¿Por qué Bogotá es tan metalera?

Cien mil personas en promedio asisten al día metalero del festival y las mejores bandas del género se han presentado allí. ¿Qué hay detrás?

Líderes de las asociaciones dedicadas al metal en Bogotá, entre ellos Adriana Parra (primera a la izquierda), de Barrios Unidos, y Jhon Ruiz (de cachucha), grupo de San Cristóbal. / Camila Díaz

Hay cosas seguras y fijas en Rock al Parque, como que va a llover alguno de los tres días, que el afiche generará polémica, que sectores puristas protestarán porque el festival ha perdido su “esencia rockera” y que el primer día es propiedad del metal. Nadie ha oficializado esta última ley, no hay cláusula que lo afirme, pero así es, y así se lo ha ganado el público más fiel y constante del festival. Los conciertos de este género han llegado a convocar la cifra récord de 100.000 personas y por eso la curaduría de Rock al Parque se ha preocupado por traer actos internacionales de primera, como Apocalyptica, Fear Factory, Carcass, Cannibal Corpse o Symphony X, y el festival ha crecido de la mano de leyendas nacionales como La Pestilencia, Tenebrarum, Kraken, Agony, Masacre o Neurosis.

Pero el noviazgo entre Rock al Parque y los metaleros bogotanos es apenas la punta de un gigante iceberg que se nutre y crece durante los doce meses del año. El vallenato, la salsa, el reguetón, el pop y la balada podrán ser los reyes de la radio comercial, pero a nivel de organización interna y de creación de un circuito independiente y autosostenible con sus propios medios de comunicación, escenarios, festivales y gestores, ni les tocan la punta a las melenas de los metaleros.

Hay un momento clave en la historia musical del país firmado por la cultura metalera. Antes de 1999 eran contados los grandes conciertos de rock o pop que se hacían en la capital, pero ese mismo año una Metallica vigente llegó al Parque Simón Bolívar. Aunque se demoró otro par de años, la lista de los titanes rockeros que venían a Colombia engordó con nombres de la talla de Megadeth, Sepultura, Iron Maiden, Judas Priest, Aerosmith, Roger Waters, Kiss, Black Sabbath, Slayer, Marilyn Manson, Mastodon y Dream Theater. Según Juan Arbeláez, director de proyectos de Evenpro Colombia (compañía que ha organizado varios de estos eventos), Colombia ha visto a más del 90% de las bandas vigentes de metal y heavy rock.

Sin embargo, el circuito metalero tiene vida más allá de estos nombres rutilantes y mensualmente ve cómo se realizan en promedio tres conciertos de agrupaciones internacionales, más underground, en bares o auditorios para 3 o 4 mil personas. “Ningún otro género tiene ese flujo, es donde hay más promotores y eventos internacionales. Y ya no es sólo en Bogotá, sino también en Medellín y Cali. Al no ser comercial, no tiene el mismo desgaste del mainstream, su carácter underground le permite estar aislado de influencias y variables de la música comercial. Por eso los referentes siguen siendo AC/DC o Metallica. Además, el público se renueva constantemente, el amor por el metal pasa generacionalmente, y así uno ve que los peladitos siguen oyendo Maiden”, concluye Arbeláez.

Barrios vestidos de negro

Bogotá es una ciudad con 20 localidades y en nueve de ellas hay festivales locales que reciben anualmente en sus convocatorias entre 100 y 150 bandas. Haciendo matemáticas ligeras, se puede estimar que en Bogotá hay al menos unas mil bandas de metal.

Por eso es comprensible que, cada año, alrededor del 70% de las propuestas que llegan a las convocatorias de Rock al Parque sean metaleras. Como hay que darle cabida a otros subgéneros del rock, el movimiento metalero ha creado un ecosistema propio que vive más allá del festival, en donde las localidades han creado escenarios alternativos, formado nuevos músicos y, sobre todo, han hecho resistencia civil desde un género que ha sido estigmatizado como violento y caótico.

En 2006, en el oscuro y triste clímax de los falsos positivos y los asesinatos selectivos de líderes comunitarios en sectores del sur de Bogotá por parte de grupos paramilitares, el Movimiento Rock de Ciudad Bolívar decidió trabajar en pro de los derechos humanos. Cuatro años atrás, Juan Carlos Prieto, Claribeth Oviedo y Antonio Rodríguez habían fundado el movimiento, pero hasta entonces sólo organizaban conciertos a los que iban más policías que asistentes. Pero la amarga y ensangrentada situación social de su barrio los motivó a estructurar un programa de resistencia a la guerra desde el arte y la música. “No es un ejército de metaleros, ni un ejército negro, sino una forma de generar conciencia”, explica Prieto. En uno de los sectores con mayor población desplazada de la ciudad, el movimiento convirtió su Festival Metal de las Montañas en un completo proceso de formación que junta un festival de dos días y una escuela musical que el año pasado recibió a 106 alumnos. Pero el verdadero factor militante está en el hecho de que los estudiantes de la escuela y las bandas que quieren tocar deben pasar por cátedras y talleres de derechos humanos en los cuales se habla de política, el conflicto colombiano, minería ilegal, la música como instrumento de paz, y se hacen foros de convivencia con raperos.

El matiz humanitario no es exclusivo del colectivo de Ciudad Bolívar, sino que es una tendencia de los ocho festivales agrupados en la Mesa Sectorial de Metal de Bogotá, formada en 2011 y que funciona como intermediaria entre la escena metalera e Idartes. Por ejemplo, en la edición 2013 del Festival Súbase al Metal, de la localidad de Suba, la entrada se cobraba, al igual que en sus anteriores dos ediciones, con un alimento no perecedero. Los 5.500 asistentes que llegaron a la Plaza Fundacional de Suba entregaron un total de 4 toneladas en ayudas para la población de barrios vulnerables como Santa Cecilia y Lisboa, y para comunidades indígenas y afrocolombianas desplazadas en Usme. “En Colombia, siempre que hay alguien distinto comienza la estigmatización. Con nuestro festival hemos querido decir que ni somos ladrones, ni sacrificamos vírgenes, ni matamos gatos o pollos. Por vestir de negro no quiere decir que tengamos el alma oscura”, afirma Diego Ramírez, director de Súbase al Metal.

Sin apoyo de la empresa privada ni de los grandes medios de comunicación, y con esporádicas contribuciones de la administración distrital (muchas de estas ayudas vienen condicionadas por favores políticos), la Mesa Sectorial ha logrado crear el Festival de Festivales Metal Bogotá, que este año tendrá su tercera versión en la Media Torta. También trabaja en la creación de una ley de música y brinda asesorías a bandas u organizadores de conciertos más pequeños en temas contractuales, de derechos de autor o de realización de eventos. De la mano de Rock al Parque idearon el tributo al metal bogotano y paisa que se hará este fin de semana y han logrado crear un cupo directo para una agrupación proveniente de las localidades.

Los líderes de la mesa son los directores de los diferentes certámenes locales. Además de Ramírez, representante de Suba, están Enrique Rodríguez, de Usmetal Festival; Yaneth Muñoz, de Tibarock y Rock 10 Engativá; Giovanny Patiño, de Bosa la Escena del Rock; John Ruiz, de Metal Cuarta San Cristóbal; Adriana Parra, de Metal Unidos Barrios Unidos, y Sandra Rocío Mojica, del Festival Cultural Metal Castilla. Todos, como arrieros conquistando una montaña, han abierto caminos que no existían o que estaban llenos de maleza política y burocrática. Entre salones comunales, parques y plazas de barrios, le dan oxígeno al rock más duro de la ciudad, luchando porque las bandas jóvenes se profesionalicen, porque los estigmas desaparezcan y porque la convivencia pacífica entre fanáticos de distintos géneros sea posible. Eventos como el de Engativá y el de Bosa ya cumplen 18 años y sus conciertos cuentan con cerca de 5.000 asistentes, mientras que el de Castilla, el más joven de todos, va por su segunda edición. Todos exigen en sus convocatorias que las bandas residan en la propia localidad y algunos ya han logrado traer invitados de Suecia y Estados Unidos para que engalanen los carteles.

El ecosistema metalero local se completa con los medios de comunicación independientes y especializados que han nacido en la ciudad, como Punto Extremo Metal Radio Show, Metal a la Carta o Tibarock. Todos trabajando hacia el mismo lado, buscando que el público crezca y que sigan naciendo nuevas bandas.

¿Crecería el metal sin esta colonia de hormigas obreras trabajando por su crecimiento y desarrollo? Tal vez sí, tal vez su mitología interna, su fuerza apabullante serían suficientes para reclutar fieles. “Dentro del metal hay mucha inspiración en la poesía, la literatura y el cine. Hay una conexión mística con otras artes”, explica Sandra Rocío Mojica, directora del Festival de Castilla, para dar a entender la magnitud de lo que estos sonidos representan para millones de personas. Pero lo que sí es cierto es que estos hombres de negro les dan un ejemplo de unión y autogestión a otros géneros musicales del país.

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@KidCasti

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