'Balada para un loco'

Horacio Arturo Ferrer Ezcurra fue, probablemente, el último dandy. Y eso en el tango, territorio de Gardel y Charlo, es palabra mayor.

Horacio Arturo Ferrer nació en Montevideo y murió en Buenos Aires. / Flickr: Ministerio de Cultura de la Nación

El clavel en el pecho, el foulard debidamente ceñido al cuello —el lengue, como lo llaman en el Cono Sur— y una donosura casi extrema en su relación con el mundo y con la vida, amén de su enorme creación literaria e investigativa, hicieron del poeta uruguayo uno de los seres más particulares, vistosos y queridos del género rioplatense.

Quien daba con esa elegancia y esos modales pensaría que don Horacio estaba incapacitado para las crueles lides de granjearse enemistades. Pero enemigos tuvo. Y a granel. Fueron los que en 1956 amenazaron a los músicos de Astor Piazzolla con romperles la cara si seguían trabajando con él en su Octeto Buenos Aires. Los mismos que le gritaron toda suerte de improperios a Amelita Baltar cuando estrenó en el auditorio Luna Park de Buenos Aires la hoy celebérrima Balada para un loco, con música de Piazzolla y letra de Ferrer. Aquellos que hicieron cambiar las reglas del juego en el Festival Iberoamericano de la Canción y la Danza de 1969 para que esa pieza, el himno de los piantaos, de los locos que inventaron el amor, terminara ocupando un inmerecido segundo lugar.

Astor Piazzolla le llevaba 12 años. La amistad surgió de la admiración del montevideano por el marplatense. Primero como difusor de su obra dentro de un grupúsculo de adoradores del tango de vanguardia llamado Club de la Guardia Nueva; luego como investigador: don Horacio fue el primer biógrafo del poeta Enrique Santos Discépolo, y en su amplia bibliografía siempre se destacará el llamado Libro del tango, voluminosa enciclopedia en tres tomos, acaso el emprendimiento más ambicioso que recuerde el 2x4.

La amistad decantó en la más extensa obra creativa que Piazzolla llevara a cabo al alimón. Un brujo le dijo al músico que alguien que iba a cambiar su vida tocaría a su puerta. Justo cuando pensaba en qué poeta podría asumir la tarea de componer con él una ópera a ritmo de tango, Ferrer llamaba a su portal con los nudillos. Más literal, imposible: el timbre de la puerta estaba dañado.

Me presentaron a Horacio Ferrer y a su esposa Lulú en 2004, en Buenos Aires. Tan inquieto y feliz me vio de conocerlo que no dudó en invitarme a cenar esa misma noche. Hablamos largo de sus proyectos, de la Academia Nacional del Tango que presidió hasta el pasado domingo cuando nos atribuló con su partida de este mundo, y por supuesto, de Piazzolla.

“Astor vivió 70 años, y compuso la obra de alguien de 140”, recuerdo que me dijo don Horacio. Buena parte de ese corpus se debe también a él y a esa pluma capaz de acometer los versos de Chiquilín de Bachín, Te quiero, che, Preludio en si mayor, La bicicleta blanca y la hermosa Fábula para Gardel, en la que ya había hablado de “ese asunto tan sumamente serio que es morirse”.

Hoy, a Horacio Ferrer se le canta al compás de su Balada para mi muerte, en la que anticipaba: “moriré en Buenos Aires, / será de madrugada”. Yo, que lo guardo en el costado izquierdo hoy como siempre, sé que fue más certero en el vaticinio de su Preludio para el año 3001 cuando auguró: “renaceré en Buenos Aires”.

 

* Director musical de Señal Radio Colombia.