La cultura como catarsis

Néstor García Canclini, uno de los analistas de medios más importantes del momento, habló sobre el papel del artista en la sociedad contemporánea.

García Canclini llegó a Ciudad de México hace más de dos décadas. / Steven Navarrete Cardona

Las conferencias de Néstor García Canclini llenan a reventar auditorios de múltiples institutos de arte, estética y cultura. En los museos lo buscan para que los ayude a reflexionar sobre cómo adaptarse al cambio que ha traído la sociedad en red. García Canclini nos recibió en su casa para hablar sobre la innovación en el arte, los estereotipos que generan las series de televisión y el papel de la cultura en la reconciliación de una sociedad.

En el siglo XX las apuestas de diversos artistas resultaron en irrupciones que sorprendieron las tendencias de su momento. ¿Pueden ser revolucionarios el arte y los artistas?

Veo el arte como un lugar de experimentación con lo preexistente en la sociedad, pero poco puede lograr su transformación, ni tampoco la de la cultura, por muchas razones, como sucedió con el constructivismo ruso, asfixiado y reprimido por el estalinismo y el fascismo. Otras apuestas, como los muralistas mexicanos, se convirtieron en dogmas y detuvieron las innovaciones. No hay que pedirles al arte y a los artistas que sean revolucionarios. Mi perspectiva va más hacia la apuesta de Jacques Rancière, quien concibe el arte como una manera de reflexionar de nuevo sobre las articulaciones entre lo que se dice, se piensa y se experimenta, lo sensible, en el sentido amplio de lo que sentimos en común en la sociedad.

Entonces, ¿cuál es el papel del artista en la sociedad contemporánea?

El artista debería buscar el desacuerdo, desacomodar los consensos fáciles, colocarse en el lugar de la inminencia, ese lugar incipiente en que lo real no se ha estereotipado y ver cómo transformar aquello que se quedó estático.

¿Por qué el capitalismo ha logrado absorber todo aquello que ha tratado de hacerle frente desde una perspectiva cultural?

Sin duda hay un avasallamiento creciente por parte de la mercantilización capitalista de las prácticas comunitarias que surgen de la experiencia compartida en la sociedad. Lo lucrativo se impone a otras maneras de valorar la interacción social, como podrían ser la experiencia estética, la comunicación interactiva y solidaria... Podríamos continuar la lista. Sin embargo, este dominio de lo social y cultural por parte de las formas hegemónicas de tipo mercantil no es absoluto. En América Latina vemos muchas comunidades que se escapan a la dominación capitalista: las comunidades indígenas, autóctonas, algunas afroamericanas. Gracias a las posibilidades que brindan las nuevas tecnologías y la digitalización de contenidos gratuitos y alternos en la red, se forman otras comunidades en la web que se desarrollan con relativa independencia de la organización predominante de la economía.

Con el advenimiento de un mundo en red, ya no es necesario ir a París para conocer el Museo del Louvre o a Nueva York para conocer el MoMA (Museum of Modern Art). ¿Cuál cree que es el impacto del mundo digital en los museos?

En este momento la “institución museo” es muy criticada, a veces merecidamente, pero no está en decadencia. La renovación no abarca a todos los museos. Hay muchos anquilosados que no renuevan sus colecciones, que no tienen dinero para comprar obras nuevas, especialmente de los artistas jóvenes, pero otros se están renovando constantemente, usando estrategias como la transformación de sus instalaciones en complejos polivalentes, donde se pueden escuchar conciertos y ver películas. Existe un aumento paulatino de visitantes en todo el mundo. Las estadísticas del año pasado de las instituciones museísticas son impresionantes. Por ejemplo, el Louvre superó los 10 millones de visitantes al año; el MoMA llegó a 6 millones de visitas presenciales; la Tate, 7 millones, que con las visitas a distancia alcanzó los 20 millones. La visita a los museos no es un fenómeno de élites, sino que se ha convertido en una práctica masiva que obliga al museo a reconfigurarse.

Pero en las cifras que usted nos muestra hay un salto hacia una forma masiva de visitas virtuales a los museos.

No podemos estar muy eufóricos, porque aún son minoría las instituciones artísticas que habitan el 2.0. Leí en el periódico El País que en España tan sólo el 1,6% de los mil centros públicos y privados tiene comunicación digital o dispositivos para que a través de un iPhone se pueda seguir la explicación en la lengua de cada visitante.

¿Y qué sucede en América Latina?

El contraste es amplio, no tenemos ni siquiera estadísticas. Hay una gran tarea por realizar. Por supuesto, existe avance, una profesionalización del personal de los museos que no teníamos hace 20 años.

Hablemos de la prensa y los suplementos culturales, ¿cómo ha impactado la nueva era digital el consumo de la cultura en el papel impreso?

Se ha complejizado la reorganización digital de la cultura. Hasta hace muy pocos años podíamos leer el suplemento cultural del periódico que llegaba a nuestras casas. Ahora en internet revisamos los de varios países y esto es algo decisivo para la construcción de la ciudadanía global. Las redes sociales proveen la posibilidad de confrontar posiciones adversas. Entonces no es una catástrofe que haya menos páginas para la lectura en papel en ciertos temas. Sería deseable que los suplementos culturales se mantuvieran, se renovaran, dieran más espacio a voces alternas, pero si no subsisten por evaluaciones de mercadotecnia podemos informarnos de otras maneras. No estoy diciendo nada que no sea obvio, son muy pocos los jóvenes que leen el periódico en su forma impresa.

Cambiando de tema, series como ‘El capo’, ‘El patrón del mal’, entre otras, abordan un momento difícil de la historia de Colombia y están circulando con gran éxito en diversos países. ¿Qué piensa de la formación de la identidad y los imaginarios que se hace a partir de los estereotipos que representan estas series?

Los estereotipos siempre han existido. En América Latina se pueden evidenciar en los libros de texto que han discriminado las diferencias étnicas y regionales y las han sumido en un estereotipo nacional. Ahora hay un nuevo estereotipo que surge de relatos que preferiríamos que no tuvieran tanta publicidad, como el narcotráfico. Por supuesto, los narcotraficantes también quieren tener a quienes canten y narren su representación simbólica. No sólo actúan en televisión. Existen colecciones de arte contemporáneo compradas por la mafia en un intento de legitimarse y de ocupar espacios políticos y públicos.

¿Y existe una forma de subvertir estos imaginarios?

El mecanismo que más se ha intentado emplear para ello es la obsoleta, torpe e injustificada censura, que por supuesto fracasa como casi siempre ha ocurrido en la historia. En México han existido intentos de varias autoridades para evitar la difusión de los narcocorridos en la radio y en la televisión, pero cuando te subes a cualquier transporte público puedes escucharlos. Creo que la pregunta de fondo es cómo construir alternativas a esos discursos que intentan legitimar el delito y la destrucción, otro tipo de cultura, no “edificante” sino que ayude a la comprensión de la complejidad de los conflictos.

En ese sentido, ¿cuál es el papel de la cultura en una sociedad que se prepara para el posconflicto?

Acabo de estar en Colombia y seguí con atención lo que sucede en los diálogos de paz. Cuando escucho la palabra reconciliación me remite al trabajo crítico y a la gestión que se realizó con la memoria luego de terminarse las dictaduras en el Cono Sur. Hay que pensar en su complejidad el contenido que debe tener un programa para la reconciliación, y un punto clave es conseguir la verdad de lo ocurrido. No simplemente documentar los casos, sino buscar los mecanismos culturales para elaborarlos. Gran parte de la cultura latinoamericana trabaja en esta dirección: pensar cómo afecta el conjunto de la trama social, compartir para crear. Eso es lo que permite la reconciliación y hacer catarsis mediante la cultura, que no es simplemente desahogar los odios, sino trascender el miedo y el enfrentamiento, buscando sanar la interacción que se dañó.