La casa de los locos

En enero celebró sus treinta años de trabajo. Esta es la historia de su fundación y de la casa teatro en donde crean y se presentan.

ntes de que se construyera la sala, el grupo presentaba obras de formato corto en el corredor de entrada, donde cabían 33 espectadores. / Cortesía Teatro Quimera

“Éramos cinco actores. Nos reuníamos en el Centro Cultural García Márquez, pero el 15 de enero de 1985, a las 6 de la mañana, nos fuimos caminando por la circunvalar desde el Parque Nacional, nos tomamos unos juguitos y decidimos formar un grupo de teatro. Sacamos un local a cuatro cuadras de la sede actual (ubicada en la calle 70 A Nº 19-40 e inaugurada en septiembre de 2001). Allí empezamos a montar las obras y simultáneamente formamos un grupo musical, que se llamaba Los Cachifos”, dice Jorge Prada, cofundador del Teatro Quimera. Vestían de negro, sombrero alado, camisa blanca, y hacían mezclas entre lo clásico y lo folclórico. Empezaban con algo de Beethoven y de pronto entraba una chirimía. Entrenaban con llantas y varillas, se volvieron percusionistas. Tenían 26 años en ese momento y la música les daba plata. “Nos echaban el dinero en la ropa, como a las chicas fáciles; nos daban aguardiente del pico de la botella. Armábamos unos rumbones...”. Entonces se dieron cuenta de que estaban a punto de dejar el teatro y cambiarlo por la música. En 1991 empezaron a buscar una sede y la encontraron a una cuadra de la Caracas, por Chapinero bajo. “Armamos una salita, cabían 120 espectadores. En esa época hacíamos obras que se mantenían en temporada por seis meses. Hacíamos convenios con colegios en ese entonces. La sala se la pasaba llena”.

Hoy en día es más difícil. En los 90 empezó el asunto de las becas y los premios que sacó el Ministerio de Cultura (en ese momento era Colcultura), que, según ellos, fueron menoscabando la idea de grupo. “Las nuevas políticas culturales tienden a darles premios a gente joven y alianzas rápidas. Sin negar que en esos proyectos hay investigación y creación detrás, las políticas dinamitaron y atomizaron a los grupos, al concepto de grupo, de continuidad en el tiempo y en la investigación. Son pocos los grupos que sobreviven, que trabajan como lo hacemos nosotros. Por eso creo que en algunos sentidos somos románticos”, dice uno de los actores, que ganan $20.000 por función.

“Al Estado le queda bien financiar alianzas temporales. Se zafa fácilmente de su responsabilidad. Lo otro que afecta al teatro nacional es que el ministerio les bota toda la plata del mundo a proyectos internacionales, porque estamos convencidos de que lo de afuera es mejor y despreciamos lo nuestro. Hay políticas culturales muy equivocadas. Por otro lado, el país está faranduleado en todo. La gente cree que el teatro son las comedias de sábanas, las comedias ligeras. Eso es entretenimiento, no es teatro”, dice Prada.

El grupo trabajó por ocho años en la bodega de la Caracas y “luego vino el salto loco, o el salto a la loca, ya entenderás porqué”, dice Prada. “Quisimos comprar una casa. Valía $70 millones. Fernando Ospina (cofundador) vendió un carro, yo atosigué a mis hermanas. Finalmente dimos la cuota inicial. La dueña de la casa nos concedió un crédito de ocho meses con la condición de que viviría con nosotros hasta pagarle todo. Poco a poco fuimos descubriendo que vivíamos con una loca, y a esta casa la llamaban ‘la casa de la loca’”. Su apariencia, dice Prada, daba indicios de su condición. Se amarraba el cabello con bolsitas de supermercado, a todo le echaba Clorox, dormía en un catre retorcido de hierro y sin colchón. Una vez le regalaron a la señora Sonia un colchón y ella lo lanzó con rabia por las escaleras. Otra vez estaban ensayando y empezaron a escuchar voces: “No me pegues, no me pegues”. “Que sí, perra hijueputa”. Sonia era esquizofrénica.

“El día en que logramos que la señora firmara el contrato para concedernos por fin la casa también fue una historia de terror. Los dedos los tenía quemados y ampollados, cubiertos de esparadrapos. Cuando llegamos a la notaría le dijimos: ‘Sonia, tienes que firmar’. Llegó el notario, puso la pluma al frente y ella quedó estática. Se nos fue. Yo le susurraba a Fernando Ospina: ‘La cagamos, se nos dañó el negocio’. Horas después empezó a darle vueltas a su esparadrapo, y ese dedo, negro... Puso la huella por fin, y respiramos”.

Lograron que la casa pasara a nombre de la fundación Teatro Quimera en 2001. Allí todo cogió más cuerpo. En treinta años han montado treinta y dos obras, unas quince son dramaturgia propia y una de ellas está inspirada en la pérdida de un cuñado de Fernando Ospina en el atentado al edificio del DAS, el 6 de diciembre de 1989. Han publicado un libro con el Instituto Distrital de Cultura y Turismo, para los 20 años, y ahora están preparando otro con el Ministerio de Cultura, por los 30 años.

El grupo trabaja teatro de repertorio, trata de que las obras se conserven en el tiempo. “A veces la gente vuelve a pedirlas, y nosotros las volvemos a presentar”, dice Sandra Cortés, actriz de Quimera. “Lo más bonito es tener un teatro en nuestras garras, en el que podemos hacer lo que queramos. Es una dicha, aunque el trabajo sea tan duro”. El grupo es casi invisible, pero tiene algo que no cambia por nada: la independencia.

 

 

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