Casi un siglo escribiendo

Semblanza del escritor, docente y periodista caldense fallecido, el 23 de mayo, a los 94 años.

Otto Morales Benítez se posesiona como ministro de Trabajo. Archivo
Lo único que le faltó a Otto Morales Benítez en sus 94 años de vida fue ser presidente de Colombia. Mereció serlo, pero prevaleció su condición de intelectual, de hombre de paz, de silencioso colaborador de cuanta causa decente y libre llegó hasta su oficina de abogado. Nacido en Riosucio (Caldas) en agosto de 1920, aunque desde muy joven salió de su tierra y brilló en Medellín y Bogotá, nunca dejó de pensar en su gente y queda una vasta obra en la que la historia de Caldas, sus orígenes, sus victorias y derrotas, o sus personajes principales, dan testimonio de un pueblo.
 
Estudió algunos años en Popayán, pero se hizo abogado en la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín en 1944, época en la que también ejerció el periodismo a plenitud, hasta oficiar como director del suplemento literario Generación, del diario El Colombiano. Un escenario en el que su talante liberal en medio de la línea conservadora del periódico hizo posible una plataforma de nuevos escritores y abrió el camino para que la crítica literaria y el ensayo llegaran a ser tanto o más importantes que los antagonismos políticos. La ilustración antes que el fanatismo, estrado para la inteligencia.
 
Desde ese mismo momento, además de abogado y periodista, también fue profesor universitario, y quienes fueron sus alumnos saben que, junto con sus condiciones docentes, les imprimió a sus enseñanzas su bien administrada dosis de humor que lo caracterizó hasta en los momentos difíciles. Sus carcajadas fueron célebres, las mismas que conocieron sus estudiantes, sus amigos, sus opositores y su familia, todos los que fueron incentivando a un hombre con horizontes y extraordinaria capacidad para ejercer como prudente y leal consejero personal y público.
 
Como era de esperarse, ese talento natural lo destinó a grandes retos. Fue congresista y diputado por Caldas. Tuvo como contrincantes a recordados legisladores del conservatismo que hicieron época por sus encendidos discursos derechistas o “leopardos”.
 
Ya radicado en Bogotá se convirtió en aliado y secretario de Alberto Lleras Camargo cuando éste asumió las riendas del liberalismo en tiempos de la dictadura de Rojas Pinilla. La censura de prensa era también la norma oficial y Otto Morales fue la voz serena a la sombra que acompañó a Lleras a convertirse en referente de la resistencia.
 
Testigo de excepción fue Sonia Cárdenas, también de Riosucio y su secretaria personal por muchos años. Ella recuerda que hacia 1956, cuando El Espectador aguantaba los embates de la censura y el cierre, la dirección liberal y el periódico compartían espacios y, junto a Gabriel y Guillermo Cano, el expresidente Lleras Camargo y Otto Morales Benítez trazaban rutas pacíficas para la convivencia. Cuando se abrió paso el Frente Nacional y Lleras Camargo fue su primer presidente, su amigo Otto Morales se convirtió en uno de sus principales colaboradores.
 
Integró la Comisión Investigadora de las Causas de la Violencia, primer esfuerzo oficial auténtico por entender el conflicto en Colombia. En ese esfuerzo recorrió el país, promovió la realización de obras sociales, habló con alzados en armas sobre opciones de paz. Después fue ministro de Trabajo y luego de Agricultura, cuando las discusiones reales eran laborales y de reforma agraria. Terminó el gobierno Lleras Camargo y su consejero, exministro e infatigable escritor, Otto Morales Benítez, comenzó desde entonces a figurar en todas las listas de presidenciables.
 
Pero su condición natural era ser escritor y Otto Morales regresó al oficio con dedicación profesional. Aunque no se apartó del servicio público en esos tiempos ni después, se dedicó más a ser abogado, a escribir, a dictar conferencias, a alimentar su poderosa biblioteca. Lo sacó de su retaguardia su amigo de universidad Belisario Betancur, cuando lo embarcó en su proyecto bandera de hacer la paz con las guerrillas. Lo hizo con amor a Colombia y dejó la ruta trazada que su amigo y compañero John Agudelo Ríos afianzó concertando un cese del fuego que dio esperanzas porque llegaba la concordia.
 
Siempre se va a citar su histórica frase cuando renunció a ser comisionado de Paz porque su confianza en las instituciones no podía reñir con sus convicciones políticas. Se fue advirtiendo a “los enemigos de la paz agazapados dentro y fuera del Gobierno”. Ya intuía los poderosos intereses que marcaron la historia. Pero prefirió lo suyo: la honradez de escribir sin otro norte que cumplir el deber de ser testigo de su tiempo. En 94 años sumó a sus libros decenas de colaboraciones, prólogos, conceptos, conferencias e investigaciones, todas forjadas con dedicación y salud envidiables.
 
Lo van a extrañar en su oficina en el sector de San Diego, donde no hace mucho tiempo, si lo requería, tomaba la escalera para alcanzar un libro o un papel. Tuvo que acostumbrarse a llamar a su secretaria para que le ubicara algún documento que iba a entregar a algún visitante. Lo recordará también su gente de Caldas, Quindío y Risaralda, a quienes les queda un patrimonio invaluable de amor por la tierra y la memoria. Agradecerán por su vida muchos que lo vieron reírse, obrar con generosidad y conversar con gusto. Ha muerto tranquilamente un hombre excelente que vivió casi un siglo escribiendo.
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