar que fue un espacio de encuentro del que surgieron conocedores, neófitos y artistas que veían en el rock & roll, que sonaba a algo nuevo y desconocido en Colombia con movimientos como el punk de finales de los 80 en Medellín, una nueva oportunidad para escapar de la sofocante realidad que había impuesto el bombardeo constante de los carteles de la droga, las Autodefensas Unidas de Colombia, la guerrilla de las Farc, los comprobados lazos entre entes estatales y grupos armados al margen de la ley y la innata agresión en la que la juventud estaba sumida como narrativa de su realidad.

“Un grupo cerrado de jóvenes se atrevían a salir de los barrios hacia la avenida 19, que se había convertido en una venta callejera que fue evolucionando hasta llegar a ser una especie de bazar musical de todo tipo. Uno podía llegar a la caseta del ‘Dr. Rock’ o a la ‘Musiteca’ de Saúl Álvarez donde importaban música por debajo de cuerda, porque había aranceles de todo tipo, era caro traer música, no había transporte hacia afuera ni hacia adentro”, cuenta ‘El mono’ de las 1280 Almas.

“Ahí se encontraban discos de Sex Pistols, The Clash, Metallica, grupos argentinos como Virus, cosas que no tenían un acceso grande en el mercado y no se encontraban en las discotiendas. Eso generó que la gente que tenía el mismo interés se fuese encontrando”, agrega Sierra, quien ubica en este espacio capitalino el origen de agrupaciones emblemáticas de aquel momento como La Pestilencia y Darkness.

Elkin Ramírez, líder de una de las bandas más longevas en el rock nacional, utiliza recurrentemente la palabra “estancamiento” para referirse a la escena musical de finales de los 80 y comienzos de los 90 en el país. Este estancamiento, desde la experiencia de Ramírez como músico, se debió también a una invisibilidad acuciada por la desaparición de los espacios, de por si escasos, que existían para los artistas en los medios nacionales, ya fueran televisivos, escritos o radiales.

“(…) los espacios que se habían ganado se perdieron y muchas agrupaciones que pudieron haber venido no lo hicieron por el conflicto interno y, así mismo, los empresarios perdieron interés en este tipo de programaciones”, relata Elkin Ramírez, quien testimonia una realidad en la que no existía presencia física alguna de los grandes artistas: teniendo una gran carencia de productos discográficos y escenarios, como el estadio Nemesio Camacho ‘El Campín’, que permanecían vacíos para la música luego de que algunos intentos, como el concierto de Guns and Roses en el año 1992, terminaran truncados por la innata agresividad que se asentaba en nuestro rock.

La narrativa también tuvo un tinte particular para los artistas que vieron la luz en esta época, quienes, de acuerdo al cantante de Kraken, practicaban una “banalización” justificada en las temáticas que trataban sus canciones. “Se mostraba la necesidad de no hablar de libertad ni desasosiego y escapar de la dura realidad colombiana, volverlo más simple para que la gente no recordara en qué momento histórico estaba viviendo”, recuerda Ramírez mientras asocia a esta perspectiva canciones como ‘Florecita Rockera’ de la banda Aterciopelados.

Así como avanzan los tiempos también cambian los rostros y también se tecnifican los procesos de cada mínimo aspecto de la cotidianidad que nos rodea, los 90 pasaron ya y el nuevo milenio trajo nuevos problemas, ideas y posibilidades. Atrás quedaron todas las dificultades sonoras que enfrentaba todo aquel artista que se decantaba por realizar una grabación de calidad, sin embargo, como lo reconoce Hernando Sierra, las mismas dificultades que impiden que un artista dedicado al rock en nuestro país subsista a partir de su labor en la música permanecen inmutables ante el tiempo y los cambios generacionales.

 



 


 

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