La viva presencia de Joe Arroyo tras cinco años de su muerte

Fueran las raizales letras de cantaoras como la Niña Emilia o Irene Martínez o bullerengues picarescos como La tortuga, que ponen al cuerpo en revoluciones inversamente proporcionales a la del personaje, muy a pesar de sus escarceos bajo el agua.

César Muñoz Vargas

Esa noche del 25 de julio la esperanza estaba perdida. El Joe Arroyo fue desconectado del respirador mecánico y los médicos claudicaron en cualquier esfuerzo que pudiera salvarle la vida, las fallas multisistémicas eran irreversibles. Al filo de la medianoche fui a dormir entre centuriones tristes que vigilaron la penumbra, con la certidumbre de que en la mañana me iba a desventrar de la cama la noticia lamentable de su partida eterna.

Aunque bien cierto era que el artista estaba muy desmedrado por los  quebrantos de salud, y que sus recientes presentaciones despertaban más angustias que alegrías, su muerte se habría podido evitar si _como al poco tiempo lo reveló el biógrafo Mauricio Silva_ su última esposa y el manejador de Arroyo no hubieran estado más pendientes de firmar con desafuero contratos de conciertos y novelones

Llanto ven, llanto va; a mares. Como el brioso de Cartagena al que el imberbe Álvaro José se enfrentó en contravía para potenciar la fuerza de su voz. La brisa soplaba, y el soñador le respondía con versos que se iban al Caribe, cuya cultura de solfeo empezaba a quedar en orfandad por la ausencia de un genio que no tocó más que la clave, pero que tenía una sinfónica en su garganta. Allí gestaba las melodías de sus letras elevadas, ininteligibles a veces, de verbos en infinitivo, de sintaxis compleja y metáforas fabulosas.

Pero no solo la producción de su música se detenía, sino la difusión de cantos africanos y franceses que se encontraba en sus correrías y que adaptaba a la variedad de géneros que ejecutó, y a su inconfundible joeson. Todos Pa’l bailador, fueran versos románticos, carnavaleros, de lamento o de rebelión. Fueran las raizales letras de cantaoras como la Niña Emilia o Irene Martínez o bullerengues picarescos como La tortuga, que ponen al cuerpo en revoluciones inversamente proporcionales a la del personaje, muy a pesar de sus escarceos bajo  el agua.

Hasta esas profundidades se sumergió el cartagenero del barrio Nariño, creador incansable que incluso en la plena grabación de sus discos revolcaba las guías que ya tenían los músicos de la banda, todo porque algún fuego en su mente le alumbraba otros arpegios. Un avanzado, un irrepetible fenómeno de los ritmos costeños ahora, contadas excepciones, presa de canciones efímeras y letras donde el corazón se pasó para debajo del vientre.

Lo conocí en una mañana de abril en el Festival de la Leyenda Vallenata, cuando a la recepción del Sicarare en Valledupar llegó una encomienda para el señor Álvaro José Arroyo González, hospedado  en una de las suites del quinto piso. El número del habitáculo había sido celosamente ocultado por el personal del hotel y por un asistente de esos que tercamente ponen talanqueras y  en recompensa dan palmaditas  consoladoras en la espalda.

Era ese momento o era nunca. Tenía que escuchar de viva voz cómo se producían los conciertos con la cabeza  entre latas vacías y multitudes en la imaginación; cómo se dieron sus enfrentamientos con los gendarmes de los lupanares  y de dónde  el disparate de ser contendor del viento. Quería ver cuan grande era la contorsión en la glotis previa al expulso de esos relinchos tan característicos en sus canciones.

El mismísimo Joe, cubierto en turquesa y que no existía para los días, abrió la puerta e invitó a seguir a un fanático emocionado y trémulo disfrazado de reportero. Logré adentrarme en uno de esos secretos de Arroyo, lo vi con los ojos abiertos muchas horas antes de los arreboles.  «Erda, César. Me dejaste en primera», exclamó al salto de los botones de una grabadora con el casete equivocado. Para ese entonces el Joe transitaba en un tiempo pleno. Aún vivía Tania, su hija mayor, aún estaba con su esposa Mary y juntos veían crecer a sus adolescentes la Tato y la Pelotis.

En esa entrevista, en últimas inédita, se confesaba entregado  a la palabra de Dios y desertor de las rumbas desenfrenadas. Reinaba en vida y se aprestaba para un concierto en el Club Valledupar, donde el público esperaba ansioso poder escuchar el  merengue Yo soy el folclor, uno de los dos vallenatos que grabó con el acordeón de Emilianito Zuleta. El otro, Por ella, dicen, lo tiene guardado la disquera Sony Music.

«Si Dios está conmigo, quién contra mí», lo repitió varias veces y en distintas formas. Pero había demonios al acecho, en forma de cosa o de persona. Solo sus familiares y sus amigos más cercanos podrán  referir esos enigmas desaforados que no se sabe qué tan bien se contaron en historias  que muchos vieron y que, a primera impresión, comenzaron al revés.

En la intimidad sublime, la de su musa, a la que quisimos penetrar todos quienes le admiramos, solo ingresaron pocos, como el propio Mauricio Silva y el cronista Ernesto Mc Causland. Ni siquiera pudo hacerlo una eminencia del periodismo cultural como Bernardo Hoyos, quien varias veces les dijo a sus cercanos colaboradores que había quedado con  la tarea pendiente de entrevistar al Joe.

En una de los varios diálogos que Arroyo sostuvo con Mc Causland, este lo acompañó durante toda una noche de grabación en los estudios Fuentes  de Medellín; cuando precisamente estaba produciendo Pal bailador y El centurión de la noche, tal vez su joeson autobiográfico, compuesto todo con su mente volantona  y su garganta polifónica.

Tengo el recuerdo de que en el concierto de los veinte años de  carrera musical, se explayó cantando El centurión durante más de un cuarto de hora. No era para menos, los fanáticos necesitaban de un guardián que los acompañara  en el espectáculo que terminó a la madrugada y en el que el Joe estuvo acompañado por Fruko, el Grupo Niche en pleno, Wilfrido Vargas, Andy Montañez y por los diferentes Richie Ray y Bobby Cruz.

El Joe Arroyo hablaba de que el tonelaje de los carros en el día le impedía crear; por eso, la noche _a la que también le sacó tema_ era su aliada en los momentos de inspiración. Ciertamente, cómo podría dejarlo concentrar la servidumbre auditiva de ciudades borrascosas, así las calles y las gentes de esas mismas urbes se tornaran frenéticas  por cuenta de su música que, como afirmó alguna vez: «Es multirracial porque le gusta al pueblo, al cura y al diablo».

Artistas como él moldean la vida de las personas, al fin de cuentas son inmortales. Joe Arroyo enseñó a bailar, a conquistar y a pensar. Ahí está un pródigo legado para el disfrute y la investigación, la huella es fascinante. Y aunque, por cuenta de esa herencia musical, el artista vive, cinco años después me sigo preguntando: «Erda Joe. Nos dejaste en primera, ¿por qué te fuiste tan rápido?».

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